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Un golpe a la libertad

La rebelión militar de Franco degeneró en una Guerra Civil que truncó los avances sociales de la República

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Franco convirtió un golpe de Estado en una larga y cruenta guerra. Desde que desvió su marcha sobre Madrid, en septiembre de 1936, para liberar una plaza sin valor estratégico, como era el Alcázar de Toledo, el general mostró en diversas ocasiones su incapacidad como estratega militar y su ambición política. Para muchos historiadores, la combinación de ambos rasgos personales provocó el alargamiento de un conflicto que, en menos de tres años, acabó con la vida de medio millón de españoles, llevándose por delante el sueño republicano.

Para el historiador Gabriel Cardona, 'Franco no era imbécil, pero sí un inculto'. 'No volvió a estudiar después de salir de la academia militar y en el palacio de El Pardo nunca hubo una biblioteca', afirma. El general tenía otras aptitudes. 'Como Hitler, era un hombre gris, pero dotado de una gran astucia, frialdad y un deseo enfermizo por sobresalir por encima de los demás, y ambos lo consiguieron', añade el autor de una veintena de libros, entre ellos, la novela Franco no estudió en West Point (Littera Books, 2002).

Franco puso sus dotes, según el historiador, al servicio de un doble objetivo: asentar su poder personal, poniendo firmes al resto de los generales golpistas, y acabar con todo vestigio de las ideas republicanas. 'Esto explica buena parte de la duración de la guerra y el carácter de exterminio que tuvo en muchos momentos', afirma Cardona.

El general tomó varias decisiones estratégicas erróneas -hasta diez, según los expertos- que complicaron la resolución de otras tantas batallas. La más llamativa es el abandono del avance hacia Madrid del Ejército de África para desviarse hacia Toledo. Fracasado el golpe en la capital de la República, los sublevados sabían que tenían que tomarla y cuanto antes. Las tropas que el general Mola había mandado desde el norte se atascaron en la sierra de Madrid. Por el sur avanzaban las columnas de regulares y legionarios al mando del coronel Yagüe.

En Madrid no había nada que se pareciera a un ejército: la mayoría de las unidades habían sido disueltas después del 18 de julio. Las fuerzas que la defendían era una mezcolanza de milicianos de partidos políticos y sindicatos, fuerzas del orden público y soldados repescados, todos al mando de los pocos oficiales que no habían sido retirados del servicio o represaliados. La toma de la ciudad no debía de suponer mucho esfuerzo para las tropas africanas, lo más serio del Ejército español de entonces.

Pese a todo, a 100 kilómetros de la capital, Franco ordena a Yagüe que se desvíe a Toledo. El coronel, que quería continuar sobre Madrid, es reemplazado por Varela. El 28 de septiembre, el Alcázar es liberado y, por la tarde, los generales golpistas, reunidos en Salamanca, nombran a Franco Generalísimo de todos los ejércitos y Jefe del Estado 'mientras dure la guerra'.

Cuando Franco, ya con todo el poder, retoma la marcha sobre la capital, los tanques y aviones comprados a la Unión Soviética van camino de Madrid. Asimismo, en un campo de entrenamiento de Albacete, miles de brigadistas internacionales son adiestrados a toda prisa para defender la ciudad y columnas de milicianos anarquistas y comunistas, catalanes y levantinos, se apresuran por llegar. Madrid resistirá así hasta el final de la guerra.

Fueron tanto los errores estratégicos del Generalísimo que muchos historiadores (como Hilari Raguer, Edward Malefakis, Paul Preston, Blanco Escolá...) dudan de que fueran fortuitos. El propio Cardona escribe: 'No se trató de malas aplicaciones estratégicas, sino de una prolongación intencionada de una guerra, gracias a la cual se imponía a los generales que no se habían sublevado para convertirlo en dictador y, de paso, machacaba a una generación de jóvenes republicanos que podría haberse opuestos a su futuro poder'.

La consecución del primer objetivo es la clave para que Franco pueda construir su dictadura personal. Como explica el profesor e historiador Javier Cervera Gil: 'Franco es consciente de que dirige una España que es ideológicamente diversa, aunque conservadora casi por entero, y él ha de lograr que todos sean franquistas. Para lograrlo, debe ser un caudillo victorioso, sin tacha, sin mancha en su hoja de servicios durante la guerra'.

Esto provocará una actitud dubitativa en varias fases del conflicto. A Franco no le gustó nunca enzarzarse en un intercambio de golpes si no tenía segura la victoria.

La destrucción sistemática de todo lo republicano no es saña gratuita, sino cálculo político. 'La eliminación máxima posible de oposición y de enemigos que, además, genere temor en estos, para que no se les ocurra después plantearle una oposición' ayuda, según Cervera, a explicar los casi tres años de guerra.'Así, cuando la guerra acaba, el derrotado, aunque haya perdido y vea muerta la España en la que él creía, no tiene los ánimos de dar una respuesta opositora a esa nueva España', concluye.

Ni siquiera cuando el Gobierno republicano intenta un acercamiento Franco transige. De nada le sirvió al presidente del consejo, el socialista Juan Negrín, su programa de 13 puntos, publicado en abril de 1938, para buscar un fin negociado a la guerra. Tampoco el general golpista escuchó el grito final de '¡Paz, piedad y perdón!', con el que el presidente de la República, Manuel Azaña, cerró su discurso del 18 de julio del mismo año. Ni siquiera al final de la guerra, con todo ya perdido, permitió una capitulación honrosa a los que, encabezados por el coronel Casado, se habían revuelto contra el Gobiernorepublicano.

El historiador y veterano anarquista Abel Paz, que tenía 18 años cuando los golpistas tomaron Madrid, opina que para Franco, cuanta más guerra y más represión, mejor. 'De una guerra, y más una civil, se sale siempre empobrecido, se acaba con todas las conquistas sociales', recuerda.