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De Joy Division a Depeche Mode La historia oculta de las diez portadas más icónicas de la música rock

El periodista y crítico Xavier Valiño disecciona en su nuevo libro el envoltorio de los discos esenciales del género

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De la banana de Warhol a la pastilla de Spiritualized, las diez portadas más icónicas, seleccionadas por Xavier Valiño. 


Cuando The Clash sale a colación en una charla, el interlocutor visualiza la portada del disco en la que un tipo estampa una guitarra contra la tarima del escenario. Quizás no sepa quién sacó la foto ni diseñó la cubierta, cómo se llama el músico o, incluso, no recuerde el título del álbum. En realidad, no era una guitarra, sino un bajo, aunque el instrumento sea lo de menos.

Detrás de la icónica imagen de London Calling se esconde una historia, y el periodista Xavier Valiño se ha propuesto desvelarla a los lectores de La cara oculta de la luna (Editorial Milenio), un profuso trabajo de investigación sobre las cincuenta portadas esenciales del rock. Ojo, no tienen por qué ser las mejores, sino las más icónicas, aunque también envuelvan un gran disco. Para abrir boca y oídos, ahí va el top ten del crítico musical, autor de varios libros y colaborador de revistas como Efe Eme o Ruta 66.

The Velvet Underground & Nico (Verve, 1967)


La icónica banana de Andy Warhol, quien entonces ejercía de mánager de la banda, sólo despachó cinco mil copias en su primer año. “No sabemos si fue culpa de la portada, de las canciones, de la escasa promoción o, probablemente, de que la sociedad no estaba todavía preparada para entender a una banda como The Velvet Underground”, explica Xavier Valiño. “Yo creo que los tiros van por ahí”.

El plátano era una pegatina que podía pelarse, mostrando una carnosidad rosácea abierta a todo tipo de interpretaciones. “Es una idea tan simple que se le podría haber ocurrido a un niño. Sin embargo, no sólo tiene connotaciones infantiles, sino también perversas, un rasgo de las canciones interpretadas por Nico, que son caramelos envenenados”, añade el autor de la web Ultrasónica.

Santana: Abraxas (Columbia, 1970)


La Anunciación de Matias Klarwein, “el más célebre pintor desconocido del mundo”, llamó la atención de Carlos Santana por su orgiástica paleta de colores y la pulcritud en el detalle, que el pintor alemán de origen judío logró gracias al empleo de una técnica pictórica usada por los maestros flamencos del XVI. Sin embargo, la portada de Abraxas va más allá de la obra, un empacho de surrealismo kitsch con tics orientales. “Lo importante es la historia que hay detrás de ella y la biografía atípica del autor”, cree Xavier Valiño.

Después de huir del nazismo y de vivir en medio planeta, Klarwein dio con sus huesos en una cala de Deià (Mallorca), donde falleció en 2002. Entre su legado, este voluptuoso canto a la vida y al mestizaje que logró burlar la censura franquista. “Los herederos del autor me comentaron que la portada no fue censurada en España porque su padre le había hecho un retrato a la nieta de Franco”, explica el periodista lucense. José Luis Gil, director de CBS, defendió los desnudos en la pintura clásica para eludir el veto y le endosó la autoría a “un destacado artista plástico afroamericano (sic)”.

Grateful Dead: Aoxomoxoa (Warner, 1969)


Rick Griffin, un referente de la cartelería psicodélica, trabajó para Jimi Hendrix, Janis Joplin o Jim Morrison. Fruto de la amistad con Grateful Dead, truncada por su fallecimiento en un accidente de tráfico, facturó numerosos pósteres y carátulas para la banda californiana. Aoxomoxoa representa un paraíso surfero donde germina la vida, trufado de referencias a la fertilidad, aunque para pillar el rollo habría que cabalgar las olas del LSD. Sobrios, resulta más complicado leer el mensaje oculto en el nombre de la banda, Grateful Dead, que con un poco de esfuerzo visual y mental se convierte en We Ate The Acid.

“Las letras pueden decir una cosa u otra, aunque probablemente sólo Griffin sería capaz de contarnos todo lo que contenía la portada”, cree Xavier Valiño. “Cuanto más te fijas, más elementos descubres, aunque siempre te dejas algo: espermatozoides, huevos, embriones, úteros, calaveras... O sea, la vida y la muerte”. El artista, acuciado por las deudas, aceleró su Harley-Davidson después de saber que cobraría 1.800 dólares por una obra suya. Aún no había paladeado la noticia que le dio por teléfono su galerista, cuando una furgoneta se interpuso en su camino.

