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Cantar y callar

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El oficio de cantautor era de lo más arriesgado durante la dictadura.

Tras el golpe de Estado contra Salvador Allende, una de las primeras órdenes que dio Pinochet a sus secuaces fue que detuvieran a Victor Jara. Y así lo hicieron, a las pocas horas de la sublevación. Sus torturadores primero le rompieron las manos con la culata del revólver y luego lo acribillaron a balazos. Lamento traer a la memoria semejante brutalidad, pero en los días tristes es inevitable recordar tristezas, porque aquí, en Granada, también fue perseguido y asesinado un gran poeta.

A José Antonio Labordeta se le ocurrió empezar su carrera como cantautor en 1968, un mal momento para la libertad, cuando la censura tuvo un rebrote y la represión volvió a actuar desaforadamente por miedo a los artistas como él, que enardecían los ánimos y movilizaban a los universitarios insurrectos y a los obreros de las fábricas con sus canciones convertidas en himnos de batalla.

Difícil transmitir el ambiente encendido de aquellos recitales. Visto desde la lejanía, muchos jóvenes no podrán comprender por qué la gente de entonces coreaba con rabia y hasta con lágrimas el Canto a la Libertad de Labordeta, A galopar de Paco Ibáñez, Al vent de Raimon, L'estaca de Lluis Llach y tantos otros poemas simbólicos que, como decía el estribillo del himno popular aragonés, hicieron lo posible por empujar la historia hacia la libertad.

Nuestro querido José Antonio Labordeta, además de profesor, poeta, novelista, diputado y cantautor, ha sido un eficaz agitador cultural que deja una vida plena, una estela de aventajados discípulos y un montón de incondicionales y excelentes amigos.