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El FMI apela a la mano pública para resolver la crisis

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La crisis financiera está causando tantos sudores al FMI, el adalid del libre mercado en las últimas décadas, que el organismo ha pedido a los Gobiernos que consideren posibles "operaciones de rescate" de bancos con dinero público.

Se lo ha comunicado a los ministros de Economía de los 185 países miembros en la asamblea semestral conjunta con el Banco Mundial, que culmina hoy en Washington. Sin embargo, ninguno le ha tomado la palabra en público.

El Fondo Monetario Internacional (FMI) considera la inyección de fondos públicos en bancos con problemas, como ha ocurrido con Bear Stearns, e incluso la intervención directa en el mercado inmobiliario de Estados Unidos como "una tercera línea de defensa" ante la crisis.

La primera es una bajada de los intereses en los países desarrollados y la segunda, una expansión fiscal para estimular la economía.

Esos consejos contrastan con los que dio a los países asiáticos durante la crisis de 1997, cuando les recomendó reducir el gasto, pese a que tenían unas cuentas saneadas, lo que -según muchos- expertos agudizó los problemas.

Es un cambio que no ha pasado desapercibido para algunos de sus críticos.

"Ha habido un cambio de filosofía del Fondo Monetario frente a la crisis. En vez de hacer las propuestas ortodoxas del pasado, que agravaban la recesión traída por la crisis, el Fondo Monetario ha propuesto medidas anticíclicas", dijo en la sede del organismo el ministro de Hacienda de Brasil, Guido Mantega.

"El Fondo Monetario ha resucitado a Lord Keynes", declaró.

El economista británico John Maynard Keynes fue, junto con el secretario adjunto del Tesoro de EE.UU., Harry Dexter White, la mente que concibió el FMI a finales de la Segunda Guerra Mundial.

Tras la experiencia de los años oscuros de la Gran Depresión, Keynes creía que la mano invisible del mercado no coloca siempre a la economía en su punto de equilibrio, como mantenía la teoría clásica, y que en las recesiones hay que darle un empujón.

Pero sus ideas perdieron lustre con el paso del siglo y el FMI también se convirtió en una institución más conservadora, obsesionada con la inflación y el gasto fiscal.

Por ello, el cambio durante esta crisis en sus consejos a los países ricos hacen a los periodistas revisar las grabaciones de las ruedas de prensa para comprobar que han oído bien.

En política monetaria, por ejemplo, el economista jefe del FMI, Simon Johnson, dijo el jueves que el Banco Central Europeo (BCE) tiene "algún espacio" para bajar las tasas, pese a que la inflación supera su umbral de comodidad.

Al día siguiente, el BCE dejó los intereses sin cambios y su presidente, Jean-Claude Trichet, dio a entender que seguirán así en el futuro próximo.

El Fondo también ha aconsejado el aumento del gasto público -la segunda línea de defensa- a las naciones que gocen de buenas cuentas y no estén amenazadas por la inflación.

Pero incluso España, con una tasa interanual de aumento de precios del 4,5 por ciento en marzo, la mayor desde 1995, hace bien en aplicar medidas de expansión fiscal, según el organismo.

En cambio, el comisario de Economía de la Comisión Europea, Joaquín Almunia, dijo en la asamblea que "no hay necesidad de activismo en las políticas en la Unión Europea", las cuales deben orientarse a mantener la estabilidad monetaria y fiscal, en su opinión.

Bajo el nuevo liderazgo del socialista francés Dominique Strauss-Kahn, el FMI se ha situado así en la extraña posición de querer más mano pública en la economía que muchas autoridades en Europa y Estados Unidos.

A Washington le ha aconsejado usar dinero público para garantizar la disponibilidad de préstamos hipotecarios, ante la reducción actual del crédito para inmuebles, una medida que se encuadraría en esa tercera línea de defensa, la más heterodoxa.

Esa recomendación -que Strauss-Kahn no ha querido explicar en detalle- hace pensar en los programas intervencionistas que impulsan los demócratas en el Congreso y a los que se resiste el Gobierno de George W. Bush.