Roxy Music: Country Life (Island, 1974)


Si hubiese nacido veinte años antes, la fotografía podría haber sido obra de Terry Richardson: situaciones cotidianas, aparente espontaneidad, desnudez frontal, amateurismo técnico… Aquí hay un poco de todo ello, si bien Brian Ferry tenía una idea clara: titularía el disco Country Life, el mismo nombre de una revista inglesa que presentaba en portada a las hijas de los terratenientes, aunque en su caso plasmaría la estética de una revista erótica de la época. “Un toque porno setentero que subvertía una publicación protagonizada por chicas de clase alta recatadas, o sea, unas pijazas”, explica Xavier Valiño.

La casualidad se cruzó con él cuando, durante una estancia en Portugal para afinar las letras del álbum, se topó en un bar con dos veraneantes alemanas que llevaban un disco de Roxy Music bajo el brazo. Ellas accedieron a posar delante de los setos de la piscina de su propio chalet, alumbradas por los focos de un coche. Ejerció de fotógrafo Eric Boman y de diseñador, Nick de Ville, quien eligió una tipografía similar a la de la almidonada revista británica. “Hasta entonces, todas las fotos de Roxy Music habían sido realizadas en estudio. Aunque ésta también es una portada muy trabajada, tiene mucho de improvisación”, matiza el periodista gallego. “Fue su disco más vendido hasta entonces, aunque desconocemos si influyó la cubierta”.

The Clash: London Calling (CBS, 1979)


Aunque no eran ni mucho menos fans del Rey, la portada se apropia del diseño y la tipografía del primer elepé de Elvis. Ahora bien, mientras el estadounidense aúlla y toca la guitarra, Paul Simonon destroza el bajo. “El homenaje parte del diseñador, no de la banda ni de la fotógrafa, quien desconocía el resultado final cuando hizo la foto. Es más, creo que en un primer momento ni el grupo fue consciente del parecido”, afirma Xavier Valiño. “Respecto a su aversión hacia Elvis, al que criticaban en la canción 1977, en London Calling hay cortes que podría haber cantado el propio Presley, como Train in Vain o Brand New Cadillac, pues tienen un aire rockabilly. Fue una pose para romper con el pasado, si bien la banda no pudo sustraerse a sus influencias norteamericanas”.

La foto fue tomada por Pennie Smith en el Palladium de Nueva York. Allí también estaba el dibujante Ray Lowry, encargado de darle forma a la cubierta. El ilustrador se inspiró en el disco de Elvis, que había comprado durante una escala de la gira en Chicago, y quiso rendir homenaje no tanto al músico como al desconocido autor de la portada.

Ésta fue imitada desde Seúl hasta Vigo, mientras que el instrumento maltratado fue cambiando de banda en banda. Siniestro Total, por ejemplo, se cargó una gaita en el single Sexo chungo / Me pica un huevo, aunque también sufrieron lo suyo arcordeones, banjos y sintetizadores. Ni Paul Simonon ni los restantes miembros del grupo londinense volvieron a romper otro instrumento en su vida. El bajista, que todavía conserva los restos, siempre se ha arrepentido del estrago.

Joy Division: Closer (Factory, 1980)


Closer llegó a las tiendas de discos cuando el cadáver de Ian Curtis todavía estaba caliente. El cantante de Joy Division se había suicidado dos meses antes de la publicación del álbum, cuya portada muestra el velatorio de Cristo. ¿Oportunismo macabro? “Parece que está hecha a propósito, pero fue escogida anteriormente”, asegura Xavier Valiño. La imagen es de Bernard Pierre Wolff, quien retrató a los seres inanimados que pueblan el cementerio genovés de Staglieno, incluidos los inmortalizados en la escultura de Demetrio Paernio, encargada por la familia Appiani. Peter Saville, el diseñador de cabecera de Factory Records, fue quien dio con la colección de Wolff, y no dudó un instante en recurrir a ella para ilustrar Closer sin ni siquiera haberlo escuchado.

