Público
Público

El cine que nos sube la temperatura

Sofocados por la excitación, por la ira o por el miedo, el cine nos ha subido la temperatura con historias que en algunos casos han llegado casi a abrasarnos. Son relatos nacidos en los tórridos veranos de Nueva York, Nueva Orleans, Mississippi o Texas, firmados por grandes directores, espléndidos escritores y 'ardientes' intérpretes.

Paul Newman en la película 'El largo y cálido verano'.
Paul Newman en la película 'El largo y cálido verano'. CEDIDA

Marilyn Monroe pasaba un calor infernal en el apartamento de Nueva York que alquilaba mientras rodaba en pleno agosto un anuncio para una marca de dentífrico. Su vecino de abajo, Tom Ewell —en la ficción, Richard Sherman— tenía un magnífico aire acondicionado y mucha imaginación. Fabulaba con vivir una aventura con esa 'chica', sensual e ingenua, aprovechando que su mujer y su hijo estaban de vacaciones en la costa de Maine. Recreaba, incluso, en su cabeza, la conversación que tendría con su pareja explicándole por qué resultaba tremendamente atractivo para otras mujeres.

La Chica —Marilyn Monroe no tenía nombre en la película— decía a su nuevo vecino que su apartamento era "¡como un horno!". Ocasión que él aprovechaba inmediatamente. "Por supuesto, si quisieras pasar por mi casa unos minutos, solo para refrescarte antes de enfrentarte a ese baño turco allá arriba (…) Dejé el aire acondicionado a tope. Allí hace fresco allí. Probablemente demasiado frío"/ "Bueno, tal vez solo por unos minutos", asentía ella. "Claro. Para bajar un poco la temperatura corporal".

En La tentación vive arriba (Billy Wilder, 1955) la Chica vivía fatigada por el calor del verano neoyorquino y Sherman se sofocaba cada vez que veía a esa mujer o pensaba en ella. Al fin y al cabo, como ha explicado muy recientemente el equipo de psicólogos y sexólogos del Instituto Psicología-Sexología Mallorca, "en verano el calor suele propiciar los encuentros sexuales, debido a que producimos más oxitocina y endorfinas, relacionadas con el deseo sexual, haciendo que aumente".

Stanley Kowalski

En verano, al aire acondicionado de una sala de cine también se puede pasar mucho calor. El acaloramiento de Richard Sherman era y sigue siendo contagioso para muchos espectadores y, sin duda, Marilyn Monroe radiaba fuego estival. Un ardor, una quemazón que, sin tener que acudir a ninguna explicación científica, no se produce solo por las altas temperaturas de la canícula. Hay en la historia del cine algunos intérpretes que han provocado inolvidables incendios.

Marlon Brando en camiseta, bebiendo a morro una cerveza fría, apoyado en el frigorífico dejaba de ser por ese instante Stanley Kowalski, ese polaco "sobreviviente de la Edad de Piedra, llevando a casa la carne cruda de la matanza en la jungla", tal y como le describía Blanche (Vivien Leigh), en Un tranvía llamado deseo (Elia Kazan, 1951). La belleza de ese hombre, su mirada directa y, sobre todo, el inconmensurable talento que tenía provocaban una inmediata subida de la temperatura corporal. Una especie de combustión que mutaba en ira y repulsión casi a la misma velocidad. Calor y frío en el verano del barrio obrero Faubourg Marigny de Nueva Orleans.

Marca Tennessee Williams

Muy diferente era el escenario en el que se vivía la crisis entre Brick y Maggie. Una gran casa en una espléndida finca, con plantación de algodón incluida, en Mississippi. Pero allí el calor era también agobiante… y no solo por las temperaturas que había fuera de la mansión. Marca Tennessee Williams, de nuevo. "¿Tú sabes cómo me siento? Como una gata sobre un tejado de zinc caliente" / "Pues salta del tejado. Salta. Los gatos saltan desde los tejados sin hacerse daño. Anda, salta…. Búscate un amante".

Paul Newman, en una interpretación inmensa, y Elizabeth Taylor vivían una calentura tensa y agobiante, rebosante de sentimiento de culpa y de alcohol en La gata sobre el tejado de zinc (Richard Brooks, 1958). Título del que la censura franquista eliminó la palabra 'caliente' por las connotaciones sexuales que contenía. Ese mismo año, Newman había derretido al público también con El largo y cálido verano, drama sureño dirigido por Martin Ritt e inspirado en los relatos de William Faulkner, y en el que el actor exhibía cuerpo sudoroso para mayor agitación de Joanne Woodward. La pareja, por cierto, estaba entonces recién casada en la vida real.

Abrasador por la tensión

Una ola de calor invadía la ciudad de Nueva York. Los vecinos sacaban los colchones a los balcones y L.B. Jefferies (James Stewart) sudaba la gota gorda dormido en una silla de ruedas y con la pierna escayolada. Alfred Hitchcock, desde su perversa inteligencia, hizo casi estallar los termómetros de las salas de cine en 1954 con La ventana indiscreta, una imprescindible lección de cine que casi abrasaba por la dosis de tensión y peligro que presentaba.

Y es que el miedo puede ser abrasador, sobre todo si a la tarde de un típico verano texano se le añade un demente salvaje y cruel que ha salido, nada menos, que de la vida misma. Inspirada en hechos reales, La matanza de Texas (1974), de Tobe Hooper, era una experiencia calcinadora. De hecho, las intenciones de esa cámara —formidablemente efectiva— que colocaba al espectador en el lugar de la víctima eran prender la llama del terror.

Como Leatherface y su motosierra, William Foster también era incapaz de controlar la irritación que le provocaba el calor de Los Ángeles y cuando el aire acondicionado de su coche se estropeaba, salía al mundo armado con toda la violencia, el cabreo y la cólera de un tipo divorciado, despedido y desesperado. Michael Douglas, a las órdenes de Joel Schumacher en Un día de furia (1993) consiguió que cualquiera que todavía sintiera que la vida moderna era moderna saliera escaldado.

Tanto sofoco y ardor cinematográficos tienen, sin embargo, remedio en el mismo cine. Solo hay que mirar bien y escuchar para quedarse con algunos buenos consejos. "Cuando hace un calor así, ¿sabes lo que hago? ¡Guardo mi ropa interior en la nevera!"