'La buena letra', un retrato de la España triste y callada
Celia Rico Clavellino firma la adaptación al cine de la novela de Rafael Chirbes. Mención Especial del Jurado en Málaga, la película revela las consecuencias de todo lo que no se ha dicho en España después de la guerra.

Madrid--Actualizado a
La Guerra Civil y la posguerra no son solo un relato de muerte y de miseria: son historias de tristeza, de dolor y de un larguísimo silencio. Son heridas que traspasaron a las generaciones de aquellos años y que duelen todavía hoy, en este siglo XXI.
La cineasta Celia Rico Clavellino hace el retrato de ese profundo pesar, de esa amargura, de un tiempo en el que muchos no pudieron "ni siquiera soñar con la felicidad" y en el que, sobre todo, las mujeres callaban en La buena letra, adaptación al cine de la novela de Rafael Chirbes.
Mención Especial del Jurado en el Festival de Málaga, la película está ambientada en un pueblo de València en la posguerra, donde Ana intenta salir adelante con su familia, con su hija y su marido, Tomás. La mujer se esmera con sus guisos y sus cuidados. Una atención que también dirige a su cuñado, Antonio, que acaba de salir de prisión. Un día, éste aparece con Isabel, recién casados, y los dos darán la espalda a Ana y Tomás.

"La historia de un país también puede leerse en el sacrificio silencioso que, tan a menudo, deviene en sufrimiento inútil; a veces, la generosidad de una persona solo sirve para alimentar el egoísmo de las otras", afirma Rico Clavellino.
Loreto Mauleón es la protagonista de esta historia de envidias, de vergüenzas, celos, rabia y dignidad. Un relato de la posguerra y de las mujeres que la soportaron en silencio, renunciando a todos sus sueños, siempre pensando en los demás.
Enric Auquer, Roger Casamajor y Ana Rujas completan el reparto de La buena letra, en la que la cineasta, acompañando la rutina callada de estas mujeres, apuesta por la contención, por las miradas y los gestos, para concentrar todas, tantas, emociones en ello.
Esta es una película que cuenta los silencios de la España de la posguerra.
Sí, a la hora de adaptar la novela y contar la historia de esta mujer y de esta familia que se sacrifica y que pertenece al bando de los vencidos, de alguna manera, lo que a mí me interesaba era retratar ese silencio, el silencio del trauma de no querer hablar. Mis abuelos murieron cuando yo era pequeñita y no tuve tiempo de hablar con ellos, y ese es el silencio que yo siempre he sentido. De repente, se podía contar con esta historia. Filmando especialmente el personaje de Ana, se podía cargar de toda una tensión de lo no dicho, y que eso fuera una herida que va penetrando y entra en la generación mía.
Hay que romper con ese silencio que se espera de las mujeres, que estamos ahí como atendiendo al otro, ese silencio que desde el feminismo hemos roto… El silencio de las mujeres es mundial. Creo que fue el gran retroceso que vino después de la guerra, con la dictadura, el colocarnos en ese silencio, no solo a las mujeres, a los hombres también, porque todo viene de ese trauma, del miedo, de las represalias, de no hablar. Para mí tenía esa otra capa, que era lo que me ponía en diálogo con la generación de mis abuelas, mis bisabuelas…
Esta es la historia de una mujer que, como la de millones de mujeres en el mundo, se sacrifica por el otro, ¿no es hora ya de empezar a entender de otra manera, menos en positivo, ese papel sacrificado, de cuidadoras?
Totalmente. Y era un poco la mirada que parte también de Chirbes. Él tenía tan claro que el sacrificio no ha servido para nada… Y en esta reflexión sobre el silencio, cuando Ana, finalmente, se sienta a descansar con todo el dolor y toda la tristeza, a mí me gusta pensar que ese es el espacio que dejo al personaje para que pueda hacer balance.
