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Trump Cien días de un Trump contradictorio en Oriente Próximo

La situación en la región no ha experimentado una mejoría. El presidente norteamericano defendió durante la campaña que sería presidente de Estados Unidos y no del mundo, pero la realidad exige una intervención inteligente de Estados Unidos para resolver algunos de los múltiples conflictos regionales

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Trump, en un acto en Washington el pasado miércoles. REUTERS/Kevin Lamarque

Cien días después del juramento presidencial, Donald Trump no ha definido con claridad su política con respecto a Oriente Próximo, ni en Irán ni en Siria ni en Yemen. Es más, algunas decisiones que han adoptado la Casa Blanca, el Departamento de Estado y el Pentágono son contradictorias entre sí.

En relación con Teherán, Washington condenó la semana pasada sus "provocaciones continuadas y alarmantes", en boca del secretario de Estado, Rex Tillerson, para quien los iraníes no solamente deben cumplir las cláusulas previstas en el acuerdo nuclear de 2015, sino que también deben evitar socavar los intereses de Estados Unidos en la región. Un día antes de las declaraciones de Tillerson, el secretario de Defensa, James Mattis, de visita en Arabia Saudí, manifestó que Teherán es "una fuerza de desestabilización en la región". Sin embargo, la implicación de los iraníes en algunos conflictos provoca en realidad un aumento del suculento negocio de ventas de armas norteamericanas, británicas y francesas a los países suníes, con Arabia Saudí a la cabeza.

La venta de armas a Oriente Próximo es ciertamente un negocio pujante. En las últimas semanas, organizaciones de derechos humanos británicas han expresado su consternación porque armas británicas se están usando en la guerra civil yemení y han pedido al gobierno de Theresa May que cesen esas ventas, algo que con toda seguridad no va a ocurrir.

En estos cien días, el presidente Trump ha ordenado a la administración que "revise" a fondo la política de sanciones con respecto a Irán con el fin de endurecerla. Algunas fuentes han indicado que, en los últimos días, desde Teherán se ha pedido a la Casa Blanca que suavice las críticas hasta después de la celebración de las elecciones presidenciales iraníes, convocadas para el 19 de mayo.

Pero al mismo tiempo, el líder supremo Jamenei ha advertido de que Irán replicará si Estados Unidos incumple el acuerdo firmado con Barack Obama en 2015 y que constriñe el programa nuclear a cambio del levantamiento de las sanciones. Durante la campaña, Trump manifestó que se trata del "peor acuerdo que jamás se haya negociado". Justamente, el tema de las sanciones volverá a estar sobre la mesa dentro de sólo unos días, y una revisión de esta cuestión puede deteriorar el contexto regional desde Afganistán hasta Siria pasando por Yemen e Irak, algo que sin duda beneficiará a países como Arabia Saudí o Israel, que están interesados en un enfrentamiento directo entre Estados Unidos e Irán.

Trump recibe en su mansión de Florida información sobre el bombardeo en Siria.

Mientras esto ocurre con Irán, los americanos continúan sin definir su política con respecto a Siria. Es cierto que han bombardeado una base aérea cercana a la ciudad de Homs, en respuesta a un supuesto ataque con gas sarín en la provincia de Idlib, pero todo indica que Trump da prioridad a la eliminación del Estado Islámico para sólo después enfrentarse al presidente Bashar al Asad. Desde luego, nadie debería pensar que acabar con el Estado Islámico significa derrotarlo en las ciudades de Mosul o Raqqa, ya que muy posiblemente las secuelas del yihadismo seguirán vivas durante mucho tiempo en Oriente Próximo y Occidente. Una vez se ha abierto la caja de Pandora, cerrarla no será fácil.

De la misma manera, es difícil imaginar un futuro de rosas para Siria incluso si Trump decide librarse de Asad para siempre. Sería muy ingenuo pensar que la oposición liberal a Asad es numerosa y capaz de establecer un régimen democrático en el país, aún más si se tiene en cuenta la tragedia que está atravesando Irak desde 2003 por la misma razón.

Volviendo a Arabia Saudí, esta semana se ha sabido que Riad ha firmado un contrato con la compañía de relaciones públicas británica Burson-Marsteller, un gigante mundial, con el fin de mejorar la imagen del reino saudí en Occidente. Esta compañía, que ya trabajó para la dictadura argentina en los setenta y ochenta, se encargará de mostrar al mundo una Arabia Saudí simpática que combate contra "terroristas" por la libertad en Yemen. Esa misma firma británica ya trabajó para los saudíes tras los atentados del 11-S de 2001 con el fin de blanquear la imagen del país después de que se tuviera noticia de que nada menos que 15 saudíes participaron en aquellos atentados. Estos días, algunos han observado que los británicos venden las armas a los saudíes y al mismo tiempo se dedican a lavar su imagen.

El contexto de la región no puede ser más complejo y adverso, incluso en países como Afganistán o Pakistán, y una vez que han transcurrido los primeros cien días de Trump en la Casa Blanca no se vislumbra una mejora a corto plazo. De hecho, no es posible saber si al mundo le conviene que Trump se implique más en la región o no. Durante la campaña electoral, Trump dijo que los americanos lo elegirían para ser presidente de Estados Unidos y no del mundo, pero ahora ve que ser presidente de Estados Unidos trae consigo responsabilidades más allá de las fronteras de Estados Unidos, y que ver las cosas en blanco y negro no responde a la realidad multicolor del mundo.