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Trump, el Brexit y las protestas marcan una cumbre mundial cargada de tensión

El poder político mundial chequea sus tensiones y temores en una cumbre en la que el aislacionismo de Trump y su tendencia al estrés institucional convivirán con la manifiesta incapacidad del grupo para resolver los retos que lleva una década planteándose

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Trump y Merkel ya protagonizaron un estruendoso diálogo de sordos en la cumbre del G-7 de mayo.

El poder mundial chequea la resistencia de sus costuras este fin de semana en Hamburgo, donde, entre multitudinarias protestas contra los tratados internacionales de comercio y los recortes de libertades, los presidentes de los estados teóricamente más poderosos y/o económicamente potentes del planeta celebran la decimosegunda cumbre del G-20.

El foro, que reúne a los dirigentes de los países del G-7, la UE y otros doce estados entre los que destacan los BRIC (Brasil, Rusia, India y China, 28 billones de dólares de PIB), México, Indonesia y Turquía, se reúne de nuevo tras nueve convulsos meses (“turbulentos”, en palabras de Donald Tusk, presidente del Consejo de Europa) que han puesto sobre la mesa la fragilidad de sus equilibrios.

Las cosas han cambiado mucho desde que el G-20 se reuniera a primeros de septiembre del año pasado en la ciudad China de Hangzou. En cuanto al reparto, se estrenan un aislacionista Donald Trump que colecciona focos de tensión política y económica, un Emmanuel Macron que encadena dimisiones de ministros mientras siente en la nuca el aliento electoral de la antieuropeista Marine Lepen, presidentes bajo sospecha como el brasileño Michel Temer, una Theresa May con tendencia a apuntar hacia su zapato y una UE que, políticamente convulsionada por el Brexit, no acaba de saber qué será dentro de unos años, cuando decrezca.

Refugiados, África, elusión fiscal

En lo que se refiere al guión, siguen sobre la mesa buena parte de los asuntos que centran sus cumbres desde su inicio en 2008, aunque con mayores tensiones en unos ámbitos, como ocurre con las políticas de cambio climático tras el abandono del Acuerdo de París por EEUU y con las políticas comerciales tras el cambio de posición de EEUU con el TTIP, y con manifiestas muestras de incapacidad para resolver otros como la crisis de los refugiados y los migrantes, el desarrollo del continente africano (Guinea y Senegal, por la Unión Africana y la Nueva Asociación para el Desarrollo de África, reforzarán la solitaria presencia de Sudáfrica en el grupo), la llamada lucha contra el terrorismo internacional (con Arabia Saudí en la mesa), las políticas contra la elusión fiscal o el diseño, casi una década después de que la crisis de las hipotecas basura hiciera tambalear la economía planetaria, de un sistema monetario y financiero resiliente.

Objetivos, tareas pendientes y misiones imposibles se entremezclan y confunden en el G-20, cuyas cumbres, como las del G-7 y otros foros similares, no suelen dar lugar a acuerdos prácticos y efectivos aunque en ocasiones sí generan declaraciones de intenciones.

En esta ocasión, sin embargo, el foco de atención va a estar en si el propio grupo se resiste a sí mismo en su primera edición con un Trump que hace bandera del aislacionismo económico y comercial mientras colecciona encontronazos con países como China, Alemania y México (aliados comerciales de EEUU hasta hace unos meses), mientras asuntos como la guerra de Siria y las presuntas ciberinjerencias electorales de Rusia tensan las relaciones de este último país con otros miembros del foro.

“Forjar un mundo interconectado”, es el paradójico lema elegido por la presidencia alemana para la cumbre que Europa considera “ideal” para tratar medidas contra el tráfico de seres humanos a través del Mediterráneo, aunque Tusk, que aboga por que una UE en crisis hable “como una sola voz” en Hamburgo, admite que medidas como crear una lista internacional de traficantes requiere el acuerdo previo de los miembros del Consejo de Seguridad de la ONU. Aunque la forma pretenda proclamarlo, nadie sostiene en el fondo la ilusión de una reunión de iguales.

La UE aparenta unidad

Naciones Unidas es uno de los principales invitados de la cumbre, a la que también asisten representaciones del Banco Mundial, la Organización Mundial del Comercio, el FMI, la OIT, la OCDE y, por vez primera, la Organización Mundial de la Salud (OMS). España es el único Estado invitado permanente, mientras que en esta edición también estarán presentes Noruega, Holanda, Singapur y Vietnam.

La UE, el único sujeto colectivo con plaza estable en el G-20, comparece, tras el estruendoso diálogo de sordos de la cumbre del G-7 de mayo, en pleno tratamiento de autoestima tras el Brexit, el resultado de la primera ronda de las presidenciales francesas y de las legislativas holandesas y la deriva autoritaria de algunos socios como Polonia. “Una Unión fuerte y decidida es el mejor modo de promover nuestros valores e intereses, apoyar un sistema a base de reglas multilateral, y en última instancia (sic) proteger y defender a ciudadanos”, señalan Tusk y el presidente de la Comisión, Jean Claude Juncker, en una carta a los presidentes y jefes de Estado, en la que admiten cómo “muchos ciudadanos en Europa y en otros lugares todavía se sienten olvidados por la recuperación económica y son aprensivos con la globalización”.

La delegación europea se muestra ahora, vistos sus efectos intensificadores de la desigualdad, partidaria de abandonar las políticas austericidas para regresar al keynesianismo. “Trasladaremos una postura común para mejorar la eficacia y la composición de los fondos públicos para que lleven al crecimiento y la equidad”, señalan Juncker y Tusk, que consideran “necesaria” una “atención particular” a la inversión en infraestructuras y la eficacia de los sistemas de seguridad social.

Puntos de desencuentro entre EEUU y Europa

No parece que ese vaya a ser el único punto de desacuerdo entre la UE y EEUU, quizás menos distantes en materias como la aplicación de medidas de censura en internet con la excusa de atacar las vías de propaganda del terrorismo islamista. La lista de desencuentros incluirá, a priori, materias como la actuación ante el cambio climático (el acuerdo de París “no es renegociable” para Bruselas), la creación de una lista de paraísos fiscales y la aplicación de sanciones si no se adecúan a los estándares de transparencia financiera, la financiación de la lucha contra el terrorismo o el diseño de un nuevo sistema financiero internacional con el FMI como eje.

La crisis de los refugiados será otro de los ejes de las sesiones del G-20, en el que la delegación de la UE señalará el desplazamiento forzado y la migración irregular como “los principales desafíos globales”, aunque sin abandonar su política de externalización de fronteras en países como Turquía y Marruecos sino, más bien al contrario, abogando por reforzarla y por fomentar la “vuelta rápida “ de los migrantes a sus territorios de origen al mismo tiempo que su integración en los mercados de trabajo europeos.

Europa pretende combinar esa política de impermeabilización de sus fronteras con otra de desarrollo económico en África para, movilizando 44.000 millones de euros públicos y privados hasta 2020 en inversiones tuteladas, “contribuir al abordaje en origen de las causas de la migración irregular y la radicalización” en países como Costa de Marfil, Etiopía, Ghana, Marruecos, Ruanda, Senegal y Túnez.