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El triunfo de la raza

El Atlético gana la primera batalla al Liverpool con un derroche de entrega basado en una defensa impecable. Forlán marca el gol y Perea se exhibe como mariscal del área

ANGEL LUIS MENÉNDEZ

Cuando más lo necesitaba, el Atlético apeló a la raza y, con fútbol justo, ganó 1-0 al Liverpool y sueña con la final.

Ambos equipos se retrataron y, de paso, certificaron la condición menor del torneo europeo que reparte las migajas de la Liga de Campeones. Aferrados con desesperación a la esperanza de llegar a la final, españoles e ingleses exhibieron sus mil caras. El conjunto de Quique afrontó la cita como obligado dominador de la escena. Como local, la inercia y la ilusión aventada desde la grada le llevaron a tomar el mando. Sin frescura ni virguerías, el único fútbol lo puso el Atlético. Áspero y sin brillo, pero fútbol al fin y al cabo.

Excepto un puñado de detalles deslumbrantes de Reyes, el resto se ajustó al manual de Quique: dibujo de trazo grueso, presión firme y paciencia para esperar una oportunidad. Esta llegó por la izquierda, en una aparición fugaz de Jurado rematada sin querer, y a la segunda, por Forlán.

El corsé que lucen ambos equipos es tan rígido que ni un gol les despeina. Con viento a favor, el Atlético siguió a lo suyo. Con el resultado en contra , el Liverpool también. El grupo de Benítez justificó su discreta temporada en la Premier y alimentó a los detractores del entrenador español. El agujero dejado por el ausente Torres pareció ayer tan negro como las camisetas de sus compañeros.

Imprecisos, lentos y apáticos, los centrocampistas ingleses, incluso los defensas perdieron la mirada más de una vez en el horizonte, como anhelando la aparición del espectro galopante del Niño. Buscaban una referencia veloz y relampagueante en la cual desahogar, aun a base de pelotazos, el fútbol obtuso y de cuadrículas torcidas.

El guión, inerte, se repitió tras el descanso. El Atlético ajustó una vuelta más las engrasadas tuercas defensivas y, a cambio, buscó con más descaro el contragolpe, su arma favorita. Y para ejecutarlo nombró capitán general a Ujfalusi, rápido e incisivo por la banda derecha. De una carrera del checo nació una ocasión de gol, desbaratado por Reina en un vuelo prodigioso a remate de Simao.

Benítez rebuscó en el banquillo y halló a Babel, un futbolista con bien ganada reputación en la clase media de la Premier. El holandés amagó con revolucionar el partido, pero topó con un Perea. Un muro. El colombiano se olvidó de florituras, fue ganado confianza con el paso de los minutos y terminó en plan kaiser, rebañando balones imposibles a ras de césped, cerrando espacios, despejando sin complicaciones e incluso templando el juego de contención rojiblanco como último hombre.

Bajo la batuta de Perea, la solvencia de la zaga atlética creció hasta convertirse en imprescindible. Para cuando el Liverpool adelantó definitivamente las líneas ya era tarde. El entramado defensivo local había adquirido tal grado de automatismo y precisión, que De Gea, por primera vez desde hace muchos partidos, pasó desapercibido. No se le recuerda ni una parada, ni una salida. Nada de nada.

Ahí fue donde el Atlético miró a la grada y, con un suspiro, atisbó al Kun sentado al lado de su mujer y de su pequeño. Asegurada la imbatibilidad, la orfandad atacante volvió a resultar sangrante. Forlán marcó de carambola y ya no dio una a derechas. Impreciso en los controles, desubicado y con poco fuelle, no fue capaz de aprovechar la ocasión para rematar al Liverpool. Anfield dictará sentencia.