¿Tienen los actores la exigencia moral de posicionarse políticamente?
Muchos profesionales del cine y la televisión disponen de un altavoz para hacer críticas políticas y manifestar públicamente sus posturas ideológicas. ¿Deben hacerlo o mantenerse callados?

Madrid--Actualizado a
"Prefiero celebrar el cine, pero es que todo en la vida es política, porque si somos apolíticos entonces ganan los malos", advertía Marcel Barrena, director de El 47, en un encuentro de los nominados previo a la gala de los Goya. Un escenario que ha sido utilizado como altavoz de sus reivindicaciones por intérpretes, cineastas y demás profesionales del sector. Sorprende, en cambio, el silencio que protagonizó la ceremonia de los Óscar, donde no hubo críticas a Donald Trump ni a su agenda.
¿Pero deben los actores y las actrices hacer críticas de carácter político o manifestar públicamente sus posturas ideológicas? Es más, ¿tienen la exigencia moral de posicionarse políticamente?
"La concienciación no es una responsabilidad que tenga que recaer en actores o directores, sobre todo en un contexto artístico, como una entrega de premios. Es más, hablar de exigencia moral implica desplazar la responsabilidad, que correspondería a otras personas", cree Raquel Alarcón, quien en su día aparcó la interpretación por la dirección teatral. Pone el foco, pues, en el dónde y en el quién.
Según ella, "no tiene sentido que en ese tipo de eventos sea necesario hacer una denuncia política constante, porque hay otros lugares más adecuados, como tampoco es la obligación de un artista denunciar las carencias sociales, una responsabilidad que compete a otras figuras", insiste la directora de la obra Todo lo que veo me sobrevivirá, que se estrenará el 10 de abril en la Sala Cuarta Pared de Madrid.
Entiende, claro, que hay excepciones. "Si una película toca unos temas concretos, tiene sentido que hagan una reflexión sobre ellos", añade Raquel Alarcón. También se muestra convencida de que, ante la cancelación o censura que han sufrido algunas obras por parte de administraciones en manos conservadoras, "ahora más que nunca es importante posicionarse y no dejarse amedrentar para que no nos callen".
Miguel de Lira deja claro que "la obligación de manifestarse no va sujeta a contrato" y estima que el discurso de los profesionales del sector, no solo de los actores, debe ser "coherente" con la película en la que participan. "Hablar por hablar no es el camino, porque se convierte en un estereotipo, pierde fuerza y queda un poco vacío. Por eso, cuando hay un micro delante y tengo la oportunidad de colocar un mensaje concreto, lo he medido para no mear fuera del tiesto".
El actor gallego, una de las voces de Nunca Máis, comentaba rumbo a la masiva manifestación en A Pobra do Caramiñal contra la macrocelulosa Altri y la mina de Touro: "Algunos medios dirán que son cuatro politizados. Es conciencia por la vida, no es estar politizado. Aunque si hay que estar politizado, tendrá que ser, ¿no?". Fundador de Chévere, las obras de su compañía teatral siempre han sido críticas con el poder y, como ciudadano, no ha dudado en defender las causas que entiende como justas.
"Sin embargo, no hay que alzar la voz si no tienes un motivo claro y un discurso razonado. Y, sobre todo, no debes hacerlo como una pose. Un discurso, al igual que un personaje, debe ser creíble", explica el actor de las series Rapa y Su majestad, quien señala que la "emergencia ecológica, social y medioambiental" que ha provocado Altri favorece que "aparezcan muchas voces en contra de esta aberración y de este abuso político-empresarial en una tierra que ya está bastante explotada".
En ese sentido, el miembro de la Plataforma contra la Burla Negra, brazo cultural de Nunca Máis, cree que una causa "muy potente y puntual", como la construcción de la celulosa o antes el hundimiento del Prestige, "te mueven más". Entonces, "te tienes que mojar, porque si las obvias y miras hacia otro lado, esa posición también dice mucho de ti". Luego hablaremos con él de las consecuencias de tomar partido, aunque Willy Toledo declaraba a Bluper cómo le había afectado la gala de los Goya del no a la guerra, celebrada en 2003.