Creo que la conclusión que saca es que el silencio no nos salva de nada y que todo ese sacrificio y ese silencio que ella adopta a nivel familiar para mantener un equilibrio, para no generar conflictos, para que todo salga bien, no ha servido para esa finalidad. No ha valido para nada y no la ha salvado, porque sigue estando del lado de la derrota. Y no me refiero a la derrota de la guerra, sino a una derrota vital, la de no poder ni siquiera soñar con la felicidad. Me gusta dejar ese sabor amargo.
Hay dos personajes femeninos, el de la protagonista y el de su cuñada, una mujer aparentemente muy moderna, que no es solidaria, es egoísta… ¿ésta es reflejo de lo que el capitalismo ha disfrazado de modernidad y de progreso?
Totalmente, ese individualismo del sálvese quien pueda. Sí, al final, lo que representan los personajes de Isabel y de Antonio es ese claudicar ante un nuevo régimen, que en este caso es un régimen dictatorial, pero que, si lo trasladamos a la actualidad, puede ser un neoliberalismo. Pero yo no quería juzgar tampoco al personaje de Isabel. Es una mujer que ha tocado mucho más fondo del que toca Ana.
Lo que ella reivindica está más cercano a lo que podemos reivindicar en el presente, eso de "no me tengo que quedar dentro de la cocina", "puedo ir al fútbol", "puedo tomar decisiones", "puedo escuchar mis deseos más íntimos"… que es algo que Ana no se permite. Me gustaba este retrato de dos mujeres en el que las dos pierden porque una abraza esa idea de poder hacer lo que desea, que es como la gran lucha, pero al final tampoco está haciendo nada que sea digno ni ejemplar.
No es un progreso, es una idea de libertad mal entendida, que pisotea al otro. Pero entiendo que ella vaya hasta el final con todas las consecuencias, porque a diferencia de Ana, le ha tocado servir en una casa donde seguramente lo ha pasado mal. Y de la misma manera, Antonio, a diferencia de su hermano Tomás, ha estado en la cárcel, donde ha recibido torturas y vejaciones.
Los dos están señalados como rojos y repudiados y deciden irse del lado de lo ejemplar. Estas conductas individualistas vienen de un contexto histórico político que hace que salga lo peor del ser humano. Ellos buscan la manera de sobrevivir, de no morir y de poder tener un futuro mejor. Es el contexto de una guerra que se prolonga en el interior de esa casa, eso es lo que genera el odio.
"Es el contexto de una guerra que se prolonga en el interior de esa casa"
En esos personajes hay una cosa terrible, que es la vergüenza de ser pobre, la vergüenza de hacer determinados trabajos… que hoy con el capitalismo se ha acentuado muchísimo.
Sí, totalmente. Y aunque es algo muy del capitalismo, es algo también que se dio durante el franquismo, que hizo una campaña para desprestigiar a toda esta clase trabajadora, que lo único que se merecían era sacrificarse y pagar una deuda. De diferente forma, es algo que ha estado entonces y que está ahora.
Y es algo muy interesante porque, para mí, tanto la novela como el trabajo que he intentado hacer en la película está atravesado por esa condición de clase. Hay un detalle que es el inicio de esto, que es que Ana se avergüenza de su letra. ¿Cómo va a imaginar que se merece dedicar un ratito a leer un libro o algo así?
De algún modo, en el texto de Chirbes y en su película se sospecha de la bondad de la cultura…
Totalmente, y me parecía muy interesante que eso estuviera a partir de esos pequeños detalles. Por ejemplo, Antonio trae todo este mundo de la escritura, de la poesía, de la lectura y también, al llevar unas flores, trae el mundo de la belleza, de los placeres. Luego está la idea de la música con ese piano para la niña que hace con unas fichas de dominó y con el que está la posibilidad de soñar más grande. Y el tocadiscos o conducir un coche… mientras su hermano tiene una bicicleta.
Me gustaba que cada uno de los personajes tocara incluso físicamente una serie de objetos que les hicieran decantarse hacia un lugar u otro. Y, desgraciadamente, no, el mundo de la cultura y el mundo de la belleza no parece que hayan estado solo en un lado de la sociedad. En las ideas de la República estaba el de la escritura, la cultura… Que pertenecían a todo el pueblo.
