Público
Público

"Me sorprende cómo podemos ser tan hijos de puta"

El cantante regresa en septiembre con su primer disco en cinco años y antes adelanta sus principales claves

Publicidad
Media: 0
Votos: 0

Entra malhumorado en el reservado del restaurante El Abuelo, a tiro de piedra de la Alameda sevillana, y entre palabras ariscas ordena que apaguen el aire acondicionado. 'No he dormido bien. Llevo con catarro todo el día y me encuentro mal', se justifica un desazonado José María López Sanfeliu, al que casi todos conocen como Kiko Veneno. Tres cuartos de hora más tarde, picoteando calamares con el gazpacho ya instalado entre pecho y espalda, el músico parlotea alegre sobre Miles Davis, el rey Juan Carlos, el nacionalismo, Ali Farka Touré, Jimi Hendrix, las papas aliñás... Lo que le echen. 'Aquí, en esta misma habitación, firmé mi contrato para el disco del Cantecito, con el que dejé mi trabajo en la Diputación de Sevilla y pude dedicarme a la música. En los sesenta, El Abuelo era un bar de estudiantes. Yo venía mucho, porque era muy barato. Lo llevaba un viejo que arrastraba los pies y que tardaba muchísimo en ponerte las cosas. Tú pedías lo que querías beber: cerveza, tinto, blanco o casera, nada más. Y las cosas de comer te las ponía él. Tú no podías decir nada. Era como cuando vas a casa de tu madre: te pone lo que hay. Si algún novato le pedía garbanzos, el hombre le traía otra cosa, para putearle', cuenta Veneno, que de postre pide melón.

Ahí está, sentado a la mesa de su restaurante preferido de Sevilla hoy regentado por su amiga Macu, olvidándose del catarro y de todo lo demás. Ha dejado aparcado el coche en el horno de la calle. Venía del rodaje de una nueva versión de La Venganza de Don Mendo, la primera producción del mítico José Frade en 11 años, para la que ha compuesto varias canciones. 'Frade no acepta subvenciones', dice enseguida, 'es un rebelde en ese aspecto. Y un rebelde es una persona a la que los pelos de aquí (y se toca la parte de atrás de la cabeza) se le ponen tiesos. No los del flequillo, que eso es apariencia, sino los de aquí, los de aquí'. Y casi se arranca un mechón canoso.

Venía a hablar de su nuevo trabajo, Dice la gente (Warner), que publicará el próximo 7 de septiembre tras un silencio discográfico de cinco años, pero ahora está contando algo de Los Payos: 'Fueron muy importantes, también en el extranjero. Yo me aficioné a la música por un programa que ponían en la tele, los sábados a la una del mediodía. Tenía unos 12 años y salían Los Cheyennes, Los Puntos, Los Bravos, Los Brincos, Los Salvajes, Lone Star... La música pintaba bien entonces. De hecho, el producto más genuinamente español y más internacional fue Peret, que fue algo trascendental en la música española y mundial. Para mí, Peret era como los Beatles'.

Lleva sobre sus hombros un montón de tradiciones musicales y carga sus discos con ellas. Empezó con el pop y el rock de los sesenta, en su año hippy en América descubrió el blues y el jazz, mamó flamenco, masticó rumba y en los ochenta tuvo su último flechazo: África. 'Soy músico, mi profesión es buscar campos sonoros, averiguar dónde conducen los sonidos, cómo se comunican. Las panderetas de las mujeres palentinas que ponen los domingos en Radio 3 se comunican con el blues de Mali de Ali Farka Touré. Eso es la música y ahí me siento cumplido, siento que soy capaz de distinguir. Una seguiriya de Camarón te desgarra, está hecha para eso. Y los Beatles transmiten alegría, ganas de vivir, despreocupación juvenil. Son hechos físicos'.

Dice la gente, el disco, nació en una verbena valenciana. Unos chavales estaban tirando petardos mientras el músico y su banda probaban sonido en el escenario de la plaza. No se sabe qué fue, pero una melodía comenzó a sonar continua, circular e incansable en la cabeza de Kiko. 'Se me quedó ahí metida. Le hice un soporte, una frase: Yo de siempre bebí agua del grifo'. Lo que es totalmente real, porque nosotros de jóvenes nunca bebimos agua mineral. Es una imagen de ti mismo que se proyecta y luego te vuelve, y tú puedes seguir utilizándola para crear sensaciones y música. Es una aparición, totalmente inconsciente. Y a mí se me devuelve como un desafío para hacer algo con ella'.

A Kiko la gente le dice muchas cosas. 'Una vez una chica muy guapa se acercó y me dijo que era un fraude', recuerda él, sin inmutarse. Pero sobre todo le repiten eso de que puede escribir una canción sobre cualquier cosa. Incluso le sugieren temas. 'El otro día me dieron una letra de un bogavante que se estaba riendo en un escaparate. Y a mí me produce halago que me atribuyan esa habilidad, pero yo no hago canciones sobre cualquier cosa, sino todo lo contrario, hay muy pocas cosas sobre las que hago canciones: sólo de las cosas que me llegan y me hablan', dice antes de confesar que 'las canciones las hago siempre igual, más o menos'.

