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Marius Serra se sirve de las palabras para poner movimiento en la vida de su hijo

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Sin ningún tipo de restricción, el escritor Màrius Serra ha optado por la palabra a la hora de poner en movimiento diferentes escenas y recuerdos refulgentes fijados en su memoria, relacionados con la vida de su hijo Lluís, un niño de ocho años discapacitado con un grado de disminución del 85 por ciento.

"Quieto" es el nombre con el que el autor barcelonés ha bautizado su última novela (Anagrama y Empúries en catalán), en la que, sin caer en sentimentalismos, expone ante el lector, para que sea él mismo quien saque sus conclusiones, una serie de episodios protagonizados por Lluís -también conocido como Llullu- desde su nacimiento, en marzo de 2000, hasta ahora.

En una entrevista con EFE, explica que poco después de nacer su hijo intentaba no hablar públicamente sobre sus problemas y su situación, pero "después te das cuenta de que es ineludible y ves que verbalizarlo también es una estrategia y, en mi caso, como escritor que ya era, una vía natural".

Llegado a este punto de la reflexión, prosigue Serra, "uno se pregunta cómo no se debe escribir sobre eso y después, a continuación, viene la pregunta sobre cómo hacerlo, iniciándose un largo proceso".

Comenta que fue en Italia, el año pasado, cuando hizo "click" en su planteamiento literario y compró unas fichas en las que fue anotando palabras clave relacionadas con experiencias vividas con Llullu tanto en sus viajes alrededor del mundo (ha estado en Hawai o en Québec, por citar sólo dos lugares), en sus estancias en el hospital o en el comedor de un restaurante.

Advierte que "Quieto", sin embargo, no es un dietario, sino una narración porque "quiero escribir sobre esto con intencionalidad y forma literaria, y que éste sea uno más de mis libros".

La combinación de episodios angustiosos y dolorosos con otros más luminosos está hecha adrede porque Serra quería "neutralizar todo atisbo de sentimentalismo".

A lo largo de esta obra que se empieza y que el cerebro no puede abandonar hasta que llega a la última frase, el lector, gracias a la pericia de este narrador apasionado del verbo y la palabra, como demuestra a diario con sus crucigramas, siente rabia, dolor, angustia, pero también ternura e incluso hay momentos en los que es inevitable esbozar una sonrisa.

Siempre cuidadoso, especialmente en lo que atañe a su compañera Mercè y a su hija Carla, de doce años, Màrius es capaz de anotar sentencias como: "Lluís es un campeón de las disfunciones", "un absentista del éxito" o alguien a quien le gusta "imaginar como un intrépido navegante en dique seco".

Convivir con él, subraya, "implica prescindir de la noción de progreso, los tiempos verbales pierden sentido" y relata que un poco el motor del libro es el día en que estando en un cámping de Pals (Girona), y a partir de una anécdota trivial, interioriza que Lluís nunca correrá. "Una putada", remacha.

Sin embargo, este niño, que es el espejo en el que se miran los Serra, gracias a un montaje fotográfico con el que se cierra el libro acaba apareciendo sobre el papel más rápido que Correcaminos.

"Tenía claro -precisa el escritor- que quería esta proyección de la imaginación como final del libro. Verlo correr sería maravilloso", apostilla.

A la pregunta sobre si está trabajando ya en algún nuevo proyecto, resalta Serra que tiene muy claro que será de ficción y pura invención. "Necesito alejarme de esta aproximación tan íntima a una vivencia de la realidad. El desnudo tiene como límite el quedarse en pelota picada", concluye.

Irene Dalmases