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Amores que desafiaron al nazismo

La escritora Mónica G. Álvarez aborda en 'Amor y horror nazi', un puñado de romances fraguados en campos de exterminio. "Si no sucumbieron a la atrocidad es porque mantenían la esperanza viva de que él o ella estarían vivos", explica la autora.

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Beso entre Elisabeth Wust y Felice Schragenheim en un viaje al río Havel, Berlin (Jens Ziehe. Museo Judío de Berlín)

Libros sobre el Holocausto hay cientos de miles. Desentrañar lo ocurrido es —o debería serlo— una obligación moral. Entretanto, la historiografía hace lo que puede por cercar un nivel de abyección nunca visto en la historia de la Humanidad. Pocos autores se han atrevido sin embargo a poner el foco en ese intangible que, como recuerdan los más entusiastas, es lo que realmente mueve el mundo. En efecto, hablamos del amor como motor de vida y, en este caso también, de supervivencia.

La escritora y periodista Mónica G. Álvarez traza en Amor y horror nazi. Historias reales en los campos de concentración (Ediciones Luciérnaga) una historia alternativa de lo ocurrido, lo hace hilvanando una serie de vivencias personales e íntimas, todas ellas verídicas, en las que el amor con letras capitales parece plantar cara al nazismo. Un libro que, como explica su autora, nace como reacción a otro mucho menos amable: Guardianas nazis. El lado femenino del mal (2012).

“Quedé rota por lo trágico de aquél libro. Me llegó a afectar hasta tal punto que una amiga muy querida me dijo que tratara ahora de escribir sobre un tema más liviano como el amor”, explica la autora. El resultado son estos siete testimonios de unos de los capítulos más oscuros de nuestra historia reciente. Prisioneras que se enamoraron de sus carceleros, mujeres que se amaron pese a los impedimentos de la época, parejas que resistieron el cautiverio gracias al recuerdo de su amor…

“El amor es atemporal, puede ocurrir en un campo de concentración nazi, hace 5000 años o dentro de 2000”, confiesa la periodista, para quien la única razón que puede explicar la supervivencia en condiciones tan extremas de hambre y miedo solo se puede entender a través del amor. “El terror que tuvieron que vivir les hizo perder hasta la razón, si no sucumbieron es porque mantenían la esperanza viva de que él o ella estarían vivos”.

El carcelero enamorado

El oficial autríaco Franz Wunsch

Es el caso, por ejemplo, de la historia que protagonizaron la eslovaca Helena Citrónová y el austríaco Franz Wunsch, cabo primero de las SS. Prisionera y carcelero protagonizan una historia propia del celuloide que Mónica González —a través de archivos y documentos bibliográficos— logra rescatar del olvido. “Él se enamoró perdidamente de ella. Y Helena sintió una especie de gratitud ambigua, que es la forma que tiene el preso de agradecer a su captor que le salve la vida”.

Cuenta Mónica que el oficial nazi se deshizo en atenciones para con la joven presa eslovaca. Veló por su seguridad durante el cautiverio, le regaló un par de botas para que pudiera afrontar con un mínimo de garantías la llamada marcha de la muerte, y hasta le entregó a modo de despedida un papelito en el que le indicaba la dirección en la que vivían sus padres para reunirse una vez finalizada la guerra. “Ella se giró y rompió el papel —apunta la periodista—, recordó aquellas palabras que le dijo su padre: Jamás olvides quién eres”. Con todo, la joven Helena no tuvo reparos pasado el tiempo en testificar a favor del oficial durante el encausamiento de éste.

Amor lésbico vs. Nazismo

Felice Schragenheim y Elisabeth Kappler —conocida en el seno familiar como Lilly Wust— se enamoraron fuera del campo de concentración. El idilio, cabe decir, venía patrocinado por un horizonte nada halagüeño; Felice era judía y Lilly nazi. El problema —¿o deberíamos decir el dilema?— para Lilly comienza cuando Felice le confiesa que es judía. “La respuesta de Lilly fue terrible —explica González—, el nazismo generó muchas contradicciones y era muy complicado para sus protagonistas hacerles frente”. El desenlace, cabe decir, es en este caso feliz. “Lilly dice sentirse por primera vez viva a su lado, hasta el punto de que decidió plantar cara al nazismo apostando por sus sentimientos”.

Todo un romance hollywoodiense que Mónica González rescata de las conversaciones que mantuvo Lilly a la edad de ochenta años con la periodista Erica Fischer, charlas que dieron lugar al libro Aimee and Jaguar: A Love Story, Berlin 1943. “Este es un claro ejemplo de que el amor puede tumbar a una ideología que está aparentemente instaurada en la mente de alguien, es la evidencia de que no sólo le puede hacer frente sino que también le puede vencer”.

Howard y Nancy durante su Luna de miel en Montreal (1950)

Amor en fuga

Pero quizá es la historia de amor entre Howard y Nancy la que más ha dado que hablar. Ambos protagonizaron un interminable periplo por campamentos diversos en condiciones terribles. Tras ser brutalmente separados, la triste casualidad quiso que se volvieran a encontrar en Auschwitz, para después tener que hacer frente a una cruel marcha de 800 kilómetros que casi acaba con la vida de Howard. “Apenas pesaban 30 kilos, habían superado escenas de muerte y vejación inimaginables, pero ahí estaban, de nuevo juntos, el uno frente al otro”.

Cuenta Mónica González que, en sus charlas telemáticas con Howard, éste le relataba lo sucedido con optimismo y coraje: “Si tuviera que resumir en una palabra lo que sentí al hablar con Howard es humanidad. Lo cual tiene toda la lógica del mundo, pues sus carceleros trataron por todos los medios de deshumanizarlos”. Una suerte de clarividencia heredada del terror que González evoca en estos tiempos de amores que matan: “Me dijo Howard que los jóvenes no saben bien lo que es el amor, el amor es respeto y gratitud, no tiene nada que ver con los celos”.