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Las fantasías de un proyeccionista

Un libro ilustrado reune los mejores carteles diseñados por el grafista Rafael Sánchez, encargado de proyectar las películas en el Duque de Alba, una de las últimas salas de cine X que quedan en España

SARA BRITO

San Eroticón da la bienvenida al cine: un maniquí al que si se le toca la entrepierna, se le enciende el corazón. "Estas chicas son un poco gritonas", bromea Rafael Sánchez sobre los ostentosos gemidos que salen de la sala. Tan ostentosos que decide cortar por lo sano: entra en el pequeño cuarto de proyecciones digital, contiguo a su despacho, y baja el volumen de los chillidos de placer.

"En agosto vienen pocos feligreses", dice socarrón. Son las 22.30 de la noche de un viernes de agosto y no quedan más de dos o tres personas en la vieja sala art decó del cine Duque de Alba de Madrid, un edificio fundado por Eduardo Ortega y Gasset, abuelo del filósofo, que antes fue sede del periódico El Imparcial, fundado en 1867. Esta semana, en sesión continua desde las 10.30 de la mañana, Sánchez proyecta Mi chica quiere que lo hagamos con ella y Princesas latinas. Cine X, sobra decir.

A golpe de rotulador

Encima de la mesa del despacho de Rafael Sánchez hay un ejemplar de Cartelex y Posterx (Ediciones Blur, 2009), un pequeño libro ilustrado que reúne 25 carteles de entre los miles que el proyeccionista lleva diseñando a mano desde mediados de los años noventa. A un ritmo de dos carteles por semana. A golpe de rotuladores y marcadores fluorescentes y armado de una regla y dos cartulinas DIN-A2 que une por detrás con celo profesional.

A la entrada del pasillo largo y desgastado que conduce al interior del cine, cuelgan desde hace más de quince años varios de esos posters hechos a mano, de estética naif, grafismo dispar y colorista. A veces los adorna con espirales, lazos, bolas de navidad si la época lo requiere, y en ocasiones con motivos figurativos simples y arquetípicos, que van de un perfil de mujer, a una casa de campo rodeada de pinos, como el de la película española El chalet, una historia íntima (Isi Lucas, 2004). Siempre piezas únicas, más sutiles que explícitas, hechas sin boceto previo en no más de dos horas.

"Creo que un cine sin carteles no es nada. La cosa es no enseñar y quitar la leyenda de que el cine porno es sucio y turbio. Un cartel es lo más parecido a un escaparate. Tiene que llamar la atención, que quien pase se detenga un segundo. Si hay alguno que lo ve y entra, bien, o si simplemente pasa y se sonríe, eso ya me vale". Eso sí, remata, "los habituales ni se fijan", explica.

En el cine Duque de Alba, situado en pleno Rastro madrileño, la gente entra y sale. "Hemos intentado conservar la esencia de un cine de barrio", dice Rafael. Es decir, un cine de los de sesión continua, donde no importa tanto la película, que también, sino el acto social de ver una película junto a un grupo de desconocidos. "Los clientes se relacionan, hablamos con ellos, se sienten como en su casa e incluso mejor, porque aquí viene mucha gente que está sola. Esto como un club social". Lo que pasa de puertas adentro de la sala ni lo ve, ni le importa.

Memorias de un superviviente

No sabemos si sus afiches, que cada tanto alguien le pide o él tira, tendrán un capítulo reservado en sus memorias, cuyo título podría ser, como él mismo cuenta, Aventuras y desventuras de un cine de sesión continua o De Casablanca a Gomorra, el camino que lleva de la S a la X. De quien seguro hablará es de Alfredo, el proyeccionista italiano que protagonizaba Cinema Paradiso, de Giuseppe Tornatore, y al que nuestro hombre profesa un amor casi religioso.

Rafael Sánchez es operador de cinematógrafo. Lo explica con orgullo y nostalgia, por mucho que su oficio de artesano del 35 milímetros haya quedado reducido a estas alturas a apretar el botón de Play en un reproductor digital. Desde hace más de 40 años, su vida está unida a los cines de barrio.

Empezó de ayudante de proyeccionista en el cine Quevedo con 17 años. Después vino el cine Cristal, el Condado, el Chamartín, el PalafoxCasi todos han cerrado. Hasta llegar al Duque de Alba, donde lleva no menos de 30 años. Siempre en régimen de sesión continua, que para él es "la esencia del cine".

Cuando el 10 de marzo de 1986, Rafael proyectó la primera película porno no se le saltaron los colores. El cine de calificación S llevaba ya años enseñando bastante más que los tobillos y para él, lo único discutible de una película X, es que se sabe desde el principio quién es el malo. "Las salas X se pusieron de moda, fue una explosión, un orgasmo a lo grande", dice riéndose. En el Duque de Alba, Garganta profunda (Gerard Damiano, 1972), quizás la película más emblemática de la tórrida historia del cine porno, protagonizó una taquillazo histórico.

Pero, por mucho que el mercado del vídeo, del DVD y luego de Internet, apuntalara el cierre de muchas de las salas de cine X (en España quedan ocho), el negocio, aunque no boyante, se mantiene. "No tenemos menos de 200 clientes al día", apunta Sánchez. Como una funeraria, el Alba, de 10.30 a 11 de la noche, siempre está abierto.

"La gente también tiene que divertirse. Tiene que haber de todo", dice prosaico. Al fin y al cabo, "nosotros también somos un pequeño eslabón de la fábrica de sueños", zanja.

 

 

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