Público
Público

'Nocturno' de ADN de ratón en fa menor, de Chopin

La traducción de los genes a música explora la frontera entre ciencia y arte 

JAVIER YANES

Un buen día de 1986, Susumu Ohno descubrió que la estructura del Nocturno Op. 55 nº1 en fa menor de Frédéric Chopin guardaba una innegable semejanza con una secuencia que se repite en el gen de la subunidad mayor de la ADN polimerasa II del ratón: CAACCTCTC.

La idea podría dar pie a cualquier trama novelesca alucinatoria de misterios históricos basados en códigos ocultos. Pero el protagonista del hallazgo no es el enésimo remedo de Indiana Jones, sino un personaje real cuyas credenciales incluyen, entre otras: el descubrimiento de que el llamado corpúsculo de Barr –una zona densa en el núcleo de las células femeninas– corresponde a un cromosoma X condensado; la acuñación del término ADN basura; y el descubrimiento de la duplicación de genes como mecanismo evolutivo. Con semejante tarjeta de visita, queda claro que Susumu Ohno no era un charlatán de programas de medianoche.

La pasión por la música de este genetista japonés, amante de los caballos y de la gastronomía, refleja un perfil de intereses cruzados que en una mente fértil pueden producir resultados insólitos. En el caso de Ohno, la colaboración al piano de su mujer, Midori, le condujo a fundar una errática disciplina que ha reunido una legión de seguidores y que ni siquiera cuenta con un nombre homologado. Llámese genética musical, música molecular o de cualquier otra manera, consiste en traducir a una partitura los códigos de la naturaleza, sobre todo secuencias de ADN o proteínas.

El ADN está formado por la combinación de cuatro bases, representadas por las letras A, T, G y C. Los genes se traducen a proteínas, integradas por cadenas de 20 aminoácidos. Las series no son aleatorias como números extraídos de un bombo, sino que la función de cada proteína depende de su estructura, y ésta, de un ordenamiento concreto de aminoácidos que incluye secuencias consenso. De igual modo, la música no es un caos azaroso de notas, sino que respeta criterios de armonía.

Han sido numerosos los científicos y músicos, a menudo en equipo, que se han preguntado cómo suenan los genes. La aportación creativa consiste en traducir las cuatro bases o los 20 aminoácidos a siete notas. El sistema pionero de Ohno ordenaba las bases del ADN por su peso molecular y empleaba cada una dos veces para completar una octava. Por extraño que parezca, funcionaba; el resultado era armónico. Al traducir a ADN el Nocturno de Chopin, Ohno descubrió que el motivo recurrente sólo se diferenciaba de la enzima del ratón en una base.

Desde el trabajo precursor de Ohno, otros han seguido su estela, con fines que trascienden lo puramente recreativo para buscar patrones de armonía en la naturaleza, o incluso crear sistemas que permitan escuchar las mutaciones o descifrar la partitura que reproduce la evolución de las especies. Elementos adicionales de las secuencias, como las conformaciones espaciales de las proteínas o las propiedades de los aminoácidos, se han adaptado para incorporar ritmo e instrumentación a las piezas. Algunos investigadores han diseñado algoritmos que convierten automáticamente cualquier secuencia en una obra musical. En 2001, el compositor Todd Barton creó la banda sonora del genoma humano.

Uno de los proyectos actuales es el de la bióloga y pianista Rie Takahashi , de la Universidad de California (EEUU). Su programa Gene2Music –disponible on-line– traduce secuencias de ADN a proteínas y asocia los 20 aminoácidos en grupos con propiedades similares, que se asignan a acordes de tres notas sobre una escala total de 13. Takahashi explica que su propósito es escuchar los patrones auditivos de la naturaleza, pero también “hacer las secuencias de proteínas accesibles y tangibles para el público y los niños”, además de abrir “una oportunidad a los científicos con discapacidad visual”. Las Variaciones sobre la Timidilato Sintasa A Humana de Takahashi recuerdan al minimalismo de Philip Glass o Michael Nyman.

Entre los sistemas más sofisticados, destaca el del bioingeniero del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) Gil Alterovitz . Su modelo matemático analiza la expresión de las proteínas en un tejido, traduciendo a una nota cada red de genes relacionados, “como en un coche, donde un engranaje funciona con otros para controlar, por ejemplo, la dirección asistida”, explica en la revista del MIT. El resultado es una melodía que, en un tejido sano, conserva la armonía. Curiosamente, al aplicar el mismo modelo a un cáncer de colon, el producto es una pieza desafinada, lo que sugiere a Alterovitz posibles usos en investigación y diagnóstico. Pero no sólo éstos; al parecer, un DJ de Boston ya se ha interesado por su música.