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Periodismo sin atajos

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La dignidad no tiene prisas por hacerse notar, camina lenta, pero deja una profunda huella que impide perderse en la corrupción. Gervasio Sánchez agarra la dignidad con sus dos manos y la mira por uno de sus ojos. Gervasio ha preferido la dignidad al reconocimiento, ha cuidado el acercamiento con sus personajes, ha salvado del olvido la injusticia y todavía hoy lucha por un viejo sueño en desuso: acabar con la desigualdad.

Gervasio Sánchez ha visto muchas cosas en estos 30 años dedicado a ver muchas cosas. Ha habido malas y buenas, ha estado en América Latina en sus primeros trabajos, en el cerco de Sarajevo en los noventa y con las víctimas de las minas antipersona en los últimos años. Ha visto a compañeros provocar el acontecimiento de manera consciente, y otros simplemente por estar presentes en un punto caliente con una cámara a busca y captura de la noticia. Ahí otra de las cualidades que con los años ha ido pergeñando Gervasio Sánchez: se ha convertido en el fotógrafo que siempre vuelve. Gervasio Sánchez vive obsesionado. Ha dejado huella en todas las vidas que pasaron por sus fotos, convirtiéndolas en parte importante de su familia.

Obseso de sus convicciones éticas, dice que lo peor que te puede pasar como fotoperiodista es que pongan en duda tu rigor. Quien siembra dudas sobre su trabajo, tarde o temprano recogerá indiferencia y desconfianza, aunque lo que haya hecho sea verdad. Ha hecho de sí mismo un mito a golpe de verdad y valor, de valentía y valor. Sí, fotografía con valores. Si el primer sacrificio que sucede en una guerra es el de la verdad, él acude al conflicto con la ética por delante para revivir a la verdad. Y entre tanto compromiso y tanta denuncia y tanto dolor también encuentra el lugar en el que se esconde la belleza en la lucha por la supervivencia y la dignidad de las víctimas. Como en la foto que hemos elegido para ilustrar el trabajo del nuevo Premio Nacional de Fotografía: es pacífica y horrorosa, la naturalidad de las telas del vestido de la madre e hijo se ven rotas por el plástico de las piernas ortopédicas.

Gervasio Sánchez también tiene defectos, y no huele la sangre de la guerra. Está cerca, sabe dónde ha sido la tragedia, pero su labor está más allá de la transmisión inmediata y el negocio. Gervasio Sánchez no es un periodista ansioso por confeccionarse un nombre a la altura de la guerra misma, ni forma parte de la multitudinaria tribu que camina de batalla en batalla, cargada de razones y regresa con todas las verdades listas para ilustrar.