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Baños termales: lucha contra el frío en Budapest

Los baños termales son una de las señas de identidad de la capital húngara. Abiertos todo el año, con la bajada de las temperaturas se hacen más atractivos. Una visita imprescindible para conocer esta ciudad.

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Hay que reconocerlo: el frío ha llegado ya a Budapest. ¿Se debe deducir de ello que es mejor no viajar a la capital húngara ahora que la bajada de las temperaturas ya es notable? Ni mucho menos. Sólo que hay que adaptarse al momento, aprovechar las muchas y variadas posibilidades que ofrece una ciudad que ha tenido que vivir con esos descensos del termómetro desde el comienzo de sus tiempos.

A partir de ciertas horas, se puede buscar un espectáculo de danza o música, reservar una cena en un restaurante especial (y hay muchos), experimentar la vida de los cafés tradicionales (y de los nuevos que imitan fielmente a los antiguos) o tomar un baño termal.

El cambio brusco de paisaje entre las dos orillas del Danubio, con Buda encaramada en una colina y Pest completamente plana (que luego se extiende por las Grandes Llanuras) nos avisa de que estamos en un punto de colisión entre placas. La actividad geotérmica de las profundidades se hace visible en la superficie con la aparición de más de un centenar de fuentes termales. Los habitantes de Budapest las han aprovechado desde tiempo inmemorial, y unirse a ellos en los baños públicos es una experiencia obligatoria para vivir, aunque sea durante un fin de semana, esta ciudad.

Con un número tan elevado de baños públicos hay opciones de todo tipo y para todos los gustos. En algunos se puede vivir la vida de barrio en edificios sin interés, pero en otros podemos sumergirnos -nunca mejor dicho- en el tiempo y revivir la época de dominación de los turcos o disfrutar de la arquitectura del estilo art nouveau.

Uno de los baños más antiguos es Rudas (Döbrentei tér 9), construido hace más de 450 años por los turcos y famoso por su piscina octogonal bajo una cúpula con vidrieras. Király (Fó utca 84) son también auténticos baños turcos, construidos en 1570; en los días reservados para público masculino se convierte en un centro de reunión de la comunidad gay. Lukács (Freankel Leó út 25-27) es mucho más moderno, del siglo XIX, y además ofrece baños de barro. Si se dispone de poco tiempo y sólo se pueden visitar dos baños la elección es difícil, pero probablemente habría que recomendar Gellért y Széchenyi.

Gellért (Kelenhegyi út) es lo más parecido a un palacio. De hecho estos baños forman parte de uno de los grandes hoteles de lujo de la ciudad, el Danubius Gellért, un edificio enorme frente al Danubio, junto al Szabadság híd (el puente de la Independencia). Las piscinas, enmarcadas por columnas decoradas, proporcionan una experiencia entre palaciega y onírica. Deliciosa en cualquier caso. Las instalaciones, la entrada, con estatuas y fuentes, todo de un tardío art nouveau, son bellísimas.

Completamente diferente es la experiencia que proporciona Széchenyi (Állatkerti út 11), un gran complejo en el Városliget (el parque de la Ciudad). Lo primero que llama la atención son sus piscinas al aire libre. Es toda una delicia sumergirse en las aguas a 38ºC cuando está helando. Los segundos de pánico, los que se tarda en pasar de los vestuarios a las piscinas, forman parte de la experiencia, pero se olvidan inmediatamente con gestos de gran satisfacción al entrar en el agua. Al lado puede haber un grupo de personas que discuten animadamente sobre sus partidas de ajedrez, pero en ese momento uno está entregado a los placeres de la carne, no del espíritu.


Malev