"A los que más sacamos la cabeza se nos marca con una cruz, porque existen las listas negras, y no sólo en las instituciones, sino también en las productoras. Dos días después de la gala, FAPAE [Confederación de Productores Audiovisuales Españoles] pidió la dimisión de la presidenta de la Academia [Marisa Paredes]. Después de eso ya vino un acoso y derribo hacia mi persona. Fui el chivo expiatorio. En la gala de los Goya me marcaron la estrella judía en el pecho. Este ya está señalado. Y se decía a los demás: señores actores y actrices, aquí tenéis el ejemplo vivo de lo que ocurrirá si continuáis así, mirad lo que le ha pasado a Willy", comentaba el actor.
Aquella noche del 1 de febrero de 2003, Marisa Paredes dijo en el escenario del Palacio Municipal de Congresos del Campo de las Naciones de Madrid: "No hay que tener miedo a la cultura, ni al entretenimiento, ni a la libertad de expresión, ni muchos menos a la sátira, al humor. Hay que tener miedo a la ignorancia y al dogmatismo. Hay que tener miedo a la guerra". Sin embargo, Willy Toledo recordaba el pasado octubre, en El Faro de la Ser, que pasó "de 25 o 30 ofertas al año a cero" y que, aunque le fastidiaba reconocerlo, intentaron hundirle la vida y "lo consiguieron".
Lucila Rodríguez-Alarcón, experta en comunicación y gestión política, advierte de que el posicionamiento político "puede ir en tu contra" y "pasar factura", si bien opina que en el caso de Willy Toledo se debe a un "posicionamiento vital", donde la dimensión de su activismo es "enorme", hasta el punto de que "cuesta distinguir" esa faceta de su persona. "En cambio, hay otras que tienen un activismo marcado —como Juan Diego Botto, Javier Bardem o Rozalén— a las que no les va a pasar una factura tan fuerte por posicionarse a favor o en contra de algo".
La directora de la Fundación porCausa no considera que los intérpretes tengan la obligación de posicionarse, pese a la influencia de algunos, "como agentes de cultura con una relevancia pública enorme", en el apoyo a ciertas causas: "Lo que se espera de un actor y de una actriz es que actúe, no se debe esperar un activismo político de ningún tipo". Ahora bien, "si eres una persona comprometida y tienes inquietudes, lo normal es que uses tu poder y tu capacidad para visibilizar temas que te parecen importantes", añade.
Lucila Rodríguez-Alarcón matiza que "eso se puede dar en todos los sentidos, para bien y para mal", por lo que recuerda los casos de Gal Gadot, protagonista de Wonder Woman, que ha sido acosada en redes por manifestar su postura proisraelí, o de la actriz Karla Sofía Gascón, quien pese a ser una activista del colectivo trans, luego "sus opiniones en Twitter la machacaron". Por tanto, "tienes que saber también en qué espacio te encuentras".
De la repercusión del posicionamiento de los actores es muy consciente Juan Diego Botto, quien declaraba en una entrevista a la revista Icon: "Mi necesidad de expresarme no tiene que ver con el hecho de que sea actor, sino con que soy ciudadano. Y como cualquier otro ciudadano, vivo en comunidad y tengo el derecho y quizá también un poquito el deber de decir lo que pienso [...]. Lo que pasa es que a mí se me escucha más por el trabajo que tengo".
También alude a la integridad personal Miguel de Lira, a quien nunca le preocupó que su activismo le perjudicase en un ecosistema gobernado por el Partido Popular, tanto en la Xunta como en la TVG. "A veces es más importante tener una sólida posición vital y unos principios claros que estar en 40 series. Si estás implicado con la tierra en la que vives, vas a ser mejor actor, pero entiendo a quienes se preocupan solo por el trabajo. Sin embargo, para mí la vida es más importante".
"Durante el Prestige, nos sentimos bastante arropados, aunque sabíamos que habría repercusiones, porque en los despachos puedes ser tachado de actor problemático, un factor que se tiene en cuenta. Ahora bien, yo pensé que entonces no solo había que limpiar las costas de chapapote, sino también otras esferas, porque todo estaba bastante sucio", añade el actor, quien deja claro que si alguien tiene la pulsión de manifestarse públicamente, debe hacerlo. Y, respecto a Hollywood y los Óscar, cree que los mensajes de intérpretes con una visibilidad privilegiada a nivel mundial "son importantes para que la libertad y la democracia hagan contrapeso en la balanza al miedo y la censura".