¿En su película no hay, en el fondo, cierta intención de retratar la tristeza de este país?
Sí. De hecho, una de las cosas más importantes cuando empecé la adaptación era intentar convocar lo que me había provocado la lectura. Y a mí, al terminar la novela, me atravesó una tristeza enorme. No es solo la tristeza de Ana, es que es la tristeza de Chirbes, que contaba en su diario que esta era una novela que cuando la repasaba no podía parar de llorar, que era una de las novelas que más le había costado escribir.
Esa tristeza está en la entraña de Chirbes y me caló muy fuerte. Pensé que eso era lo que yo quería que estuviera en la película. La gente no quiere conectarse con esos sentimientos tan hondamente tristes. Me parecía la forma más respetuosa de acercarme a esa época y a esas personas, darle valor y espacio a una tristeza que yo creo que no pudieron expresar ni verbalmente ni casi físicamente.
Por eso quería hacer algo tan de interior, de meterme casi en esas esquinas de las habitaciones. Me imagino que cuando uno se va a dormir por la noche, aparecen todos esos fantasmas, todo ese dolor, todo ese sufrimiento. Quería poder colocarme ahí y ver esa parte de la historia que no hemos visto, porque incluso ahora se nos cuenta de las guerras lo que llega en imágenes, pero pienso en ese momento en el que se hace de noche y uno está en su metro cuadrado sin poder dormir o por la mañana, cuando sale el sol, y piensas ¿para qué me levanto? Me parecía una mirada un poco distinta del cine de posguerra que se ha hecho en España.
"Me parecía una mirada un poco distinta del cine de posguerra que se ha hecho en España"
Al mismo tiempo, la película transmite mucha bondad, ¿era importante para usted?
Hubo un momento durante la pandemia que me hice un listado de películas donde hubiera personajes bondadosos, pero no encontraba tantos. Y el otro día escuchaba en un podcast a un director que hablaba del cine de Ozu, que me inspira tanto, y recomendaba sus películas, pero solo para aquellas personas que aún confiaran en la humanidad.
En mis películas intento siempre mostrar el lado más humano y bondadoso del ser humano, evidentemente con sus contradicciones, que tienen que ver con el miedo, con inquietudes, pero es la mirada que me apetece trabajar. Una pasa tanto tiempo pensando en los personajes, que no me apetece poner en la pantalla más violencia y más odio. Quiero señalar a estos bondadosos que muchas veces nos pasan desapercibidos en medio de tanta velocidad. Me gusta poderme parar, mirarlos, observarlos…
Estamos en 2025 y seguimos secuestrados en este país por la Guerra Civil y por el franquismo. ¿Qué tenemos todavía de aquella España?
Lo que hace que sea todavía tan doloroso es que hay por una parte de la sociedad y también del sector político una negación de tantas cosas que pasaron. La negación hace muy difícil la restauración, la reparación. Luego, creo que el silencio también ha hecho daño. Por un lado, ha habido un cierto hartazgo de estas historias, pero, por otro, siento que no se han contado suficiente o suficientemente bien.
Esta contradicción entre "no queremos escuchar esto, pero a la vez es que hay muchas cosas que no se han contado", me hace pensar que como sociedad no estamos preparados. El otro día hicimos un preestreno en València y había público de todo tipo, pero sobre todo había gente mayor que estaba muy emocionada, y muchos de ellos luego me dieron las gracias y me dijeron que se vieron ahí reconocidos.
Creo que, de alguna manera, es reparador porque la película no te cuenta tanto la historia, lo que pasó, sino las emociones, los sentimientos y todo lo que calaba muy dentro. Hay gente hoy que te dice que acaba de descubrir que su abuelo estuvo en un campo de trabajo forzados, pero nunca habló de aquello.
Esta película es para esas personas que no tuvieron el relato de sus familiares, es una manera de poder vivir lo que les pasó a ellos y tener ese relato, aunque sea a través de la ficción. Y creo que eso es necesario porque necesitamos entender lo que les pasó y es bonito poder homenajear a esas personas.



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