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UE La eurozona vuelve a ejercer de 'enferma económica mundial'

La zona del euro retorna a la inestabilidad. Su economía revela una anemia cuyo origen se detecta en Alemania, que ha sorteado la recesión a duras penas, e Italia, que ha entrado en ‘números rojos’. El parón se aprecia en el sector exterior y en la industria. Pero también en la caída de las expectativas empresariales y se agudiza por el final de los estímulos monetarios del BCE, la menor capacidad de compra de economías que pierden fuelle como China y las tensiones por la guerra comercial.

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Monedas de dos euros, en una imagen de archivo. / REUTERS - LEONHARD FOEGER

Europa vuelve al quirófano. Aquejada de su mal endémico. Falta de dinamismo. Retorna a un diagnóstico que le suena familiar. La estanflación, anemia económica con un riesgo potencial de caída de precios, más a medio plazo, cuando el parón de actividad traslade sus efectos sobre la competencia del comercio, las inversiones empresariales y un esperado e indeseable repunte del desempleo.

La última radiografía de este escenario parte de las mismas instancias europeas. El reciente informe de la Comisión Europea dibuja un panorama de baja intensidad económica. De ralentización. La zona del euro apenas crecerá un 1,3% este año, seis décimas por debajo de su última revisión coyuntural. Y con dos de sus locomotoras gripadas. Alemania, su mayor PIB, al borde de la contracción, e Italia, la tercera economía de la unión monetaria, en números rojos.

El dictamen invernal de Bruselas advierte que el área del euro está sometida a “substanciales riesgos”. La mayor parte de sus socios -alertan sus expertos- “han perdido repentinamente la estela de su potencial de crecimiento, debido, en gran medida, a un ambiente externo de bajo dinamismo global y alta incertidumbre por las políticas proteccionistas en materia comercial y en los flujos de inversión internacionales”.

En este punto, cita expresamente el delicado episodio por el que atraviesa la economía china. “Su actividad ha podido caer más drásticamente que lo que preveían las predicciones privadas y anticipaban los responsables económicos de la segunda potencia del planeta”. Y a EEUU: “el peligro de un abrupto desequilibrio fiscal ha aumentado; sobre todo, de cara a 2020”, con el agravante de añadir más endeudamiento a una nación que navega en un “mar de deuda”, tal y como advierten voces del mercado en las últimas semanas. Pero la amenaza también procede de su mercado interior. “Hay nubes en el horizonte europeo”, explica. En concreto, las preocupaciones del Ejecutivo comunitario apuntan a las tensiones en ciertas sociedades civiles -las protestas de los chalecos amarillos en Francia especialmente”, a la incierta estabilidad presupuestaria -apartado en el que cita expresamente a Italia- y a la súbita debilidad manifestada en los últimos meses por la industria automovilística alemana, uno de los indiscutibles motores de su sector exterior y de su demanda interna. Además, obviamente, del callejón sin salida al que está conduciendo el brexit. Con una economía, la británica, que no está preparada para un divorcio duro, según Chancellor of the Exchequer, Philip Hammond, mientras se agudizan las fugas masivas de entidades financieras y firmas de otros sectores productivos.

Un empleado de Mercedes Benz en una fábrica en Rastatt (Alemania). / REUTERS - KAI PFAFFENBACH

Alemania inicia el aterrizaje

La Comisión asegura que Alemania ha sorteado la recesión. Con un repunte de dos décimas de su PIB entre octubre y diciembre. Una escalada frágil, que también asume su oficina estadística, que habla de un “ligero” crecimiento en el último trimestre de 2018, a la espera de que revele su informe, la próxima semana. Para el conjunto de este ejercicio, Bruselas augura un aumento del 1,1% y de siete décimas más en 2020. La dinámica trimestral “se mantuvo por debajo de sus ritmos de su ciclo de negocios, como consecuencia de la fuerte moderación de la demanda y de la paralización de las ofertas de trabajo”. Una hoja de ruta que también suscribe la patronal DIHK que, sin embargo, reduce hasta el 0,9% su previsión para este año.

Sea cual sea la predicción más acertada, lo cierto es que la salud económica de Alemania se ha resentido. Porque la locomotora europea llegó a pararse en los meses de verano, como advirtió Eurostat, la oficina estadística de la UE. Cuando su actividad productiva retrocedió dos décimas. Entre julio y septiembre. Una contracción que nadie esperaba. Técnicamente, pues, el PIB germano ha eludido la recesión, que requiere de dos trimestres consecutivos en números rojos, en un periodo, el último de 2018, tradicionalmente más débil por razones estacionales; con caídas de empleo por el parón climatológico de la construcción. Pero Alemania está en serios problemas coyunturales. Porque su economía, muy asentada en su poderoso sector exterior, ha mostrado su vulnerabilidad, desde el pasado verano, a una triple tensión geoestratégica: la crisis presupuestaria auspiciada por Italia, que amenaza con desestabilizar la coyuntura del euro; la guerra comercial desatada por EEUU, que ha mermado el ritmo de la industria y del poderoso sector exterior germano y las dudas sobre el brexit. Amén de las embestidas procedentes de los mercados emergentes, en especial, para los intereses alemanes, la debilidad de la lira turca.

