Publicado: 28.05.2014 00:00 |Actualizado: 28.05.2014 00:00

Rubem Dantas, el percusionista que inventó el cajón flamenco

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Entre los ayes rasgados de Camarón de la Isla se colaba el eco primitivo de la madera de Rubem Dantas (Salvador de Bahía, 1954), gregario de lujo del jazz y del flamenco. El brasileño comparecía ante el mazo de los puristas sentado en un cajón, al que con el tiempo culparían del exterminio de los palmeros, de silenciar el rumor del baile y de maquillar al mal cantaor. Pero aquel instrumento de ultramar pronto adquiriría la condición de hijo adoptivo del género, hasta el punto de enriquecer el compás y modificar el curso de su propia historia.

Paco de Lucía, durante una visita a Lima en 1980, asiste a una fiesta donde la cantautora criolla Chabuca Granda, compositora de La flor de la canela, se hace acompañar por Caitro Soto. Su caja de madera, que el peruano cabalgaba a horcajadas, no escondía mayor misterio que un agujero en la parte posterior, pero el legendario guitarrista, cautivado por su sonido, se empeñó en comprarlo por unos pocos miles de pesetas.

Dantas, fiel escudero que se había sumado a la gira suramericano del algecireño, desveló en tiempo récord sus secretos y se presentó en Chile con el repertorio adaptado a la criatura. "Fue impresionante, aquel día cambió mi vida", recuerda el bahiano, quien todavía hoy sigue manteniendo relación con la familia del cajonero de San Luis, fallecido hace una década.

Nacía el cajón flamenco, un instrumento espurio cuyo parto fue asistido por los esclavos a su llegada a Perú. Los había espoleado la Iglesia católica, enemiga de los tambores paganos. Ante la necesidad, reforzada por la prohibición del virrey, los afroperuanos encontraron una válvula de escape clandestina bien en una calabaza hueca, bien en una caja para el transporte de mercancías. Pasarían un par de siglos hasta que Paco de Lucía tropezase con aquel objeto libre de sospechas para los censores, Dantas lo frotase con sus yemas y Antonio Carmona y tantos otros lo adoptasen como propio.

Rubem grabaría dos discos fundamentales del género: Solo quiero caminar, de Paco de Lucía, y Como el agua, de Camarón. El cajón se sacudió así su nacionalidad primigenia y, a través del flamenco, se hizo universal. Lo habían intentado antes las congas y los bongós, pero ninguno cuajaría en su compás como aquel taconeo vertical que supuraban las tablas traídas de Perú por un percusionista que, a su vez, había llegado a Madrid en 1976 procedente del nordeste de Brasil, previa escala en París. "La gente, al principio, desconfiaba de mí", rememora. "Pensaban que estaba loco por meterme en camisa de once varas sin haber tenido un espejo".

Dantas, cuyo maestro había sido Vadinho do Gantois, fue un autodidacta que aprendió tocando junto a los grandes del flamenco, cuya complejidad se asemejaba a "un tratado de física nuclear". Primero, con Dolores, una banda con enjundia fundada por Pedro Ruy Blas y Jorge Pardo que secundaría a Camarón en La leyenda del tiempo. Luego, como miembro del sexteto de Paco de Lucía y de la banda de Chick Corea, hasta que lo embargó el deseo de concebir un proyecto personal y fundó una big band.

El círculo lo cerró con la publicación de Festejo, un disco con canciones suyas en el que se vio arropado por un cegador all stars formado por Carles Benavent, Edith Salazar, Chano Domínguez y los citados Pardo, Corea y De Lucía. "Dejé de ser músico para otros porque quería vivir un poco para mí", reconoce el percusionista bahiano. "Pero más que un líder soy un empleado, porque también me encargo de organizar los ensayos, de buscar los conciertos y hasta de comprar los bocadillos".

La próxima cita es en La Cochera Cabaret de Málaga, donde este viernes homenajeará al padre de la bossa nova Vinícius de Moraes, pues Dantas también ha prestado su virtuosismo en la percusión a otros artefactos sonoros que lindan con el tango, la samba o el candomblé. "Salvador de Bahía es uno de los epicentros mundiales de la música junto a Haití, Cuba y Nueva Orleans. He tenido la suerte de nacer en el lugar donde se fundieron Europa y África", afirma con orgullo Rubem, que terminó dejando Madrid por Granada. "Vivir aquí era mi sueño desde niño. Siempre quise venirme, pero me quedé muchos años en la capital porque me convencieron Enrique Morente, Pepe Habichuela y Paco de Lucía". No dejó aquella tierra frecuentada por flamencos hasta que decidió volar por sí solo, como un pelícano, en dirección sur.