Si en el cementerio hay enterradas tantas vidas como historias, en la portada también hay más de lo que parece. Saville quiso conjugar en la cubierta el neoclasicismo del mausoleo con el minimalismo del rascacielos AT&T, erigido en Nueva York por el arquitecto Philip Johnson. De ahí el fondo blanco, las líneas negras, el borde cuadrado y una elegante tipografía inspirada en la Antigua Roma y creada por él mismo. O sea, una obra escultórica dentro de otra arquitectónica. Nada que ver con el morbo asociado a la despedida prematura de Curtis, que se suicidó a los veintitrés años. “Los fans podían llevarse su duelo a casa”, comenta el crítico musical. “Si estabas jodido por la muerte de tu ídolo, al menos el disco te hacía compañía”.

Depeche Mode: A Broken Frame (Mute, 1982)


La mejor carátula de Depeche Mode envuelve su, probablemente, peor disco. No obstante, aquí la música es lo de menos, pues lo que importa es una imagen que llegó a ilustrar la edición para coleccionistas que la revista Life dedicó a las mejores fotografías de la década de los ochenta. La idea fue del diseñador Martyn Atkins y del fotógrafo Brian Griffin, empeñados en desmarcarse de la primera cubierta de la banda, que quería ponerse seria tras sobreexponerse a los medios y tostarse ante los flashes: un cisne envuelto en celofán, sobre un nido plateado que contrasta con un fondo rojo.

La nueva iconografía remitía a la Unión Soviética: una campesina durante la siega, bajo un cielo inclemente. “Aunque no es evidente y apela al subconsciente, trata los dos temas más importantes de la existencia humana: la vida y la muerte”, teoriza Xavier Valiño. Sólo faltaba que el tiempo acompañase, pero la mañana elegida para realizar la sesión en campo abierto amenazaba con tormenta. Afortunadamente, las nubes concedieron una tregua y Griffin pudo dispararle a la campesina rusa, en realidad una modelo británica vestida para la ocasión por la estilista Jacqui Frye. La portada, inspirada en el realismo socialista, fue un éxito y contentó a Depeche Mode, huérfana de su principal compositor, Vince Clarke.

“Fue producto del azar, porque ese día llovió a mares, pero Griffin logró sacar la foto durante un claro”, apunta Valiño. “De hecho, el cielo está eléctrico, con las nubes a punto de descargar”. Tan eléctrico como la anacrónica torreta de alta tensión que aparece, bajo la hoz, en la lontananza. Felizmente, los fans no repararon en el detalle o no fueron muy puntillosos, por lo que la pretendida atemporalidad de la foto, que parece un cuadro, no se vio perjudicada.

Los Lobos: La pistola y el corazón (Slash, 1988)


La portada de La pistola y el corazón marcó el destino de su autor, George Yepes. Los Lobos querían plasmar en una imagen el espíritu del Día de Todos los Santos y se encontraron casualmente con un cuadro del pintor de Tijuana que reflejaba la idea que buscaban. La banda californiana había saboreado las mieles del éxito con su versión de La Bamba, incluida en la película que narra la vida de Ritchie Valens, quien había llevado a lo más alto la versión roquera de esa canción popular mexicana. Para sacudirse el peso de la fama, Los Lobos decidieron grabar un álbum tradicional con letras en español. Una vez elegida la obra de Yepes, se inspiraron en ella y compusieron la única canción original del disco, La pistola y el corazón, que terminaría dando título a un trabajo con el que los angelinos aliviaban las presiones comerciales de su discográfica.

Yepes, un pintor autodidacta, pudo dejar su trabajo alimenticio como agente financiero y dedicarse a lo que más le gustaba cuando Sean Penn y Madonna se enamoraron del cuadro en una galería de Santa Mónica. En realidad, era una versión del original, que había sido desechado por el propio artista para ilustrar el disco de Los Lobos. La pareja pagó 26.000 dólares y retiró a Yepes, cuya obra siguió nutriendo las paredes de la mansión que los actores poseían en Malibú. Otro coleccionista de relumbrón fue el cineasta Robert Rodríguez, quien sigue conservando veinticinco obras suyas, once menos que las que tenían Penn y Madonna: un incendio asoló en 1993 su residencia y la colección de arte que albergaba.

