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Auge de los festivales literarios: cuando la estrella viene a hablar de su libro

Mientras un concierto o una obra de teatro encuentran su razón de ser en el riguroso directo, para el arte de la palabra escrita el escenario y la multitud podrían ser superfluos. Escritores y directores literarios explican el porqué del fenómeno.

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Visitantes de la Semana Negra de Gijón en 2017.- EFE

Los hay para todos los gustos. Resulta complicado encontrar un subgénero musical, cinematográfico, teatral o literario que se mantenga ajeno a la fiebre de los festivales. Cada disciplina, cada tendencia en el mundo de las artes tiene su fecha en nuestro calendario, su rincón en nuestra agenda. Da igual que lo suyo sea la fotografía ornitológica, el cine de serie b o los sonidos afro, a poco que investigue dará con sus iguales en algún jolgorio debidamente patrocinado.

Y en ese marasmo de eventos proliferan, de un tiempo a esta parte, los festivales literarios. Encuentros lúdico-festivos con el libro y sus autores como protagonistas. La digestión solitaria del texto se convierte, durante algunos días o apenas unas horas, en una suerte de francachela en torno a la literatura o la poesía. BCNegra, Kosmópolis, Vociferio, Semana Negra de Gijón, Hay Festival, Cosmopoética, Eñe La lista se incrementa cada año y, si bien el ministerio carece de datos oficiales, algunos expertos estiman que la relación de este tipo de eventos podría alcanzar la cuarentena en España.

Ahora bien, ¿qué aportan? Mientras una actuación musical o una obra de teatro encuentra su razón de ser en el riguroso directo, lo cierto es que para el arte de la palabra escrita o incluso para la labor filosófica, el estrado y la multitud podrían resultar superfluas, cuando no un ejercicio de fatuidad sin par. Quizá la respuesta esté en la digitalización de nuestras relaciones, en la posibilidad de encontrarnos con el otro más allá de las pantallas, de conversar y compartir filias, fobias y algún que otro storie.

Antonio Agredano, director literario de Cosmopoética, festival que lleva 16 años apostando por la creación poética atendiendo a sus más variopintas reencarnaciones, apunta algunas claves para entender el fenómeno: “Creo que es una oportunidad para conocer a autores que no conoces, también para disfrutar la poesía o la literatura como si de un evento lúdico se tratara, no creo que sea incompatible disfrutar de un buen disco en casa y querer ver a esa banda en directo, por la misma razón –salvando las distancias– te puede apetecer escuchar a un poeta que te gusta o incluso descubrir nuevos formatos”.

La escritora Aroa Moreno, asidua a este tipo de eventos tras el éxito de su primera novela La hija del comunista (Caballo de Troya), confiesa que trata de encontrarles “un sentido productivo” a los festivales, pese a que no siempre es el caso. “A veces no han sido lo que yo esperaba, pero por lo general me permiten conocer autores de otras latitudes, escritores cuyos relatos no llegan a España y a cuya obra no podría acceder si no fuera porque el festival ha facilitado ese encuentro”.

Y junto a la inyección cultural que plantea Moreno, nos topamos con otra virtud no menor, a saber; el hecho de que muchos autores de renombre se desvíen de las habituales rutas promocionales. Dicho de otro modo; Segovia, Valencia o Avilés, en lugar de las citas oficiales en Madrid y Barcelona. Atender otras parroquias, salir del sota, caballo y rey. Bernardo Carrión, director de comunicación y cofundador del Valencia Negra, lo sabe bien: “Valencia era un erial cultural cuando empezamos allá por el 2013, pero intuimos que un festival de novela negra podría funcionar en nuestra tierra igual que ha funcionado en otras ciudades”.

Dicho y hecho. Este festival valenciano ha conseguido consolidarse con una propuesta, arriesgada en su origen, pero cuyo nicho –si nos paramos a pensar– no es tan descabellado: “Es obvio que el autor es en buena medida su obra, pero no podemos negar la ilusión que le puede hacer a un lector conocer a la persona que le ha hecho vibrar a través de sus palabras”, añade.

Y cómo no; el componente lúdico. La posibilidad de la jarana y el disloque. También del flirteo ocasional. Incluso ya puestos de un sucinto restregón con un seguidor de James Ellroy. De eso hay también. Habrá quien imagine los festivales literarios como una congregación de gafapastas a la deriva, intercambiando sus veleidades narrativas sottovoce, insaciables en su sed de conocimiento. Pero no. O no sólo. En palabras de Carrión: “La gente se ríe mucho, se lo pasa en grande, la calidad literaria es una cualidad que, por lo general, implica una vida interior bastante rica que cuando se proyecta, genera encuentros muy divertidos”.