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Un infiltrado en el Grand Palais

Una exposición inaugurada en París inscribe el videojuego en la historia del arte

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Del píxel más embrionario a los efectos visuales más asombrosos. Del ruidito metálico de un bip electrónico a la banda sonora compuesta especialmente para la ocasión. Y de la simple distracción para niños aburridos a una auténtica industria que, desde hace tres años, genera más beneficios que el cine. El camino recorrido por los videojuegos en las últimas cinco décadas se podría resumir en estas tres frases, como demuestra Game Story, la exposición inaugurada esta semana en el Grand Palais de París.

La muestra conduce al visitante por un trayecto cronológico por la historia del videojuego, desde su invención en un laboratorio informático estadounidense a mediados de los cincuenta hasta su actual estado de gracia. No se trata de la primera vez que el videojuego entra en un museo, pero puede que este sea uno de los casos de infiltración más rotundos, tratándose de un centro de perfil claramente institucional y poco abierto al riesgo, especializado hasta ahora en los grandes nombres de la tradición pictórica. Desde esta semana, Super Mario, Pac-Man y Space Invaders comparten recinto con Matisse, Cézanne y Picasso, protagonistas de otra muestra en las salas contiguas.

'La exposición supone un reconocimiento cultural evidente para el videojuego', reconoce el comisario, Jean-Baptiste Clais. 'Pero nuestra misión no era tanto dignificarlo como demostrar que no se trata de un islote aislado. Desde su invención, el videojuego se ha alimentado de cine, cómic, manga y anime, pero también de pintura, escultura y literatura'.

Según el comisario, el videojuego ha sido percibido como 'una amenaza respecto al patrimonio y la tradición', cuando en realidad se halla 'fuertemente anclado' en ambas cosas. Game Story lo demuestra con numerosos ejemplos. Las correrías de Mario por su mundo de plataformas, buque insignia de Nintendo desde 1986, no serían más que una variación del Buster Keaton de Siete ocasiones, corriendo colina abajo mientras sorteaba obstáculos. Y juegos de aviación como Zaxxon, con el que Sega irrumpió en el mercado a principios de los ochenta, habrían adoptado la perspectiva isométrica de las estampas japonesas. 'Existe una historia del arte del video-juego pendiente de ser de-sarrollada. Hemos querido dar un primer paso en esa dirección', asegura Clais.

La muestra también repasa los altibajos del videojuego, sometido a las mismas leyes de mercado de toda industrial cultural. Por ejemplo, el primer crack de 1983, cuando la invasión de consolas Atari en los hogares de medio mundo se vio frenada por la sobreproducción de juegos de mala calidad y la irrupción del VHS. Sólo los mejores sobrevivieron a esa primera crisis, que acabaría dando lugar a la edad dorada de los 8 bits, los avances en desarrollo gráfico y el apogeo de Nintendo en la segunda mitad de los ochenta.

En la última sala, descubrimos un mercado segmentado, repleto de formatos y soportes diferentes, donde la tecnología punta convive con lo retro. Para navegar por el espectacular universo submarino de Child of Eden no es necesario utilizar el joystick: basta con un detector sensorial y la palma de la mano. A su lado, figura la nueva consola Atari Flashback, que permite revisitar los grandes hits de los setenta. 'La innovación no está reñida con la tradición', concluye el comisario.