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Beethoven: “¡Mi ángel, mi todo, mi yo!”

La editorial Turner publica una recopilación de más de 300 cartas amorosas de los grandes compositores de la historia. Desde Mozart a mediados del siglo XVIII hasta Alban Berg ya entrado el siglo XX, veintidós compositores desnudan su alma 

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Ludwig van Beethoven en la película 'Inmortal Beloved'

Las hay arrebatadas, deliberadamente indiferentes, contenidas, o incluso timoratas. Como explicaba el concertista y musicólogo Kurt Pahlen (Viena, 1907-Berna, 2003), responsable de esta compilación de cartas de amor de grandes compositores, los “artistas” sienten —y empalabran— los infortunios amorosos con el mismo desespero con que lo haría el responsable de una sucursal bancaria o un vagabundo.

Acostumbrados a sublimar las inclemencias del alma en sinfonías diversas, sus desahogos epistolares se tornan claves para complementar su obra. “Hay que buscar a la persona detrás de la obra que ha creado con sufrimiento o alegría, con tormento o felicidad. Porque entonces la obra nos hablará con doble intensidad, creo yo”, escribía Pahlen en la introducción de Cartas de amor de músicos (Turner).

Una recopilación de más de 300 cartas amorosas de los grandes compositores de la historia. Desde Mozart a mediados del siglo XVIII hasta Alban Berg ya bien entrado el siglo XX, veintidós compositores desnudan su alma en estos textos que hablan de amor, pero también de la vida cotidiana, las ideas, los sueños y los sentimientos personales de sus autores. Un puñado de escritos de insignes sinfónicos que entre bolo y bolo tuvieron a bien entintar sus más intensos anhelos.

Sirva de aperitivo, por ejemplo, la misiva que un febril Beethoven le hacía llegar a la cantante de la Ópera de Viena Amalia Sebald: “¡Mi ángel, mi todo, mi yo! Hoy solo unas pocas palabras y con lápiz (el tuyo). Hasta mañana no sabré con certeza mi domicilio: ¡qué desperdicio de tiempo en asuntos tan insignificantes! ¿Por qué esta profunda pesadumbre cuando es la necesidad la que habla? ¿Acaso el amor puede consistir en otra cosa más que sacrificios, exigencias de todo y nada? ¿Acaso puedes cambiar el hecho de que tú no seas enteramente mía, ni yo enteramente tuyo?”.

El errante (y enamoradizo) Wagner

Mala vida la que le debió dar Richard Wagner a su esposa Minna Planer. Los escritos que le remitía el autor de El holandés errante nos muestran a un hombre desesperado ante la indiferencia de Planer: “Dime, mi ángel, ¿estás siendo justa? ¡Como un sediento espera la bebida, así he esperado yo que llegaran un par de líneas tuyas! Venga, venga, no es justo; podrías haberme hecho saber a través de un par de líneas si todavía me amas, algo de lo que dudo a menudo”.

Al parecer el espíritu mujeriego y trashumante del compositor acabó con la paciencia de Planer, que optó por un mutismo salvaje. “¿Bueno, dime, Minna, qué debo pensar de ti? ¿Te has vuelto loca y por eso me dejas en este estado tanto tiempo sin escribirme? (…) ¡Estoy furioso! ¡Vosotras las mujeres sois más insensibles que la piedra!”, se revolvía rabioso el maestro.

El díscolo Mozart

“¿Cómo te va? ¿Piensas tanto en mí como yo en ti? A cada instante contemplo tu retrato y lloro, a medias de alegría, a medias de pena […] Adieu, te beso un millón de veces dulcísimamente y soy eternamente tuyo”, escribía un joven —y entregado— Mozart a su amada Konstanze Weber (1762-1842), que pasará a los anales como mujer frívola y superficial pero cuya reputación Pahlen restituye sin la intención obviar sus posibles defectos, pero sí evidenciando a través de sus cartas lo bien que su compañía le hizo al díscolo Wolfgang.

“Si pudiera contarte todo lo que hago con tu querido retrato, sin duda te reirías a menudo. Por ejemplo, cuando lo saco de tu estuche y digo ¡Que Dios sea contigo, mujercita Stanzerl! [...] Cuando vuelvo a guardarlo, lo dejo ir resbalando poco a poco y repito una y otra vez ¡Nu-nu-nu-nu! con la intención que este conjuro requiere, y con el último, rápido: ¡buenas noches, ratoncilla, duerme bien!”, clamaba el austriaco.