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La inflación se convierte en el enemigo público número uno de la economía mundial

La espiral de precios ya no es pasajera, sino, más bien, estructural, volátil y persistente. En España, alcanzó el 8,7% en mayo y, lo que es peor, con una tasa subyacente del 4,9%. Pero no es un problema genuino de la economía hispana. 

Varios clientes compran en una tienda de comestibles el 10 de junio de 2022 en la ciudad de Nueva York.
Varios clientes compran en una tienda de comestibles el 10 de junio de 2022 en la ciudad de Nueva York. Spencer Platt / AFP

En apenas tres trimestres, desde los meses estivales de 2021, cuando el ciclo de negocios poscovid dejaba la estela de su fulgurante despegue y se alejaba del bienio de gran pandemia con la mayor fase recesiva en tiempos, la inflación ha pasado de ser un espejismo que no había aparecido en cuatro décadas en las potencias industrializadas a ser el nudo gordiano que impide la onda expansiva plena de la economía mundial. Hasta el punto de que la práctica totalidad de las autoridades económicas y monetarias han declarado al IPC el enemigo público número uno. No por casualidad. Sus tasas rozan los dobles dígitos entre las naciones de rentas altas e incluso en varias de ellas se han acomodado ya por encima de esta frontera. Mientras, se desbordan entre los mercados emergentes y en vías de desarrollo y se acentúan tanto con movimientos alcistas de tipos, como en los casos en los que sus bancos centrales siguen sin aplicar acciones concretas, una vez se han superado los 100 días de la guerra de Ucrania.

España, en medio de esta nueva tormenta perfecta del ciclo –una más, tras los contratiempos con las desescaladas sociales y las parálisis económicas, la escalada de los precios energéticos del otoño pasado, los reiterados cuellos de botella comerciales y logísticas y las ruedas de molino que irrumpen sobre las cadenas productivas y de suministro de las empresas– se enfrenta a una subida de la inflación media del 8,1% este año y del 4,8% en 2023 a tenor de los cálculos más recientes, en este caso de la OCDE en su recién publicado World Economic Outlook del verano. De carácter estructural, de especial intensidad y sin límites temporales claros sobre el momento en el que tocará techo, explican en este club de países de rentas altas. Una constante –aclaran a continuación– en los análisis del resto de socios del entorno español, bien europeos o del resto del orden internacional.

España se enfrenta a una subida de la inflación media del 8,1% este año

En mayo, el indicador económico que más quebraderos de cabeza genera al Ejecutivo de Pedro Sánchez –en línea con el de sus homólogos, especialmente europeos–, se instaló en el 8,7%, tal y como el INE había adelantado hace dos semanas, y cuatro décimas por encima del registro de abril, con la tasa subyacente, que excluye de la cesta a los productos alimenticios y los costes energéticos, en otro preocupante 4,9%. Sin acción alguna por parte del BCE, que acaba de relegar a julio su primera subida de tipos de interés, principal herramienta de contención de precios y el objetivo estatutario primigenio exigido por los 18 socios del euro como contraprestación a su cesión de soberanía monetaria a Fráncfort.

En EEUU, el IPC empieza a hacer tambalear la política económica de la Administración Biden tras el mea culpa entonado por la secretaria del Tesoro, Janet Yellen –ex presidenta del Sistema de la Reserva Federal– por no percibir la carga de profundidad que traía la espiral inflacionista, al marcar en mayo una subida del 8,6%, un punto por encima de la de abril, aunque con una ligera corrección de dos décimas en su índice subyacente, que se queda en el 6%. A pesar de las dos subidas, en marzo, del 0,25%, y en mayo, de medio punto, con otras dos de un calibre similar en junio y julio y con el consenso analítico que da por descontado toques alcistas –el resto, presumiblemente de cuarto de punto– en todas y cada una de las reuniones de su Comité de Mercados Abiertos de 2022. Después de las críticas vertidas por un arsenal de reputados expertos –desde Lawrence Summers, secretario del Tesoro con Bill Clinton, hasta Mohamed El-Erian, asesor de AXA, o el ex economista jefe del FMI, Kenneth Rogoff– contra la demora de Jerome Powell en actuar frente a una inflación con un brote tan virulento como desconocido en cuatro décadas.

