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La erradicación de la lepra es poco probable en el contexto actual

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Aunque tiene cura y su presencia está disminuyendo en las zonas más afectadas, la erradicación de la lepra es hoy un logro poco probable, debido a la pobreza, el desconocimiento y el estigma que la acompañan, aseguran los expertos en la víspera del Día Mundial contra esta enfermedad.

Según los últimos datos de la Organización Mundial de la Salud (OMS), en 2007 se detectaron 258.133 nuevos casos de lepra: el 66,46 por ciento en el Sudeste Asiático, el 16,32% en América, el 13,35% en África, el 2,27% en el Pacífico occidental y el 1,6% en el Mediterráneo oriental.

Los países más afectados son Angola, Bangladesh, Brasil, China, República Democrática del Congo, Costa de Marfil, India, Etiopía, Indonesia, Madagascar, Mozambique, Myanmar, Nepal, Nigeria, Filipinas, Sri Lanka, Sudán y Tanzania.

En Brasil, Timor Oriental y Nepal la lepra es un problema de salud pública porque su prevalencia es superior a un caso por cada 10.000 habitantes (en 1985 lo era en 122 países).

La lepra es una enfermedad causada por una bacteria que ataca la piel y los nervios, causando una pérdida de sensibilidad y retracciones nerviosas que pueden producir discapacidad, deformidad e incluso mutilación.

El experto del Programa Global de esa enfermedad de la OMS, Vijaykumar Pannikar, explicó a Efe que la erradicación de la enfermedad -comprendida como la reducción al cero de su incidencia mundial- es "poco probable" en el contexto actual.

"El deseo tan profundamente arraigado no se corresponde con la viabilidad científica. Antes de que podamos contemplarlo hay muchos desafíos a los que hacer frente", dijo.

Pannikar enumeró esos desafíos: la existencia de reservorios, animales de contagio, la ausencia de pruebas para detectar la infección, el largo periodo de incubación de la enfermedad, la incertidumbre sobre las fuentes de transmisión, la ausencia de una vacuna totalmente efectiva y la dificultad a la hora de reconocer y diagnosticar la infección en un estadio temprano.

A estas dificultades hay que sumar la discriminación social y el estigma asociados a la lepra, derivados de la ignorancia y de la "propagación sin límites de mitos y creencias erróneos" que despiertan actitudes negativas.

"La discriminación y el estigma que sufren de forma habitual los enfermos de lepra es mayor que los padecidos por las personas afectadas por cualquier otra enfermedad", apuntó el experto.

En este sentido, la dermatóloga y miembro de la junta de gobierno de la asociación Fontilles, Montserrat Pérez, indicó que hay muchos factores que han influido en esa situación: 4.000 años de Historia, llamar lepra a enfermedades que no lo eran o utilizar como sinónimos de este mal las palabras "pecado y maldición".

Pérez aseguró que el estigma ha aparecido de forma recurrente en la Biblia, el cine y el teatro.

"La Humanidad ha sido capaz de vivir con el sida en 25 ó 30 años y no hemos sido capaces de convivir con la lepra", aseveró, e incidió en el hecho de que es una enfermedad ligada a la pobreza.

La experta afirmó que las personas de sociedades pobres no sospechan que pueden padecer la lepra cuando empiezan a aparecer los primeros síntomas y son reacias a acudir a los servicios sanitarios porque esto puede suponerles dinero, perder una jornada de trabajo o dejar a su familia.

A pesar de todo esto, Pannikar aseguró que hay que celebrar el Día Mundial contra la lepra, el 25 de enero, porque se está ganando la batalla.

Desde 1985, cuando se detectaron 5,2 millones de nuevos casos de lepra, su incidencia ha decrecido de forma espectacular gracias, sobre todo, al tratamiento -descubierto en 1981- que mata a la bacteria causante de la enfermedad, interrumpe los contagios y evita las recaídas.

Unas 15 millones de personas han sido tratadas desde 1985 y desde hace 14 años la OMS distribuye las dosis de forma gratuita.

Pannikar se felicitó por los efectos de la estrategia mundial contra la lepra, que implica a gobiernos y asociaciones que han trabajado "muy duro" y de forma conjunta.

Sin embargo, la lucha sigue y son necesarios más esfuerzos para el desarrollo una percepción positiva de la enfermedad y de sistemas sanitarios y socio-económicos firmes que mejoren las condiciones de vida de las comunidades pobres, las más afectadas por esta lacra.