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El agua más esperada

La sonda ‘Phoenix’ se acerca al ecuador de su misión con averías y sin probar aún el hielo marciano

JAVIER YANES

Cuando el agua parecía ya al alcance de la mano, sigue escurriéndose entre los dedos. Próxima a llegar a la mitad de su vida útil prevista (90 días locales, unos 92 terrestres), la sonda Phoenix, que aterrizó el 25 de mayo en Marte, ha proporcionado a los científicos multitud de datos valiosos sobre la geología marciana. Pero el resultado más deseado, el análisis que confirme la presencia de hielo, aún se resiste. Para empeorar el pronóstico, el aparato está experimentando dificultades técnicas que podrían truncar una fase de la misión.

Uno de los instrumentos de la nave es el analizador térmico de gases (TEGA), compuesto por ocho estufas de un sólo uso que deben calcinar material del suelo para determinar su composición. Al tratar de llenar una de ellas, la número cuatro, el suelo de Marte se reveló demasiado grumoso para encajar en la minúscula abertura de la estufa. Los científicos pusieron el material a vibrar durante varios días para disgregarlo.

Aunque finalmente obtuvieron las finas partículas que necesitaban, fue a costa de un doble perjuicio. Primero, la prolongada exposición del material eliminó cualquier resto de hielo. Aún peor, la vibración causó un cortocircuito en la estufa cuatro.

Dado que, según los responsables, cualquier vibración en otra de las estufas agitará también la averiada, es posible que el cortocircuito se repita y anule la posibilidad de seguir utilizando el TEGA. El investigador principal de la misión, Peter Smith, de la Universidad de Arizona, explicó: “Estamos adoptando el enfoque más prudente y trataremos la siguiente muestra como si fuera la última”. Smith precisó que en días anteriores han planeado concienzudamente el nuevo experimento, reproduciendo las condiciones marcianas en el laboratorio para garantizar que no habrá errores y que el hielo se volcará a la nueva estufa, la número cero, antes de sublimarse (evaporarse). Para cubrirse las espaldas, Smith aseguró que emplearán una muestra rica en hielo.

La presencia de agua en Marte ha sido una sospecha constante para los astrónomos desde hace cientos de años, ratificada, desde comienzos del siglo XX, por las observaciones más precisas de los polos helados y de las huellas de erosión fluvial. Siempre eran indicios parciales que, entre otras dificultades, apenas lograban dirimir si el compuesto congelado en los casquetes blancos era agua o dióxido de carbono (el llamado hielo seco).

En la última década, las imágenes capturadas por las sondas orbitales, como Mars Global Surveyor, Mars Odyssey y la europea Mars Express, han ido añadiendo pruebas y cerrando el cerco en torno al agua marciana. Pero aunque hoy pocos dudan de su existencia –se ha llegado a decir que hay suficiente agua para cubrir todo el planeta bajo una capa de 11 metros–, aún no ha sido posible su análisis.

La Phoenix reposa sobre permafrost –tierra mezclada con hielo– en una región cercana al ártico. Al excavar el suelo para cargar muestras en los instrumentos, la pala descubrió parches y terrones de material brillante que los científicos identificaron como agua o sal. Para distinguir entre ambas posibilidades, tomaron otra foto del mismo lugar cuatro días después. Los terrones habían desaparecido al quedar expuestos, indicando que era hielo.

El análisis del suelo en otro instrumento de Phoenix, el laboratorio de química húmeda (WCL), ha registrado vapor de agua, pero los científicos juzgan que aún es pronto para determinar su origen. Las próximas semanas serán decisivas para cerrar el capítulo más húmedo del sueño marciano.

El agua es, en realidad, un paso intermedio; el objetivo final de la investigación marciana es determinar si existió o existe vida. No obstante, ésta no es una consecuencia obligada de la presencia de agua. Es posible que el planeta fuera en el pasado un lugar cálido y húmedo, apto para la vida, pero algunos científicos sostienen una hipótesis más ‘pesimista’: las huellas de erosión fluvial pudieron producirse en periodos muy cortos de calentamiento provocados por cataclismos tales como impactos de asteroides.

‘Phoenix’ no está preparada para la detección directa de vida, pero contribuye a este fin. Aunque el WCL no ha conseguido hallar compuestos orgánicos (basados en el carbono), la composición del suelo es rica en minerales; según el químico de la misión Sam Kounaves, de la Universidad de Arizona, como para “plantar espárragos”. Por lo demás, las noticias son desalentadoras para los astrobiólogos: los resultados de ‘Phoenix’ pueden rebatir un antiguo indicio de vida.

Según explica a la BBC Tom Pike, científico de ‘Phoenix’, en 1976 una de las sondas ‘Viking’ detectó carbono gaseoso tras mezclar tierra marciana con nutrientes, apuntando a un posible organismo metabólicamente activo. Otra opción era una simple reacción química con un suelo alcalino. El WCL ha pinchado el globo: es alcalino.