Sin embargo, el periodista y escritor Edu Galán opina que fueron "unos verdaderos y unas verdaderas cobardes" por no pronunciarse en el escenario del Teatro Dolby de Los Ángeles. "No hablamos de actores que se juegan la vida, sino de todas aquellas y aquellos que se decían muy comprometidos con la mujer, con los derechos de los homosexuales, etcétera. En algunos casos, estamos hablando de millonarios que se han callado. Si se levantasen de la tumba todos aquellos actores de Hollywood que se enfrentaron contra el senador McCarthy en los años 50, como Gregory Peck y demás, les pegarían una patada por cobardes".
Edu Galán, quien atribuye la omisión de Trump al "gran shock" que ha sacudido al progresismo estadounidense, subraya que la falta de críticas al presidente de Estados Unidos "demuestra también el compromiso real de Hollywood", al que define como "una máquina de hacer dinero, no de dar lecciones morales a nadie". Por ello, "hay que tener muchísimo cuidado con el supuesto compromiso de Hollywood, tan volátil como las criptomonedas", zanja el autor de La máscara moral. Por qué la impostura se ha convertido en un valor de mercado (Debate).
Lucila Rodríguez-Alarcón piensa que la Academia de Cine de Hollywood "tomó una decisión conservadora porque era un momento muy inicial y, en momentos de fuertes cambios, la gente está un poco perpleja", aunque le extrañó que muchos actores y actrices omitiesen la causa trans. Por su parte, el ensayista Ignasi Gozalo Salellas sospecha que la industria está atenazada por el miedo en un país, Estados Unidos, donde se están librando dos batallas en paralelo.
"Por un lado, el vicepresidente JD Vance, a través del currículum escolar y universitario. Por otro lado, Donald Trump a través del dinero. Está claro que la pasta ha frenado cualquier crítica y actitud buenista", añade el autor de La excepcionalidad permanente (Nuevos Cuadernos Anagrama), donde sostiene que el poder nos somete mediante un pánico sin fin. Si en este caso todo el sector ha callado, Willy Toledo comentaba en la Ser que en España es "mucho más difícil atacar a todo un colectivo como el cine que volcar toda la rabia en un sujeto". Concretamente, él mismo, quien dejó de recibir encargos y cayó en una depresión.
Su compañero en Animalario y copresentador de la gala de los Goya del no al a guerra, Alberto San Juan, también se mostraba sorprendido por el silencio en la ceremonia de los Óscar, sin contar el "alivio" que supuso para él la estatuilla al mejor documental de No Other Land y "el discurso de sus autores contra la política exterior de EEUU y contra la limpieza étnica en Palestina". Sin embargo, nadie criticó a Trump ni sus políticas. ¿Los actores y actrices tendrían que haber alzado la voz? "No puedo decir lo que deben hacer los demás", responde Alberto San Juan, quien se limita repetir que no entiende "que nadie dijera nada salvo los autores del documental".
¿Acaso por miedo a las repercusiones en sus carreras? Así lo cree Jason Xidias, profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Pontificia Comillas, quien opina que algunos actores tampoco se manifiestan para no "alienar" a su público, que puede ser "diverso", aunque otros sí "aprovechan el escenario para expresar sus opiniones en momentos críticos". ¿Debería hacerlo el resto? "Depende de cada uno y de lo que consideren que es su responsabilidad como figuras públicas", contesta con prudencia Xidias, quien matiza que, en el caso de los Óscar, "el equilibrio entre el entretenimiento y la política es siempre complicado".
Raquel Alarcón insiste en que una entrega de premios no es el espacio adecuado para manifestarse. "Lo que tenemos que hacer en el arte es reflejar el mundo en el que vivimos con sus miserias y sus bondades. Como actriz o directora no tengo que dar un discurso, sino generar diálogo con mi trabajo. Es decir, poner sobre la mesa temas que nos tocan y nos interpelan", razona la directora de 400 días sin luz, donde denunciaba "la violación de los derechos humanos en la Cañada Real", y de Sueños y visiones de Rodrigo Rato, donde relató la crisis económica en clave de comedia. "Luego, fuera de nuestro trabajo, la opinión de cada uno es algo muy personal".



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