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Samuel Kishi: "Lo que nos va a salvar es la solidaridad y la empatía"

El cineasta vuelve a su propia infancia en 'Los lobos', relato de una madre y sus dos hijos pequeños que cruzan la frontera de México a EEUU en busca de una vida mejor. Premio a la Mejor Película de Generation KPlus en el Festival de Berlín.

'Los lobos'
Un instante en 'Los lobos'.

En EEUU viven 57 millones de latinos. De estos, el 63% −más de 36 millones− son de origen mexicano. Con la pandemia, los migrantes mexicanos se han convertido en una fuerza esencial en el país. No han dejado de trabajar durante el confinamiento ya que se dedican a tareas esenciales en construcción, asistencia doméstica y procesamiento de alimentos. Una irónica paradoja en la era de Trump. Y una especie de recompensa del destino si se tiene en cuenta el durísimo recorrido que muchos de ellos hicieron para llegar allí.

El cineasta Samuel Kishi Leopo fue uno de estos migrantes. Él tenía ocho años y su hermano pequeño, cinco, cuando cruzaron con su madre al otro lado de la frontera. Aunque él volvió a México, donde hoy vive, el recuerdo de aquellos días le ha acompañado siempre y ante los ataques anti migración del gobierno de Trump, quiso poner cara y nombres a los miles de mexicanos que hoy se quedan en el camino o viven experiencias parecidas a la suya, "que dejen de ser números". El resultado es Los lobos, su segundo largometraje.

"El cine atraviesa muros"

Premio del Jurado Internacional a la Mejor Película en la sección Generation Kplus en Berlín y Premio SIGNIS en el Festival de La Habana, la película, en palabras de su director durante el reciente D’A Festival de Barcelona, es una historia de "migración, solidaridad, empatía y de cómo un lugar frío y difícil puede llegar a llamarse hogar".

"En estos tiempos tan difíciles creo que vale la pena invitar a hablar de estos temas, de la solidaridad, de la empatía. Creo fervientemente que esto es lo medular, lo que nos va a salvar −dijo entonces−. El cine vive, atraviesa muros, fronteras y pandemias". Y desde él, Samuel Kishi propone una mirada diferente al drama de los migrantes mexicanos, con su verdad, pero también con una luz de esperanza y mucha humanidad.

Relato autobiográfico

La actriz Martha Reyes y los hermanos Maximiliano y Leonardo Nájar Márquez son los protagonistas de este relato que comienza con el mismo viaje en autobús, en el que mientras la cámara observa el paisaje que va dejando atrás, se escucha la voz de unos de los pequeños que cantan, "cuando el reloj marca las cuatro, las calaveras van al teatro, chumba la cachumba la cachumba la... Cuando el reloj marca las cinco...".

Es Max el que cuenta la historia de ese tiempo de infancia en el que él y su hermano se vieron obligados a asumir responsabilidades de adultos que no les correspondían aún. Desde sus ojos, Samuel Kishi vive el día a día de unos niños semi abandonados en un apartamento miserable, de donde no deben salir hasta que regrese su madre del trabajo. Ni siquiera tienen muebles, no van a la escuela, no pueden tener amigos, viven encerrados, juegan, duermen, malcomen... Pero no pierden la esperanza de que su madre cumpla la promesa que les hizo de llevarles a Disneyland.

Las reglas de la casa

El día a día que Samuel Kish retrata en Los lobos es el que él y su hermano vivieron en la infancia, cuando su madre, en una grabadora Fisher Price, les dejaba cuentos, historias, recuerdos de sus abuelos... y también les enumeraba las reglas de la casa −no salir nunca de casa, no pisar la alfombra con los pies descalzos...− y les ponía lecciones de inglés. "Si me extrañan, prendan la grabadora", les decía.

Unas escenas de animación con los muñecos que dibujan los niños en las interminables horas de espera y la mirada silenciosa a cámara de los personajes –mujeres, niños, hombres...− que habitan ese rincón de EEUU, un espacio para trabajadores, pandilleros, solitarios... completan el dibujo de ese recuerdo que, con los años, no ha cambiado y que sigue siendo igual para los recién llegados.

'Los lobos'
'Los lobos'

Compensar el discurso del odio

Dedicada a su madre, la película también es una especie de ofrenda a los migrantes de hoy. Desde la mirada del pasado, Kishi rememora cómo otros migrantes les ayudaron aquellos días y cómo el proceso que su hermano y él vivieron le ha hecho aprender de la importancia de la solidaridad, de la capacidad del ser humano para adaptarse y de la poderosa fuerza de las mujeres luchadoras, como su madre. Una "mamá" que está en las antípodas de las que se multiplican en el cine de EEUU, siempre amorosas y felices. Una mujer que llega agotada de noche a una ratonera sin muebles y tiene que lavar la ropa de sus hijos, hablar con ellos y ponerse dura porque, en realidad, vive aterrorizada pensando en los peligros que les acechan cuando están solos.

Por todos ellos, Samuel Kishi ha hecho esta película, una obra que se corresponde con su convicción de que los artistas tienen una enorme responsabilidad social. Como cineasta, "tengo que dar un rostro a los números, tengo que intentar compensar el discurso del odio, tengo que ayudar a crear un diálogo y a buscar soluciones a todos estos problemas".