“Entre las selecciones de las mejores portadas que me he encontrado, ésta es casi la única relacionada con la cultura latina y, en concreto, con la mexicana”, asegura Xavier Valiño, quien insiste en la presencia de los dos grandes temas que persiguen el portadismo musical: el amor (el corazón) y la muerte (la pistola). “Cuando hablé con Yepes, me contó la increíble historia de la ilustración, que llegó a ser pintada cinco veces”, añade el colaborador de Efe Eme. La tercera, por encargo del actor y comediante Cheech Marin, para incluirla en la exposición itinerante Visiones Chicanas. La cuarta, para decorar una guitarra Gibson, que la empresa incluiría en una serie limitada de cara a su posterior venta. Y la quinta, para adaptar la obra a un instrumento de tres metros que formaría parte del proyecto benéfico La Ciudad de las Guitarras de Austin, patrocinado por Quentin Tarantino (con el que colaboró en Death Proof) y, cómo no, por Robert Rodríguez (con el que trabajó en Planet Terror o Machete).

Primal Scream: Screamadelica (Creation, 1991)


El viraje hacia el house de la banda de rock Primal Scream se plasmó en la portada de Screamadelica: un smiley impresionista obra de Paul Cannell, diseñador de cabecera del sello Creation. La banda escocesa entraba en éxtasis con su tercer disco gracias al DJ Andrew Weatherall, cuya bisoñez en la producción alentó el atrevimiento y, a la postre, un disco maravilloso. Una vez abrazados el rock y el dance, necesitaban un revestimiento a su altura: el segundo verano del amor fue ilustrado por un artista autodidacta que usaba todos los materiales que tenía a mano para crear. Zurdo, decidió infantilizar sus pinturas con la mano derecha, hasta el punto de que la portada de Screamadelica podría haber sido dibujada por un niño o por un demente.

“Parecía que el sol se hubiera tomado una pastilla”, declaró el guitarrista, Andrew Innes. Un sol con las pupilas dilatadas, el símbolo del acid house distorsionado o lo que cada uno quisiera o pudiera interpretar en función de lo que hubiera pillado aquella noche. A todo esto, Cannell pintó el cuadro que inspiraría la portada, a partir de un detalle del mismo, sin haberlo escuchado. Fueron suficientes las conversaciones con el líder de la banda, quien se había adentrado en la jungla dance de la mano del músico y productor Alan McGee, extasiado tras un viaje a Ibiza.

“La música de baile cambió al grupo, que venía del rocanrol y comenzó a prestarle atención a otro tipo de músicas”, explica Xavier Valiño. “Y la portada, propia de la cultura psicodélica, refleja la alteración de la mente y puede interpretarse como un sol desfigurado o como el retrato de un smiley alterado”. Su autor, que entró en barrena a medida que las discográficas a las que prestaba sus servicios iban desapareciendo, se suicidó en 2005, por lo que no pudo ver su portada estampada en un sello del Royal Mail.

Spiritualized: Ladies and gentlemen we are floating in space (Dedicated, 1997)


A riesgo de parecer una apología de las drogas, lo cierto es que muchos artistas y músicos no ganaban para pastillas. Jason Pierce llevó su afición a la química demasiado lejos, hasta el punto de invertir los futuros derechos de autor de su tercer disco en la producción de una edición limitada de Ladies and gentlemen we are floating in space. Afortunadamente, los discos se vendieron como rosquillas, aunque sería más propio decir como pastillas: cada una de las doce canciones fue grabada en un disco compacto de tres pulgadas y posteriormente introducida en dos blísteres, como si se tratasen de píldoras. Fue necesario que una empresa farmacéutica de Portsmouth acometiese el laborioso proceso. Por supuesto, no faltaba la caja y el prospecto, que incluía el principio activo, los consejos para su uso correcto y los posibles efectos secundarios.

Una obra maestra ideada por el propio Pierce y materializada por Mark Farrow, cuyo diseño incidía en la idea de que la música cura. “Querían transmitir que un disco puede alterar la mente, hacer que te olvides de los problemas de la vida cotidiana y ayudarte a salir adelante”, afirma Xavier Valiño, quien advierte de que imitar al líder de Spiritualized en el consumo de sustancias estupefacientes puede perjudicar gravemente la salud. “Consumía bastantes drogas y el álbum era puro fetichismo narcótico”, añade el autor de La cara oculta de la luna.

Al contrario que con sus trabajos anteriores en Spacemen 3 y en la citada banda, con los que según él perdió el poco dinero que le reportaron al gastarlo tanto en instrumentos como en el diseño de los álbumes, este disco fue un éxito comercial y de crítica. Eso sí, para la edición convencional se conformó con incluir la docena de canciones en una única pastilla: la música como panacea, en una sola toma.