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El anfitrión

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El vestido de Begoña es la suerte hecha tejido. Su marido lo decide tumbado en el sofá: sin mangas, presagiando el verano antes de cubrir las rodillas. Ha cambiado sus sandalias planas por unas de tacón, y reparado su desnudez con el vestido azul turquesa. Mientras, Fernando apura su copa de vino. Molesto por el choque de los tacones contra el parqué, intuye la migraña.

¿No te los puedes quitar?

Quiero acostumbrar el pie, por si salimos.

Se incorpora, agarra la copa con una mano y el casco con la otra, se aproxima a Begoña.

¡Qué bien nos lo vamos a pasar!

Déjame, por favor. Tengo que barrer el pasillo.

El miércoles pasado, antes del almuerzo, Fernando Ros consulta su correo personal. Allí, entre publicidad y algunos mensajes de amigos, descubre uno que Escudero le remite, en inglés, desde hotmail. Accede a un revoltijo de cifras e imágenes que no logran cargarse. Descubre un enlace, pincha: big bang. Minutos después, tras respirar hondo, Ros cierra la puerta del despacho y enumera movimientos: qué hice esta mañana, en el despacho, de qué no guardé copia. Reinicia, golpea. Exige la presencia de su secretaria. También reinicia, golpea sin éxito. Llama a los informáticos.

A ver qué le ha dado ahora a este cacharro el informático ofrece la mano extendida, Ros estrecha su anillo anular.

Reinicia el ordenador con mimo de ciudad dormitorio. Mientras se enfurece contra el teclado, Ros establece una serie de hipótesis sobre su vida privada. ¿Casado? ¿Padre? ¿Se le parecerán, gordos y morenos, con pinta de fútbol en la barra del bar?

¿Qué tal tu mujer?

Muy bien, muchas gracias. Ahora está trabajando en una tienda, de dependienta.

¿Y el niño?

Ya me va a la guardería y todo. Un máquina.

La pantalla se trufa de letras blancas, pequeñas como los coches desde la planta 33. El informático se acerca y Ros se transforma en guardaespaldas, por si el virus abandonase el mundo virtual para cebarse con el orgulloso padre de familia.

Mala pinta ¿Qué pasó?

Abrí un mail, pinché en un enlace, y se apagó todo.

¿Ha recibido el correo en la cuenta de la empresa?

Sí, claro.

Qué putada Fran instaló otro filtro hace un mes, pero nos la están colando. Podríamos meternos en el webmail desde mi ordenador, y ver qué ha sido. ¿Vamos para mi despacho?

Hay un pequeño problema

Dígame, señor Ros.

Recibí el correo en mi cuenta personal. Conocía al remitente, pero sospecho que era un envío masivo.

Vaya. Vamos a desmontar el equipo y bajarlo a mi despacho. Ahora llamo a Sergio o a Fran. Es mejor no dar parte En un par de almuerzos me lo ventilo. Tardaré un par de días, así que mientras tendrá que usar el portátil.

Muchas gracias, ¿eh? Muchas gracias.

De nada, señor Ros. Para eso estamos.

Su camisa de cuadros y zapatos de fábrica enfilan, pasillo abajo. Fernando Ros avisa a Begoña: voy a tomarme la tarde libre, estaré en casa antes de tiempo, inténtalo tú. La secretaria de Begoña asiente. Ros subraya las páginas salmón del periódico del domingo. Bebe agua. Come pipas. Y, cuando los informáticos se marchan con la torre infectada, él les imita.

Y el tipo me dijo que me lo arreglaba mientras comía.

Lo mínimo es que invites a ese chaval y a su mujer a cenar a casa.

O a un restaurante, ¿no? También puedo regalarle algo. Algún cinturón bueno de los que no me pongo.

Te está cubriendo las espaldas. Dale una muestra de confianza, que venga a casa durante una noche.

¿Lo dice algún manual?

Uno de armonía laboral que leí el mes pasado.

El pijama de Begoña le revuelve el estómago: se ha cortado al abrir la lata de maíz, y ha estampado la zona del vientre con gotitas de sangre. Ella friega los platos, recogerá el cenicero que Fernando ensució por la tarde, programará la lavadora para tenderla antes del desayuno.

El informático y su esposa pulsan el timbre dos minutos antes de la hora acordada. Para entonces Begoña ha colocado la mesa según los cánones de las relaciones sociales, y ha pasado la comida del catering a las bandejas. Fernando permanece en el sofá. Las presentaciones. El agradecimiento. La mujer del informático elogia la casa de los Ros. Begoña recalca que es una zona como otra cualquiera, y desea que el trayecto haya resultado tranquilo. Las mujeres se adelantan, y Begoña exhibe su decoración minimalista frente a la más barroca mujer del informático. Ros y él miden fuerzas en el vestíbulo.

¿Te dejaron salir antes del trabajo?

Sí, señor Ros. Gracias por hablar con San José.

La invitada compara metros cuadrados, cuenta las habitaciones que Begoña desperdicia, piensa en la litera que comprarán si su falta se confirma. Begoña sirve los aperitivos. El informático entrega el vino de El Corte Inglés a Fernando Ros, que examina la botella.

Es un poco de postre esto, ¿no?

El informático se sonroja; desconocía que, salvo en Navidades, un alcohol se reservase para el final de la cena. Begoña inicia la conversación. Lo sabe de otro manual.

¿Cuánto lleváis casados?

Seis, pero juntos desde el instituto. En cuanto ahorramos para la entrada del piso. ¿No tenéis hijos vosotros?

No. Tampoco tiempo.

Todos ríen, excepto el informático.

Un hijo te da muchas alegrías. Mi mujer ha tardado en encontrar trabajo, pero todo merece la pena por llegar a casa, y jugar con el niño, y ver cómo crece.

¿En qué trabajas?

Soy dependienta en una tienda de ropa. Pero se me acaba el contrato y no creo que me lo renueven. Quieren a muchachas jóvenes.

¿Cuántos años tienes?

28.

Begoña acaba, de un trago, con la mitad de su copa. Su DNI marcará diez más el mes siguiente.

Eso es una tontería. Con esa edad eres una niña

Las más jóvenes cobran menos y trabajan más. Acaban de dejar los estudios, no tienen que mantener a nadie y les da igual todo.

El informático observa a su mujer con resignación. Fernando Ros bebe.

Nosotros necesitaríamos una asistenta. ¿Verdad, Begoña?

No lo creo, Fernando Begoña pierde la compostura, curva su espalda, se gira hasta enfrentar su cuerpo al perfil de su marido, susurra. Ya hemos hablado alguna vez de eso. No quiero que nadie limpie lo que yo ensucio. Donde yo trabajo suelen necesitar administrativas, recepcionistas. Mañana pregunto, te aviso si hay algo. Dame tu número.

Y, si no, tu marido siempre puede hacer horas extra, ¿eh?

Fernando Ros pierde un lustro por cada carcajada. Aún no han probado el primer plato. Con disimulo, el informático manipula su teléfono, y en la habitación irrumpe el politono del móvil de su esposa. La mujer se disculpa, y se refugia en el pasillo para fingir la conversación.

Es mi madre, dice que el niño está malito. Vamos a tener que irnos.

El informático y su mujer se dirigen a la puerta, desconociendo si los Ros les acompañan. Se despiden; Begoña empuja la puerta con violencia. Los invitados bajan las escaleras a oscuras. El anfitrión lanza por los aires sus zapatos, en calzoncillos recupera su sitio en el sofá. Sus primeros ronquidos coinciden con el motor del coche del informático. Y el vestido azul turquesa de Begoña le observa desde la cocina, salpicado de vino para el postre.