Macu, la dueña de El Abuelo, anda por allí y a Kiko, que brinca en la silla, sólo le falta corear su nombre: 'Cómo estaban las papas, ¿eh, Macu? Las papas aliñás. Y no tienen nada: cebolla, perejil y ya está. Aparecen en un tema del disco, Andalucía'. Es su particular homenaje a una tierra que él considera 'lo más moderno que hay en España. Al mismo tiempo es lo más antiguo. Es moderna porque Picasso cogía elementos andaluces, también Lorca, Falla, Stravinsky, Le Corbusier, que estudió los cortijos andaluces. Tenemos una potencia cultural extraordinaria. Y eso es porque somos muy antiguos. La gente no entiendo esto porque vivimos en un momento muy tarao mentalmente. Lo más antiguo es lo que tiene porvenir. Andalucía, por ejemplo, es la única comunidad europea que tiene una música popular que está renovándose cada año'.

Hace unos años, Kiko Veneno fue de los primeros en enfrentarse a las compañías de discos y denunciar su voracidad comercial. Sin embargo, sigue refugiándose en ellas porque él, dice, no es un empresario. Sólo quiere estar pendiente de lo que sabe hacer, sus canciones, y lo que le importa, sus músicos. Las cuentas son para los otros, porque él necesita concentrarse en esa tensión que le produce la música y que necesita reconducir hacia algún lado en contacto con la gente. Según revela, 'yo soy una víctima más de las discográficas. He estado trabajando para ellos cuando me han requerido y ya está. Échate un cantecito vendió 50.000 copias, pero mi compañía de entonces, BMG, no se esforzó nada, ni un anuncio, ni un videoclip. Yo nunca gusté a la gente de las discográficas. Siempre he sido muy díscolo y me gusta hablar con claridad. El mundo de la música está lleno de gente imbécil, que no te aportan nada, con la que no vale la pena hablar. Yo soy mal actor y les ponía cara de asco. Cuando un gilipollas de una compañía de discos dice cosas absurdas, se me nota que me estoy sintiendo agredido'.

Campeones de la suerte, una de las canciones más contagiosas de su regreso, juega con temas recurrentes en la obra de Veneno, como la contradicción, la amistad o el deseo. 'No podemos dejar de creer', dice uno de sus versos. ¿En qué cree Kiko Veneno? 'En lo más evidente, en el sexo, en la potencia de la vida y de la muerte. Y después de eso, en la ambición, la crueldad, el vender a tu hermano para ganar dinero. Esa capacidad humana para hacernos daño y putearnos. Eso que hacían los traficantes de esclavos portugueses que llegaban a África: en lugar de capturar presos, buscaban un negro con cara de hijo de puta y con pocos escrúpulos, y le convencían para que trajera sus hermanos y a su primo. Y ese negro, por un poco de dinero, se los traía. Me sorprende cómo podemos ser tan hijos de puta'.

Le costó tanto vivir de la música que le cogió miedo (quizás fue solo demasiado respeto) a la palabra artista: 'Hasta que no le cogí la relación de artesanía, no dejó de darme miedo. Un artista es alguien que tiene su artesanía. Yo tengo mis procedimientos, voy dando vueltas a las canciones, las canto y a ti se te abre el corazón'. Como aquel latiguillo que se le ocurrió cuando vivía en Canarias en 1975, que tarareaba en las salas de espera de los aeropuertos y que terminó convirtiéndose en uno de los estribillos más populares de la música popular española. 'Volando voy, volando vengo', cantaba Kiko lo que meses después cantaría Camarón.

Este artista que tenía miedo a ser artista publicó en 1977 el disco que la crítica ha considerado el mejor álbum de la música española. Se trata del debut de Veneno, el grupo que compartió con los hermanos Raimundo y Rafael Amador. 'Le gustó nada más que a Mariscal, Barceló, Manrique y otras 20 personas más. Ni siquiera Raimundo y Rafael se dieron cuenta de la importancia que tenía. Había una parte que ellos entendían, porque éramos amigos y fumábamos juntos, pero otra parte no la cuadraban', recuerda Veneno, que por aquel entonces buscaba una nueva forma de cantar, 'basada en el no cantar muy bien'.

Aunque alguien le confunda con el flamenquito, el repertorio de Kiko Veneno aspira a bastante más que provocar un movimiento de pies rítmico y un suave contoneo de caderas. Por eso, en los conciertos tiene que pelear con el cachondeo. ¿Quién lo iba a decir? 'Me molesta que la gente hable en los conciertos. La música es una actividad cultural. Pero a la gente le gusta la canción y van y cantan. Si tú quieres cantar, te compras el disco y cantas en tu casa. Pero si vas a un concierto tienes que escuchar a los cantantes originales, escúchame a mí que no voy a cantar como en el disco, voy a cantar con mis matices y con mi rollo, improvisar mis letras. Ahora hasta se sacan fotos. Si es que hay veces que escucho hasta sus conversaciones', se queja.

Siempre insobornable en sus opiniones, afirma que a los políticos no se les puede culpar de todo y que el rey 'por supuesto que trabaja'. De él recibirá en otoño la Medalla de Oro de Bellas Artes. 'Por encima de las opiniones políticas, sé que es una persona campechana, divertida y entrañable. Hablaré con él con gusto'. Y se termina el melón.