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Una oda a la desmemoria

Escrito a cuatro manos por Yago Ferreiro y Gabriel Quindós, 'No me acuerdo' es una antología de olvidos que indaga en esas zonas de sombra personales y rescata, de paso, algunas encomiables migajas de ese agujero negro que es el pasado.

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'No me acuerdo'

“Tenía tan mala memoria que se olvidó de que tenía mala memoria y se acordó de todo”, sirva esta greguería de Ramón Gómez de la Serna para cercar el artilugio que nos ocupa. Escrito a cuatro manos por el barcelonés Yago Ferreiro (1982) y el leonés Gabriel Quindós (1965), No me acuerdo (Ed. Mr. Griffin) es un inventario de olvidos que por descarte —como casi todo lo bueno— terminan por perfilar dos pasados y dos formas de mirarlo.

“Solo lo olvidado es sólido, veraz, permanente”

Si la imaginación no deja de ser un fraude más o menos bonito o inspirador, si la memoria falla más que una escopeta de feria, el procedimiento aquí es acotar esas zonas de sombra personales, aquello que uno no recuerda ya sea por algún déficit neuronal, o por la simple voluntad de mirar hacia otro lado cuando la cosa se tuerce. “Solo lo olvidado es sólido, veraz, permanente”, escriben los autores en el prólogo.

Y bien mirado no les falta razón, en un tiempo de falsas certezas y culto a la melancolía, la posibilidad de reivindicar la desmemoria se torna más necesaria que nunca. Una herramienta, la del “no me acuerdo”, que da pie a bajezas diversas y nos provee de un sugerente ejercicio de voyeurismo literario. “He olvidado cuántas mujeres cometieron el error de irse con otro, innumerables fueron, y recibieron por castigo la insipidez de ser más felices de lo que lo hubieran sido conmigo”, supura Quindós. “No me acuerdo de lo que había detrás de la máscara, ni de si me será posible recuperarlo”, busca Ferreiro.

Decía Raymond Queneau, a propósito de la literatura potencial, que los escritores que siguen sus dictados son como “ratas que construyen el laberinto del cual se proponen salir”. Un laberinto hecho de olvidos que remite y homenajea dos míticos Me acuerdo, el pergeñado por Joe Brainard en 1970, y el que Georges Perec revisitó ocho años después. Intentos —encomiables todos ellos— de rescatar algo, por pequeño que sea, de ese agujero negro que es el pasado.