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Dos piratas forajidos

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El tiempo no se detiene por nadie. (Eso hubiese dicho Edward Teach, fue desertar de la Marina Real Británica y no dejar de repetirlo, siempre lo mismo, nadie conocía el motivo pero él lo decía y lo volvía a decir). Ahora todo es diferente. Quién sabe, han pasado más de 200 años pero igual voy a contarlo.

En invierno es una ciudad tranquila. No llegan tantos galeones. Los grumetes refuerzan las jarcias taciturnos, saben que tardarán en ver otra vez un doblón. Apenas se forma alguna trifulca cuando la ciudad se llena de filibusteros. Desembarcan con sus tamices, llegan convencidos de que mañana o el otro darán con su pepita. Así en singular, cada uno de ellos tendrá su propia pepita. Todos lo saben. De lo contrario no le dedicarían su vida al barro de un río que parece reírse de ellos por la mañana al despertar con el rocío, por la tarde cuando el frío ya se ha convertido en una costumbre y todos lo soportan, por la noche de regreso a sus barracones malolientes. Llenos de esperanza.

El salón cierra de lunes a jueves. En cambio Jack abre a las siete. Jack vende harina, azúcar, herramientas, munición, café, jabón y hasta escobas si quieres comprarle una. Escobas torcidas como el árbol del que proceden. Todos lo llaman el árbol de Jack. Dicen que hay una escoba para cada hombre. Lo mismo que un revólver. Lo mismo que un sable de abordaje. Dicen que entender su funcionamiento lleva media vida, que hay que hacerse a ella y decidir hacia dónde barrer, por qué lado agarrarse a los huesos de su esqueleto, en qué lugar pondrás cada una de tus manos, cuál de ellas tomará la iniciativa.

El sheriff hace su ronda por la calle principal como cada noche. Va por el lado de la tienda de Jack, vuelve bordeando el salón. Hoy está cerrado. Hace frío y el sheriff Roberto Arellano anda pensando en sus cosas. ¿Debe o no debe confesarle a Katie que la ama y quiere convertirla en su esposa y sacarla del salón para pasar juntos lo que les queda de vida en un rancho, que él construiría con sus propias manos, a las afuera de la ciudad? ¿ha hecho bien dándole chapa y arma a su ayudante sin mandarle antes noticia al juez Hingle a pesar de que él siempre se haya mostrado indulgente con sus métodos? ¿cuántas cabezas de ganado le tocará controlar la próxima vez que Stevens Dos Manos llegue a la ciudad con sus bucaneros, camino a Cable Hogue? ¿cuándo fue la última vez que pasó por allí el charlatán de Billy? Cada vez que llega a la ciudad lleno de polvo y sediento los niños salen a recibirlo. Sus madres no les dicen nada. En invierno no hay peligro y además saben que los muchachos no tardarán en volver correteando tras el carro de Billy, arrojándole piedras a sus dos viejas mulas tan flacas como un perro sarnoso y todavía más sedientas que el dueño.

El sheriff Roberto Cofresí cree estar seguro de que Billy no ha pasado por la ciudad desde el último otoño con sus frascos de crecepelo, sus potes de medicina marca Imperial importada de Europa y sus tarros llenos de un pringoso ungüento para las picaduras de serpiente. Todo aquel que ha cambiado una minúscula pepita de oro por uno de sus frascos y se ha visto en la necesidad de aplicarlo en su propio cuerpo, tras la mordida de una de esas serpientes que habían llegado al río mucho antes que los sucios y resignados buscadores de oro, arrepentidos de abandonar el Este con la familia a cuestas y la simpática convicción de que en el Oeste iban a hacerse ricos y podrían volver a su hogar convertidos en gente importante, a comprar una casa y aliñar sus últimos días sobre la Tierra con la tranquilidad de haberle facilitado la vida a su descendencia, está muerto. No queda ni uno solo con vida. Eso les impide opinar. Ahora el sheriff Roberto Ramírez de Arellano está seguro. Cómo pudo ser tan estúpido. Billy siempre viene en otoño. Todos lo saben. El sheriff de Arellano acaba de hacer la ronda. Le gusta su trabajo, el clima, la soledad,el salitre.

Su hermanita bailaba el cancán como una diosa. Era un hombre creyente y le había jurado a Dios que, si entre los dos daban con ella, no habría preguntas. Sólo quería protegerla.Buscaría un oficio y se quedaría a su lado

No hace tanto que el puesto de la diligencia lo regenta el bueno de Luke, Luke Plummer el Pequeñito. Tiene a dos grumetes de agua dulce que preparan las comidas. Él se encarga de los caballos y del correo y hasta ha aprendido a hacer ataúdes porque es un tipo con visión de futuro y, cuando murió Stoddard el Rubio, supo aprovechar la oportunidad de convertirse en el nuevoenterrador.

Hace más de dos años que el puesto es suyo. Jack no sabe que el día menos pensado Luke talará su árbol torcido para hacer tablas y más féretros. No han pasado ni seis desde que llegó a la ciudad pero ahora es uno más. Vino tras su hermana y aquí se quedó.

Katie Plummer había abandonado al oficial Edward Teach. Cuando se casó era muy joven. No le gustó lo que vio y un buen día se había evaporado, sin más. Ni una nota de despedida. El oficial Teach murió unos meses más tarde. Ninguno de sus hombres se fue de la lengua, mas todos pensaban lo mismo: de un tiempo a esta parte el bueno de Teach no parecía el mismo, pero ellos no creían Luke Plummer no tardó en abandonarlo todo.

Tenía una intuición, creía saber dónde encontrar a su hermana. Llegó a la ciudad un martes. En invierno es una ciudad tranquila. Esperó hasta el viernes y se dirigió al salón. Su hermanita bailaba el cancán como una diosa. Era un hombre creyente y le había jurado a Dios que si entre los dos daban con ella no habría preguntas. Sólo quería protegerla. Buscaría un oficio y se quedaría a su lado. El día que sorprendió al sheriff Cofresí de Arellano en la alcoba de su hermana, Luke Plummer recordó su juramento, volvió a cerrar la puerta tratando de no hacer ruido y asumió sin el menor drama que en adelante también velaría por Roberto Cofresí Ramírez de Arellano.

Muchos de aquellos lobos de mar preferirían no haber arrastrado sus espuelas hasta Shinbone, un puerto pequeño y tranquilo.

Es cierto que Luke de Graaf-Plummer hubiese dado su vida por aquel ser endiablado. Por su hermanita Katie empalaría a Jack con una de sus escobas torcidas, al mismísimo Stevens Dos Manos, al juez Hingle con el rifle del ayudante del sheriff Roberto Cofresí hasta dejarle bien claro que en Shinbone no era bien recibido. Pero ahora era el enterrador. Ni siquiera su hermanita iba a arrebatarle aquel empleo de enterrador.

Nada de eso, el tipo del duelo no fue él sino un forastero. Billy sacó el revólver mucho antes que aquel truhán, eso es todo. En medio de la calle. Uno a 40 o 50 metros del otro, debían de ser las cinco de la tarde. El propio Luke se encargó de enterrarlo. El sheriff Ramírez seguía sin pedir la mano de Katie Plummer de Graaf y ella seguía esperando.

El tipo del duelo no fue su hermano y seguro que tampoco fue Back Stoddard el célebre enterrador rubio. No todos en Shinbone lo recuerdan. Billy aquella tarde bajó de su carro lleno de frascos, de potes y tarros para matar a Edward Teach en justa lid. Hay un fantasmapor navío.