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Valentín Roma: "La risa es nuestro único patrimonio como proletarios"

El escritor y comisario de arte catalán publica 'El enfermero de Lenin', una novela de amor filial, desarraigo y lucha de clases  

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El escritor Valentín Roma.- FRANCESC MELCION

Una escultura del rey emérito siendo sodomizado por la líder boliviana Domitila Barrios supuso el despido fulminante de Valentín Roma (Ripollet, 1970) como conservador jefe del MACBA. Ocurrió en marzo de 2015 y coincidió en el tiempo con el ingreso hospitalario de su padre. Fue así como Roma terminó por convertirse en el enfermero de Lenin.

Pasillos interminables, camillas y ese aroma aséptico propio de las clínicas alumbraron un bosquejo de novela que no dejó de crecer a lo pies de una cama, junto al doliente. “Mi padre enloqueció durante veintiún días tras una operación rutinaria cuyas complicaciones siguen siendo, aún hoy, inexplicables. A lo largo de aquellas tres semanas aseguraba ser Lenin y pedía que lo trataran como tal, llegando a exigir que su informe clínico y las medicinas que le eran suministradas llevasen escrito el nombre de Vladímir Ilich Uliánov”, narra Roma a modo de preámbulo de lo que se viene.

"Se habla de política desde una cierta sofisticación, se ha quitado de en medio la variable clase social"

Y lo que se viene es una fábula “moral, estética y política”, previene el autor. El relato de un desclasado que se da de bruces con lo que es, con lo que nunca dejó de ser, a través del delirio paterno. Dos mundos que se tocan; el del joven profesor universitario y el de un padre obrero e hijo y nieto de labradores que emigró al cinturón industrial de Catalunya con La Mancha en la retina. El eco austero de una tinaja frente al incesante reverbero de la urbe. “Quería reflejar los anhelos de una generación determinada que veníamos de unos ámbitos rurales y que estamos en un permanente estado de no-lugar, es ahí donde establezco una especie de recapitulación sobre qué significan los afectos”.

Cepas, desarraigo y lucha de clases

El enfermero de Lenin (Periférica) rezuma orgullo de clase. Más allá de eslóganes vacuos o de constructos intelectualoides, aquí la política está en cada resuello del enfermo, en esa pugna cotidiana con lo que significa pertenecer. “La lucha de clases no es algo que se haga en los despachos, hay una práctica de la disidencia que pervive más allá de Toni Negri, más allá de Podemos, más allá del municipalismo y de Barcelona en Comú, tiene que ver con una forma de discrepancia violenta y profundamente económica”, apunta Roma. Una suerte de empecinamiento que antecede a la conciencia ideológica y que el autor entiende inherente a la clase social. “En el libro no quería traicionar esa gramática de la disidencia porque es algo que sobrepasa las etiquetas y las banderas”.

“La lucha de clases no es algo que se haga en los despachos"

Y así, a través del desvarío pasajero de un padre senil, el autor consigue desacralizar una forma de entender la política puramente intelectual sin caer en la épica ideológica de un tiempo que ya no es. “Percibo que se habla mucho de política desde una cierta sofisticación, una forma de teorización que se ha quitado de en medio la variable clase social, la brutalidad, da la sensación de que a veces la ideología se vive como una especie de artículo divulgativo sobre qué quiere decir la política”.

Los continuos dislates de un padre achacoso unidos a la torpeza del vástago sumido en soliloquios frenéticos confieren a este libro momentos descacharrantes. Es entonces, frente a la muerte y la locura, cuando el acto de reír se torna indispensable y, en cierta forma también, revolucionario. “La risa es nuestro único patrimonio como proletarios, la risa nos pertenece. Para mí tiene un valor político, la hemos utilizado siempre, como una forma de evasión pero también de conciencia, la risa es un signo de clase”.