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Cuando un refugio se convierte en cárcel

Una familia acoge a un emigrante sirio cuyo silencio termina por desestabilizar al grupo. Miguel del Arco nos habla de su última representación, una reflexión en torno a la corrupción del lenguaje y a cómo nos escondemos tras las palabras.

Un instante en 'Refugio'.- CDN

“A veces, lo que creemos que puede ser un lugar a resguardo termina por convertirse en una prisión”, así sintetiza el autor y director Miguel del Arco Refugio, representación que hasta el 11 de junio se podrá ver en el Teatro María Guerrero y que cuenta en su reparto con los actores Israel Elejalde, Raúl Prieto, María Morales, Beatriz Argüello, Carmen Arévalo, Macarena Sanz y Hugo de la Vega.

Una obra que pone el foco en la corrupción del lenguaje, de cómo éste —y sus interesadas manipulaciones— condicionan el modo en que percibimos la realidad. “Pretendía hablar de las palabras y de lo que cada uno quiere significar con ellas. La construcción verbal que cada uno hace con las palabras depende de cómo le vaya la vida”, añade Del Arco.

Como en Teorema de Pasolini, la obra parte con la irrupción de un extraño —llamado Farid y encarnado por Raúl Prieto— en una familia burguesa, lo que termina por desestabilizar la vida de sus miembros. El extraño ha enmudecido, las palabras fijan una realidad que quiere dejar atrás. Un mutismo que paradójicamente provoca la logofrenia de todos los que le rodean. Torrenciales construcciones de palabras que quieren o pretenden justificar ausencias interiores, corrupciones de la propia voz.

Es el caso, por ejemplo, del patriarca, un político inmerso en un caso de corrupción —interpretado por Israel Elejalde— que no duda en retorcer las palabras con tal de amoldar la realidad a su antojo. “Las dos realidades, tanto la del refugiado como la del político, son veraces, ambos sienten que su mundo se desmorona y el lenguaje, o la ausencia de él, es su forma de sobrevivir”. Junto a ellos, Del Arco sitúa sobre las tablas a una cantante de ópera que perdió la voz, una mujer incapaz de encontrar los verbos para conjugar el futuro, una joven (Macarena Sanz) revolucionaria que se revuelve ante las contradicciones paternas y un chaval (Hugo de la Vega) atomizado frente a su consola.

“La primera corrupción aparece en el lenguaje”, recapitula el director. “El poder tiene la palabra y construye el discurso como le conviene, cuando nos dicen que ya hemos salido de la crisis o cuando nos hablan de brotes verdes lo que hacen es intentar justificar la corrupción”. Quizá por ello Refugio evidencia hasta qué punto si algo anhelamos es la posibilidad de una guarida, un lugar desde el que protegernos del ruido ambiente, de esa palabrería constante y torticera que solo el silencio desentraña.