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Bhopal, el escape que no cesa

Veinticinco años después de la tragedia, toneladas de basura química siguen contaminando la zona

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El esqueleto de la fábrica de pesticidas de Union Carbide en Bhopal ha perdido la batalla contra el óxido y las malas hierbas. Pero la planta abandonada que causó el mayor desastre químico de la historia no es tan inofensiva como aparenta. Un cuarto de siglo después de la tragedia, un cobertizo de hojalata todavía aloja 350 toneladas de residuos tóxicos, y miles de toneladas de desechos peligrosos siguen enterradas en la zona y han terminado por filtrarse a las aguas subterráneas que dan de beber a 30.000 personas.

La medianoche del 3 de diciembre de 1984, un escape de 42 toneladas de gas isocianato de metilo de la fábrica asoló Bhopal. El viento sopló hacia las chabolas y 3.000 personas fallecieron esa noche. Otras 20.000 morirían después.

Los residuos se han filtrado a las aguas que dan de beber a 30.000 residentes

La organización británica Bhopal Medical Appeal hizo público ayer un informe en el que confirma la presencia de 'químicos altamente tóxicos' en tres kilómetros en torno a la fábrica. El Gobierno del Estado indio de Madhya Pradresh, cuya capital es Bhopal, lo niega. Babulal Gaur, ministro de Rehabilitación y Ayuda de la Tragedia del Gas de la región, señaló a Público que 'la zona es absolutamente segura: 25 años de lluvias monzónicas han desvanecido los tóxicos'.

Sólo a partir de 2004 y por una sentencia del Tribunal Supremo, las autoridades de Bhopal hicieron llegar tuberías con agua potable a los alrededores de la factoría. Las ONG señalan que de forma insuficiente. En Jaypee Nagar, uno de los suburbios, el obrero Aziz Khan señala hacia la derecha: 'Esta mitad de la colonia recibe agua de las tuberías, pero a aquella mitad no le queda más remedio que sacarla del subsuelo. Huele fatal'. La esposa de Khan murió a los 17 días del accidente.

La joven Bhavana observa cómo unos extranjeros pintan con colores vivos en las paredes de una barraca una instantánea de huida y terror de aquella noche. Le brotan las lágrimas sin querer. 'Nadie puede imaginar lo que sucedió. Yo era una niña y vi por primera vez cadáveres amontonados en las calles, cómo los niños morían de frío y eran aplastados por los adultos que trataban de escapar'.

150.000 personas sufren dolencias y muchos niños nacen discapacitados

Bhavana, como otras jóvenes que inhalaron los elementos químicos o que han bebido de las aguas contaminadas, dio a luz a un niño discapacitado. Su hijo Sambhab, que significa posible, nació con parálisis cerebral. Unas 150.000 personas sufren cánceres, problemas respiratorios y estomacales, deficiencias cerebrales, ceguera, parálisis.

Quienes obtuvieron un certificado de damnificados recibieron una media de 300 euros de compensación tras un acuerdo extrajudicial entre Union Carbide y el Gobierno indio. También pueden visitar gratis los nueve hospitales creados tras la catástrofe y que han sido denunciados una y otra vez por falta de equipo, especialistas y, en ocasiones, por extorsiones a los enfermos.

La segunda generación de afectados, en cambio, se encuentra en el limbo. El Gobierno no los reconoce. Iniciativas privadas como la ONG Chingari Trust y su centro de rehabilitación para niños discapacitados y la clínica Sambhavna tratan de reparar la desidia e indiferencia gubernamental.

Dow Chemical, la empresa que adquirió Union Carbide en 2001, no asume ninguna responsabilidad. El Gobierno indio se ha revelado incapaz de exigir a la compañía la limpieza de la zona y una compensación para las siguientes generaciones. Tras perder a su marido la noche de la tragedia, a una de sus hijas a los tres días, a su hijo a los dos años y que su única descendiente viva haya dado a luz a un bebé con problemas mentales, Husrat Bee recuerda: 'Alguien tiene que pagar por ello'.

Satinath Sarangi (Sathyu), médico y activista hacía su doctorado a 150 kilómetros de Bhopal cuando supo de la tragedia por la radio. Se apresuró a coger el tren hasta allí y ayudó a trasladar heridos a los hospitales. Hoy sigue reclamando justicia desde su clínica.

El Gobierno indio también era dueño de la fábrica. ¿Por qué sólo piden cuentas a Union Carbide?
El Gobierno es responsable en menor medida. Tanto el escape como la contaminación de las aguas se debieron a un diseño realizado para reducir costes. Si lo exigimos, es posible que el Gobierno limpie la zona, pero sentaría un mal precedente, porque haríamos pagar a los ciudadanos por los delitos de las corporaciones.

¿Y la compensación?
La exigimos para los afectados por la contaminación. Aún nacen muchos niños discapacitados. Los resultados preliminares de nuestro estudio apuntan que podrían existir diez veces más casos de lo normal.

¿Cómo sigue luchando después de 25 años?
Veo a personas que se encuentran mucho peor que yo, tratando de recuperar la salud y conseguir un sustento, y continúan peleando. Además, siempre hemos logrado alguna victoria cada cuatro o cinco meses y eso nos da ánimo.

No es la primera vez que abre una clínica.
La Policía destruyó las anteriores. Se llevaron los historiales médicos sobre el tiosulfato de sodio, que demostraban que las toxinas habían entrado en la sangre. Union Carbide sólo reconocía problemas en los órganos directamente afectados, ojos y pulmones. Nos enviaron 18 días a la cárcel acusados del intento de asesinato de un funcionario del Gobierno.

¿Qué busca en su clínica?
Un tratamiento simple, efectivo y barato, y servir de modelo a otras clínicas que se ocupan de desastres medioambientales. Muchas veces, la misma empresa que contamina vende las medicinas. Es un círculo vicioso.

¿Cree que Dow Chemical terminará limpiando?
No les queda otro remedio; están arrinconados. En ocho años han sido incapaces de invertir en India. Este año esperamos el último empujón.

En India hay otras catástrofes industriales.
Sí, decimos que estamos librando la segunda batalla por la independencia porque las corporaciones nos han esclavizado. Creo en la industria, pero no se puede dar prioridad sólo al beneficio.