Todas las grandes potencias, pues, tienen serias dificultades para frenar la escalada de sus IPC a los tres meses del estallido militar ruso en Ucrania. Y la española no es una excepción. La subida más intensa se compulsó en marzo, cuando la tasa general alcanzó el 9,8%, la mayor en 37 años. La perseverancia del encarecimiento de las rúbricas de la energía y los alimentos, impulsadas en gran medida por las secuelas de las sanciones económicas contra el Kremlin y las obstrucciones –de índole geoestratégico, tanto militares, por el curso de la contienda bélica, como económicas– a los flujos de comercio y al suministro de gas y petróleo, ha erosionado las medidas del escudo social del Ejecutivo español. Los 20 céntimos de subsidio por litro de combustible decretados en marzo se han evaporado en tan sólo dos meses y el diésel y la gasolina han superado la barrera psicológica de los 2 euros.

Todas las grandes potencias tienen serias dificultades para frenar la escalada de sus IPC

La espiral inflacionista, pues, va más rápido que los diques de contención. Tanto fiscales, es decir, a cuenta del erario, como monetarios; en especial en Europa, donde el BCE sigue todavía sin mover ficha. Y con signos nada clarividentes porque en España, como en EEUU, sus mercados laborales siguen con notable actividad de creación de empleo –la tasa española ha bajado de los tres millones de parados por primera vez desde 2007, el año que precedió al tsunami que barrió la arquitectura financiera internacional–, al igual que sus sectores de vivienda –las compraventas en junio viven el mayor auge en una década, con alto apetito inversor y la concesión de hipotecas a pleno rendimiento por los aún bajos tipos de interés, con 64.877 operaciones mensuales, según el Centro de Información Estadística del Notariado– o los beneficios empresariales. Señales todas ellas de bonanza de los ciclos económicos que, sin embargo, pueden alterarse con una inusitada fuerza por la galopante inflación.

A diferencia de EEUU, el PIB español evoluciona a un ritmo que certificaría un crecimiento anual del 4%. Mientras el estadounidense se tambaleó en el primer trimestre del año, al registrar una contracción anualizada del 1,4% y soportar un receso de 4 décimas respecto al último tramo de 2021, entre octubre y diciembre, y hay voces que auguran una recesión técnica. Si no este año, en 2023 o, a lo sumo, en 2024. Sin embargo, el motor hispano continúa en aceleración, en gran parte por el combustible de los fondos europeos, y pese a que el alza del crudo se ha traducido en una subida de la gasolina en mayo respecto al año pasado del 23,5%, y del 33,9% en el caso del diésel, según revela el INE, que también constata el encarecimiento de todos los alimentos, excepto legumbres y hortalizas. El aceite de oliva sube un 36,5%, la pasta un 27,9%, la harina un 25,5%, los huevos un 25,3%, la leche entera un 16,7% y los alimentos para bebé un 15,5%.

¿Hay luz al final del túnel inflacionista?

La preocupación por la escalada de los precios es honda. Biden la ha tildado de "gran pesadilla" de los tiempos actuales, los economistas la declaran la mayor enemiga del ciclo poscovid y la vicepresidenta económica, Nadia Calviño, apela a su contagio universal –con 11 de los 18 socios monetarios europeos con índices más altos que el español, que apenas se sitúa ligeramente por encima del promedio del club del euro– y a sus efectos exógenos, fruto de unas materias primas en fase galopante por la contienda en Ucrania. Eso sí, Calviño evita eludir el carácter pasajero que sus colegas económicos y sus homólogos monetarios utilizaron, como ella, en las primeras semanas tras el estallido de la guerra.

Eurostat refleja que los tres socios bálticos –Estonia, con un 20,1%; Lituania, un 18,5% y Letonia, un 16,4%– todos altamente dependientes del gas ruso, marcaron los mayores saltos en mayo, por delante de Eslovaquia (11,8%), Grecia (10,7%) y la siempre neoliberal Holanda (10,2%) en dobles dígitos. Con Bélgica a punto de pasar el Rubicón (9,9%), al igual que Luxemburgo (9,1%) y España en un pelotón con tasas del 8% entre los que se encuentran Chipre (8,8%) Alemania y Eslovenia (8,7%) en décimas por encima e Irlanda (8,2%), Portugal y Austria (8,1%) ligeramente por debajo. Italia, con un 7,3% y Francia, con un sorprendente 5,8% ofrecen mejores fuerzas de contención de un IPC general de la zona del euro que repuntó un 8,1% y al que le catapultó la energía.

