Publicado: 17.07.2014 20:00 |Actualizado: 17.07.2014 20:00

Gaza: niños muertos, niños heridos

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No es uno de los hospitales punteros en el mundo, pero Al Shifa, situado a pocos metros de la costa, es el mayor centro médico de la Franja de Gaza, su hospital de referencia, a pesar de que estos días está desbordado con una buena parte de los más de 1.700 heridos que han causado los bombardeos israelíes desde el pasado 8 de julio.

Cerca de Al Shifa hay varias casas destruidas. La misma vivienda del director del hospital, Nasser Tatar, es un montón de escombros desde hace tres días, y mucha gente se pregunta qué sentido tiene tanta destrucción indiscriminada, o los bombardeos de las casas de los milicianos a sabiendas de que ellos no están allí y que son sus familias las que sufren esta modalidad de castigo colectivo.

Tagrib:"No hacemos nada malo a nadie pero Israel no nos deja vivir"

Jamís Bakr tiene 45 años y se pasea de un lado a otro en la habitación de la cuarta planta del Al Shifa donde está ingresado su hijo Hamada, de 10 años. Sentada en una silla junto a la cama está la madre, la esposa de Jamís, Tagrib, de 35 años. Y junto a ella otro de sus hijos, de 6 años, que come con atención una rodaja de sandía, porque los pequeños y los necesitados pueden comer durante el día en ramadán.

Hamada y su hermano han sobrevivido al ataque del miércoles, cuando dos proyectiles abatieron a cuatro de sus primos. Los seis estaban jugando en una playa de la ciudad de Gaza. Jamís es pescador y estaba con sus hijos y sus sobrinos pasando el día puesto que la situación de guerra impide que los pescadores salgan a faenar.

Los palestinos hablan de una nueva masacre. Israel dice que ha abierto una "investigación" para explicar cómo ocurrió el "error", o para determinar si había milicianos disparando en la playa en ese momento. Jamís insiste en que no había milicianos y en que los niños jugaban al escondite junto a un contenedor y eran perfectamente visibles desde el aire y desde el mar.

Hamada está en la cama, con los ojos abiertos y con el tobillo vendado. Todavía está muy asustado. No quiere ser pescador de mayor, como su padre. Le gustaría ser policía para velar por la justicia, comenta sin sonreír y mirando a su madre, quien explica que hay días que su marido vuelve a casa con apenas 20 shekels (4 euros) o incluso con menos o nada. Es todo lo que les da el mar.

"Claro que queremos la paz. Queremos vivir en paz con todos. No hacemos nada malo a nadie pero Israel no nos deja vivir. Me gustaría que les hicieran a ellos lo que ellos nos hacen a nosotros, lo que nos hacen cada día. ¿Acaso es posible vivir así?", pregunta Tagrib mirando a los ojos a su interlocutor.

Jamís sigue paseando de un lado a otro, yendo hasta la ventana, que está abierta. Sus movimientos recuerdan a los de un león enjaulado. Se asoma afuera, tal vez para respirar la brisa que llega del mar porque no hay aire acondicionado en la habitación y hace mucho calor. Mira a su mujer, mira a su hijo, y seguramente debe sentirse feliz porque sus dos pequeños estén con vida. Ha sido un milagro.

"Por supuesto que quiero una hudna ala tul, una tregua indefinida, una tregua en la que nos abran el mar, en la que nos abran el puerto para siempre y no solo por un día", dice Jamís, que, como todos sus colegas de Gaza, solo puede salir con su barca a menos de tres kilómetros de la costa, donde la pesca está esquilmada, donde no hay bancos de peces, sin sobrepasar nunca esa línea invisible que día y noche vigilan los buques de guerra israelíes.

"Si son tan valientes ¿por qué no atacan a los milicianos?, ¿por qué nos atacan a los civiles?, ¿por qué atacan a los niños?, ¿por qué no luchan contra los héroes de la resistencia?", dice Tagrib, que es más locuaz que su marido. "¿Cómo vamos a vivir si no nos dejan electricidad, si ni siquiera nos dejan agua? Nos matan con misiles y nadie dice nada".

De los más de 230 palestinos que han muerto en los últimos diez días, el 80% son civiles. El número de niños muertos ronda ya el medio centenar, una cifra abultada que resulta muy difícil de explicar, y sobre la que arroja más sombras el incidente del miércoles en la playa de Gaza.

"La gente está realmente enferma, y nadie quiere ser una víctima sumisa", afirma Surani

"La gente está realmente enferma, cansada, exhausta, y nadie quiere ser una víctima sumisa porque piensan que ya no tienen nada más que perder... Los civiles están en el ojo del huracán. Estamos hablando de una de las aviaciones más sofisticadas del planeta, de F-16 y drones, y de un ejército con una cadena de mandos. No se disparan los cohetes al albur; las bombas se disparan para matar y no para divertirse", ha dicho el abogado Rayi Surani, fundador del Centro Palestino por los Derechos Humanos.

Jamís no siente mucha simpatía por Hamás. "Admiro la lucha de la resistencia, sí, pero hay cosas de Hamás que no me gustan", puntualiza. "Claro que pienso, como muchos, que la resistencia es el alma del pueblo palestino, puesto que no nos queda otra alternativa, pero hay cosas de Hamás que no me gustan", insiste.

Cerca del hospital Al Shifa, a las puertas de una oficina bancaria, decenas de hombres guardan una cola rigurosa para preguntar por sus pagas. Los 40.000 funcionarios de Hamás llevan sin cobrar sus salarios desde mayo, cuando se anunció la reconciliación con Fatah. Entre quienes esperan circulan toda clase de rumores, unos que pronostican que pronto les pagarán y otros que dicen que nunca les pagarán.

Pese a la pobreza galopante que afecta a la mayor parte de la población de Gaza, 1,7 millones de personas, durante la tregua de hoy mucha gente ha salido a la calle. Los comercios han abierto y la gente se ha apresurado a comprar víveres porque nadie sabe lo que ocurrirá mañana, ni cuándo volverán a abrir las tiendas.