Aunque la contracción germana del periodo estival y el débil crecimiento otoñal también estuvo marcada por cuestiones de orden interno. Las discrepancias en el tripartito que gobierna desde Berlín -conservadores, socialdemócratas y social cristianos- se han acentuado con el anuncio de la canciller Angela Merkel de renunciar a un quinto mandato. Decisión que surgió después de las sucesivas pérdidas de apoyo social de su formación, la CDU, en las últimas citas electorales en varios länders y, de forma colateral, la de su formación hermana, la CSU, en los comicios de Baviera, su coto histórico y el semillero de su poder tradicional en los gabinetes conservadores federales. Tendencia de la que no han logrado zafarse los socialdemócratas del SPD.

Los analistas inciden en la gravedad del motor alemán. Desde el servicio de estudios de ING, por ejemplo, se dice que el diagnóstico de la coyuntura germana es más que serio y que la visión de Consejo de Expertos Económicos que asesora a Berlín han pasado de repente a ser demasiado optimistas. De alguna manera, el máximo organismo económico del gabinete de Merkel, admite su error de cálculo. Su presidente, Christoph Schmidt, acaba de decir que Alemania se enfrenta a “importantes decisiones en materia de política económica ante las incertidumbres sobre el futuro orden global que dañarán la estabilidad del ciclo de negocios”. Entre las incógnitas, Schmidt, autor del último informe de situación de esta institución, menciona el brexit, Italia, la guerra comercial de la Administración Trump, la crisis monetaria en los mercados emergentes y la batalla demográfica en su país por el envejecimiento de su población. “La suma de todos estos componentes temporales están reduciendo la capacidad de producción” alemana, explica.

El PIB alemán renquea desde el verano por la crisis presupuestaria italiana, la guerra comercial, la debilidad de su sector automovilístico, las dudas sobre el brexit y las embestidas de los mercados emergentes

Donde primero se ha constatado la ralentización ha sido en el sector exterior. Las exportaciones alemanas se contrajeron ocho décimas ya en septiembre y las ventas de automóviles made in Germany han sido el epicentro del retroceso exportador, que suma ya cuatro de los últimos seis meses en números rojos y ha retraído la confianza empresarial en el país. Gran parte del músculo del sector exterior alemán lo aportan los gigantes de la automoción, como Mercedes o BMW. Y esta industria ha descendido sus beneficios operativos durante los tres meses de verano en un 27% por el aumento de la competencia en los mercados globales y los cambios en los mapas arancelarios provocados por la guerra comercial de Trump. El alza arancelaria a China también es motivo de preocupación para BMW, el Grupo Wolkswagen o Mercedes Daimler, que fabrican en el gigante asiático varios de sus utilitarios. Al igual que las políticas medioambientales de la UE, con las que Europa pretende reducir las emisiones en un 30%. Este crisol de factores ha influido en la contracción de una décima de la producción del sector automovilístico alemán. Y está detrás del sombrío panorama que también describen el FMI o la OCDE. E, incluso, el BCE, que ya atisba dificultades para iniciar la escalada de tipos. Sobre todo, si el derrape fiscal de Italia sobrepasa el 3% este año. O si la crisis del Deutsche Bank, que el FMI llegó a catalogar como la mayor amenaza sistémica en 2017, se acentúa con la causa judicial por presunto blanqueo de capitales que acaba de emprender la Justicia alemana. El Deutsche Bank tiene amplios intereses accionariales procedentes de sectores industriales y manufactureros alemanes, ostenta vínculos próximos al poder ejecutivo federal y de varios länders, y ha emprendido en los últimos años negociaciones dirigidas a consumar una fusión tanto con entidades financieras nacionales como europeas.

La encrucijada italiana

Más grave es aún la coyuntura italiana. Su PIB está en contracción de dos décimas, asegura la Comisión, que achaca este retroceso a las turbulencias políticas, a los altos costes financieros y a las tensiones presupuestarias entre los socios de su coalición de gobierno, la ultraderechista Liga Norte y el movimiento Cinco Estrellas. En el caso italiano, la recesión es técnica. Su agencia estadística, Istat, reveló que, en el trimestre precedente, la actividad descendió una décima, y que el deterioro se iba a agudizar. Desde Istat afirman que el PIB “refleja un empeoramiento del conjunto de la industria, con una aportación negativa de la agricultura” y proclama un horizonte de “estancamiento”. Sobre una economía a la que los inversores has puesto ojo avizor, porque sus carteras de capital oscilarán, en un sentido u otro, en función de cómo se resuelva el dilema presupuestario con Bruselas. La confianza empresarial se ha resentido ante las escasas opciones de que haya un consenso sobre las cuentas públicas italianas.

