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Los hijos del acordeonista Bernardo Atxaga: “Debemos ser conscientes de que en España hay dos orillas y es triste”

Fernando Bernués lleva al cine la novela ‘Los hijos del acordeonista’ del escritor guipuzcoano, un relato que propone romper el silencio sobre la historia reciente del País Vasco. “La historia hay que contarla para luchar contra la simplificación”

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De izquierda a derecha, Iñaki Rikarte y Aitor Beltrán, en una secuencia de la película.

Las devastadoras consecuencias de la Guerra Civil. Un padre colaboracionista con los fascistas, una especia de culpa genética al no poder gestionar las acciones del padre, una entrega al activismo antifranquista que termina envileciéndose, el exilio y, finalmente, el silencio todos estos años. La historia del País Vasco hay que contarla, hablarla, repararla. Fernando Bernués lo hace ahora a través de la novela de Bernardo Atxaga El hijo del acordeonista, en una película del mismo nombre y con idéntico poso intelectual, político y emocional. 

Relato de dos amigos que se reencuentran tras mucho tiempo separados, esta película no es “una historia de los inicios del ETA”, apunta Bernués, “es una mirada a cómo era nuestro mundo en ese momento”. “Nuestra vida en aquellos años era así”, insiste Atxaga, “es lo que vivíamos”. Es un regreso al mundo literario de Obaba después de dieciséis años de silencio impuesto, de “estereotipos inventados”. “La vida se ha contado desde el eslogan, los estereotipos”. 

Aitor Beltrán e Iñaki Rikarte encabezan el reparto de esta película, título que inauguró el Festival de Cine y Derechos Humanos de San Sebastián, y que abre la posibilidad de profundizar en la historia reciente del País Vasco con el testimonio de quienes vivieron años muy duros y en los que sigue calando esa historia. Fernando Bernués y Bernardo Atxaga representan a esa generación. En un bar madrileño, esta charla que comienza como una entrevista sobre la película se va convirtiendo en una reflexión a dos voces sobre muchas otras cosas, sobre la realidad de España hoy, sobre la herencia en el País Vasco, sobre falsificaciones, sobre silencios…

Fernando Bernués, en el rodaje de la película.

Ya saben que algunos van a decir que esta es una película de dos amigos etarras…

Bernardo Atxaga: Sé que va a ser cuestionada, pero la película hace un relato de nuestra vida en aquellos años que era así. Es lo que vivíamos.

Fernando Bernués: La historia no es sobre los principios de ETA, es la historia de dos amigos y la mirada a cómo era el mundo en un momento del tiempo. Los que somos de cierta generación reconocemos ese mundo tal y como era. La vida en el País Vasco se ha contado desde el slogan, los estereotipos y desde un acercamiento doctrinal y eso no ayuda nada a que se reparen mejor las historias. La historia hay que contarla para luchar contra la simplificación.

B.A: La simplificación, justo, ese es el enemigo mortal de la literatura, del cine… el estereotipo, el tópico y, peor, el tópico usado como arma de guerra. 

F.B: El arte en general tiene que narrar desde donde se amplifiquen las voces, desde una honestidad. 

B.A: La literatura lo que aporta son casos. La maravilla es que es la fenomenología de la subjetividad, abro un libro y puedo conectar con personas que no son como yo. Esa es la grandeza de la literatura. Sin embargo, lo que heredamos política o militarmente es el estereotipo, el fantasma del otro, es lo que conviene. Y eso es lo que se ve ahora. Los que se reunieron en la Plaza de Colón -colonos, no está mal- cuando hablan de marroquíes que vienen o de negros, no nombran nada real, saben que el fantasma es un buen arma en la guerra.

Y ‘El hijo del acordeonista’ en la España de hoy…

B.A: Ahora nosotros somos como grillos cantando en la autopista a la hora de máximo tráfico. 

F.B: Hay que apelar a lo hondo. 

B.A: La escena final es ejemplar, los dos amigos diciendo la verdad. 

Pero todos no escuchan igual en este país…

B.A: Todos debemos ser conscientes de que en España hay dos orillas y es triste. No podemos actuar pensando que quizás podamos saltar de una orilla a otra o de que podamos encontrarnos a mitad del río. Mi forma de actuar es, como escritor, mostrar mi verdad, y fuera del oficio, apoyar a los que creo que están en mi orilla con el único objetivo de ganar a los otros. En mi orilla están los que tienen sensibilidad social. En la otra orilla están los racistas, los clasistas, los que ven al prójimo como un enemigo. 