Las hostilidades bélicas han roto toda esperanza de una rápida contención de los precios

La OCDE también constata que la inflación es un asunto sistémico, de interés universal, y ligado a un clima bélico que entorpece el ciclo de negocios: "Antes de la guerra, la economía global iba viento en popa y en una ruta clara hacia la recuperación de la crisis sanitaria de la covid, no sin incertidumbres", aclara su informe. Pero las disrupciones por el conflicto armado y el cierre de la actividad en varias capitales chinas por la política de covid cero sobre las cadenas de valor de las empresas han entorpecido su velocidad de crucero. Hasta el punto de rebajar la previsión del dinamismo del PIB global a "alrededor del 3% tanto este año como en 2023" respecto de sus predicciones de diciembre. "Con retrocesos de actividad marcados en casi todas las economías" por las subidas de las materias primas, que añaden presiones inflacionistas y reducen el poder de gasto y la capacidad de ingresos de los hogares, así como por las estrategias de inversión de las empresas en una atmósfera financiera con mayores dificultades de acceso al crédito por la subida de tipos de interés, matizan sus expertos.

Por si fuera poco, la luz al final del túnel sigue sin aparecer a simple vista. Las hostilidades bélicas –dice el estudio de la OCDE– han roto toda esperanza de una rápida contención de los precios y la cotización de los alimentos y de la energía continuará revalorizándose por los cuellos de botella productivos y de suministro, lo que implica que los IPC, que superan registros de hace 40 años en Alemania, Reino Unido y EEUU, "tardarán más tiempo en tocar techo". Sobre todo, con unos incrementos de los tipos de interés a lo largo de todo el ejercicio a uno y otro lado del Atlántico que deberían tener efectos a lo largo de 2023. En la jerga económica al uso una subida de medio punto del dinero manifestaría su capacidad de contención de la inflación entre tres y seis meses, según la corrección que debe acometer.

La percepción en el mercado americano es que el nuevo repunte del IPC en mayo acaba con las esperanzas de que el Sistema de Reserva Federal pueda evitar un frenazo brusco de la economía, motivo que ha dejado el sentimiento de los consumidores en un nivel históricamente bajo y alerta sobre el parón del mercado inmobiliario. Si bien pueden sobrevenir unos meses, los de verano, de cierta tregua a la espera de que la economía china vuelva a tirar en la segunda mitad del año, una vez superadas las restricciones sociales en sus grandes capitales, hasta elevar la demanda energética y de otras materias primas con el invierno ya en el horizonte, cuando se pondrán a prueba los inventarios de gas y crudo en EEUU y Europa y las hipotecas hayan restablecido sus intereses. Instante en el que economistas como Paul Krugman creen que se habrá instalado la estanflación en Europa y EEUU, donde el 70% de los inversores ya lo dan por descontado, según encuestas del mercado.

Economistas como Krugman creen que el próximo invierno se habrá instalado la estanflación en Europa y EEUU

En junio, el Índice Michigan de sentimiento del consumidor cayó 8,1 puntos, hasta el nivel 50,2, el más bajo desde que se hace el sondeo, avanzan sus datos preliminares, mientras el del sector inmobiliario, de ventas de viviendas, empieza a mermar. En nada menos que 7,9 puntos, hasta el peldaño 55,4 –otro dato históricamente reducido– y el de expectativas de la economía lo hace en 8,4 puntos y lo sitúa en el estadio 46,8 muy por debajo de la frontera de los 50 que marca la actividad de la recesión y el bache más profundo desde mayo de 1980. En medio de un consenso relativo de que la inflación empezará a remitir, tímidamente, en octubre, con un 8%, tras marcar alzas del 8,8% aún en agosto y septiembre.

En Europa, el primer ministro italiano, Mario Draghi –expresidente del BCE– pidió no caer en el pánico y sugirió que la escalada inflacionista en Europa no necesariamente significa que su PIB esté sobrecalentado; todo lo contrario, matizó. Antes de apelar a esperar hasta comprobar el impacto del endurecimiento de la política monetaria del euro, con las primeras subidas en más de diez años, un viraje que inició el propio Draghi para salvar la moneda única de la crisis de la deuda, en 2012. En esta línea, Philippe Waechter, jefe de investigación económica de Ostrum AM –gestora afiliada de Natixis Global Asset Management– opina que "el cambio de rumbo del BCE penalizará a España e Italia especialmente" porque sus economías seguían estelas de notable intensidad debido a los recursos europeos y el dinamismo de sus demandas internas. Aunque Konstantin Veit, gestor en PIMCO, considera que la fase alcista del BCE se acabará con las dos subidas de medio punto de julio y septiembre para seguir potenciando el vigor, pese a que la inflación se mantendrá alta todo el año.

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