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El último pronunciamiento

El escritor José María Merino analiza la película y los hechos reales del 23-F

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El 23 de febrero de 1981, cuando empezó a circular la noticia del tejerazo, yo me encontraba escribiendo alguno de mis 'cuentos del reino secreto', como he recordado en un prólogo. Me sacó de mi labor una llamada de mi hermano Roberto, que en aquel tiempo era concejal por la izquierda en León, y que estaba seguro de que, si el golpe salía adelante, y a juzgar por el estilo brutal de sus ejecutores, que la televisión había permitido vislumbrar, iba a haber una fuerte represión.

Para los que lo vivimos conscientes de lo que aquello significaba, la noche de aquel día estuvo llena de una zozobra que ni siquiera la intervención del rey logró despejar del todo. Acabo de ver la película que sobre el asunto ha realizado Chema de la Peña, y creo que es muy acertada, tanto en lo que toca a la puesta en escena como a la interpretación de todos los actores que representan a los personajes auténticos de Armada a Tejero, del rey a Sabino Fernández Campo, de Santiago Carrillo, Milans del Bosch y Adolfo Suárez, al último de los que intervinieron directamente en el drama.

Para los que vivimos aquello, esa noche estuvo llena de zozobra

También me parece plausible la estructuración dramática que se hace de la ficción histórica, que nos presenta, desde una mirada muy objetiva, unos tejemanejes y un fracaso que tienen mucho de esperpéntico. Es una reconstrucción verosímil, al menos en los aspectos más visibles, más epidérmicos, del suceso. Y acaso no se pueda ir más allá que ofrecer esta especie de digno documental.

Sin embargo, en el arranque se ofrece una serie de fragmentos documentales, montados velozmente, sobre los sucesos que antecedieron al intento de golpe Franco muerto, supuestos etarras disparando, escenas relacionadas con los asesinatos de aquella salvajada que se llamó 'matanza de Atocha' que para un joven espectador pueden resultar ininteligibles. Yo los hubiera sustituido por imágenes, que las hay numerosas, de esa tradición golpista española que ensangrentó nuestro siglo XIX a través de las sucesivas guerras carlistas, y que terminó con la Guerra Civil, el mayor baño de sangre de nuestra historia.

El filme hace posible reflexionar sobre el sentido de nuestro sistema

A pesar de todo, me parece conveniente recrear aquel momento mediante una ficción cinematográfica destinada al gran público, porque ofrece un aspecto de un tiempo, no muy lejano, capaz de hacer reflexionar a los espectadores sobre la realidad actual y sobre el sentido de este sistema, frágil y lleno de problemas, pero imprescindible para que existan las libertades, que llamamos democracia. Quienes vivimos el tejerazo formaríamos parte luego de las manifestaciones más numerosas que han ocupado la calle en nuestro país, y la contemplación del asalto al Congreso de los Diputados nos sirvió de curiosa vacuna para apreciar la joven democracia que estábamos empezando a vivir, y para valorar el esfuerzo de quienes acordaron y llevaron a cabo aquella transición política que ahora hay quien parece despreciar.

Estaba todavía muy cerca el recuerdo de Franco, y el país vivía las contradicciones políticas de un régimen que era todavía vulnerable. Pero estoy seguro de que, felizmente, el 23-F fue el último pronunciamiento de nuestra historia, tan abundante en ellos. Vivimos tiempos de crisis, con millones de parados, con perspectivas que no parecen demasiado esperanzadoras a corto plazo, con políticos rabiosamente enfrentados, dando un deplorable ejemplo de insolidaridad a los ciudadanos, con un Gobierno errático, agobiado por las circunstancias, con una oposición sin ideas, solo empeñada en el feroz acoso a sus oponentes políticos.

El recuerdo del 23-F parece hablarnos de algo ya muy lejano

Al entrar al pase de la película, una nutrida cola, casi un centenar de supuestos necesitados, esperaba el desayuno a la puerta de un cercano comedor de beneficencia. Y, sin embargo, el recuerdo del 23-F, a través de la cuidadosa reconstrucción cinematográfica, parece hablarnos de algo ya muy lejano, de una cultura de la violencia pública armada, que, por fortuna, creo que ha desaparecido ya de España. Ahora solo falta que desaparezca la violencia verbal.