¿El libro y ahora la película son, entonces, casi un acto de resistencia?

B.A: Hay que dar mucho valor a la resistencia. “Donde hay resistencia hay poder”, leí de una feminista. 

F.B: La responsabilidad que tenemos es hacer que las voces no sean eslóganes, consignas, y abrir espacios de honestidad y profundidad. Sí. Tiene algo de resistencia con el compromiso y con el sentido del arte y con la necesidad de que la vida sea menos titulares y un espacio más honesto y verdadero. 

B.A: Yo no tengo la sensación de haberme desviado de mi forma de ver la política o la literatura. 

F.B: Desde que leí la novela quise contar esta historia. Cuando algo te remueve, te inquieta… es mi deber. Es una manera de mirar el mundo que va a sentarle bien al mundo porque a mí me sentó bien. 

B.A: Yo tengo la sensación de haber cerrado el círculo. 

Pero la historia no se ha cerrado.

Bernardo Atxaga: No. Hoy todavía todo ese tejido está. Es duro, pero yo no hablo de hacer cuentas, pienso en una forma de seguir viviendo con una manera de actuar y de pensar que he tenido siempre. Estoy escribiendo ahora con un título provisional, ‘Hilos de agua entre las piedras’. Mi sensación es que la vida está llena de dificultades, las piedras, pero el hilo de agua sigue corriendo, tiene su curso. 

Durante mucho tiempo la vida de los vascos de su generación se ha silenciado, como la de esos dos amigos de la película.

F.B: Son 25 años de silencio entre unos amigos que es un tiempo también metafórico de un silencio social. La teoría de no reavivar las heridas, del silencio, no es en absoluto terapéutica. Con la película hemos querido romper ese espacio de silencio, hay en ella algo de catalizador social y político. 

B.A: Pasa el tiempo y ocurre como con las piedras del río, que el agua va afilándolas. El otro día rescaté un poema de 1975, un poema que tenía mucha angustia social y existencial, pero al intentar traducirlo 20 años después era imposible ya ese tono. Aquí también se han producido nueve años desde que la novela se llevó al teatro y 16 hasta la película. El tiempo pasa por nosotros. El que hace 16 años decidió que los vascos y la violencia eran la contrafigura, una especie de muñeco que se colgaba ahí, no ha cambiado. Nosotros sí hemos cambiado. La crisis ha ido evolucionando la conciencia. La evolución es nuestra, pero no de la sociedad española. 

F.B: No solo es un problema del País Vasco, lo es también de otros muchos campos en la vida. Ahora pienso que ‘La ahijada’, de Jon Mirande, sería un libro que hoy no se podría publicar. 

B.A: En ‘El País Vasco’, que se publicó en 1953, Pío Baroja hablaba de siete provincias vascas. Para él no era una contradicción, no por escribir eso era independentista. Hace menos de diez años se reeditó y en la reedición, era milagroso, desaparecían cuatro provincias. Para publicar ‘Por tierras vascas de España y de Francia” hoy habría problemas. 

Escena de la película ‘Los hijos del acordeonista’.

‘El hijo del acordeonista’ habla de sentimiento de culpa, pero en esta historia no se reivindica el perdón como algo necesario.

F.B: La gestión del perdón está vinculada a la ética católica. 

B.A: Confiésate, pide perdón y sigue haciendo lo mismo. 

F.B: Hay una culpa casi genética de un personaje por no ser capaz de gestionar el pasado colaboracionista de su padre. El otro día, vi un documental sobre los hijos de los nazis… 

Ellos han afrontado de otra manera esa herencia.

F.B: Sí. Aquí no nos hemos enfrentado, no hemos afrontado ni el pasado más inmediato. En la vida lo que se construye sobre el dolor de alguien… seguro que no te va a dejar vivir tranquilo. En la película no están tratados peor unos personajes que otros, no están peor tratados los verdaderos verdugos. 

B.A: El quid está en la cercanía o lejanía. Todo cambia según la distancia que haya entre tú y lo que cuentas. Andrés Nagel tiene un dibujo de una calle con un puntito al fondo y unas líneas que dicen: “No soy pequeño, es que estoy lejos”. Las versiones de la realidad vasca van desde lo más particular a lo más estereotipado según la distancia. Y la distancia puede ser geográfica, ideológica, de insensibilidad o de comodidad intelectual.