La recesión italiana se suma a la fragilidad de un sistema bancario que ha adquirido deuda del país por valor de 1,5 billones

“La entrada en recesión dañará la actividad y la creación de empleo que, aunque a cuentagotas, había reducido la tasa de paro al 10,3% en diciembre, al menos en la primera mitad del año”, enfatiza Nicola Nobile, economista en Oxford Economics, para quien la intensidad de la caída dependerá también “de si la economía de la zona del euro continúa en tasas tan decepcionantes. Calificativo que emplean en BofA Merrill Lynch Global Research. Su servicio de estudios señala que la capacidad de atracción de inversiones del exterior “se ha contraído” como deja constancia la ralentización industrial de diciembre y de enero. “Estamos nerviosos”, admiten, porque “las posibilidades de estabilización coyuntural en primavera no son muy halagüeñas” y se aprecia “un deterioro de los mercados laborales” en un momento de cierta recuperación de la capacidad de compra y de ahorro de las familias y de las cuentas de resultados de las empresas. Además, y a diferencia del bienio 2015-2016, el estímulo de China hacia las exportaciones alemanas, que ayudó a revitalizar el dinamismo germano, y el final del programa de compra de deuda soberana y corporativa por parte del BCE, “ya no ayudarán a la locomotora alemana”.

Pero el mayor de los escollos es la deuda. En especial, la italiana. Todo desajuste adicional del presupuesto repercutirá irremediablemente sobre unas necesidades de financiación de 1,5 billones de euros, cifra en la que se evalúan los activos en poder de la banca del país que ha adquirido deuda en los últimos años. Además de los 425.000 millones adicionales en poder de entidades alemanas, francesas o españolas. De momento, no hay efecto contagio. A tenor del diagnóstico del BCE. Pero todo dependerá de rumbo que tomen las medidas del Ejecutivo de Roma, dentro de una lucha por repercutir en el presupuesto los costes millonarios de sus respectivos compromisos electorales. A los que ninguno de los partidos está dispuesto a renunciar. La conexión entre una economía débil y un sistema bancario frágil, por mucho que haya reducido el nivel de sus activos tóxicos, tiene un efecto pernicioso: la entrada en un círculo vicioso. De crisis.

Vacas flacas para el resto de socios

El informe de Bruselas también reduce, una décima, la previsión de crecimiento para España. Al 2,1% este año y al 1,9% en 2020. Además de alertar a Moncloa del amontonamiento de la deuda, que podría alcanzar el 107% del PIB en 2029 si no se acometen reformas estructurales y, muy en concreto, cambios de calado en el mapa impositivo. Un riesgo alto de desequilibrio financiero que también presentan Bélgica, Francia, Hungría, Portugal y Reino Unido. Además de Italia.

Bruselas alerta sobre el alto nivel de endeudamiento en España, a la que pide reformas estructurales

Aun así, el servicio de estudios de BBVA considera que la ralentización mundial y europea sólo restará una décima al dinamismo actual. Hasta situar el ritmo en el 2,4%, dos décimas más que el dato oficial del Gobierno. En cualquier caso, tanto el Ejecutivo comunitario como los expertos del BBVA coinciden en que la subida del salario mínimo decretada por el Gabinete de Pedro Sánchez mermará en 60.000 empleos a corto plazo, y en unos 160.000 en un horizonte más lejano, a la creación de puestos de trabajo, sin que ello signifique un aumento de la tasa de desempleo. El banco cifra en seis décimas el derrape presupuestario que obtendrían las medidas del Ejecutivo español, con independencia de si se aprueba o no el programa económico que han vetado tanto ERC como el PDCAT en el Congreso, entre las que cita no sólo la subida del salario mínimo, sino también la de los sueldos de los funcionarios. En concreto, precisa que el déficit, sin estas nuevas iniciativas, se quedaría en el 2,1%, frente al 2,7% al que conducirá su entrada en vigor.

La Comisión y el Ecofin también ponen en el punto de mira la debilidad inicial de las economías de otros socios como Francia u Holanda, que están detrás de la pérdida del sentimiento inversor en la zona del euro, especialmente en el sector industrial y de servicios. Este indicador ha caído hasta el nivel 106,2 en enero, el más bajo de los últimos dos años, y que amenaza con extenderse en estas tasas a lo largo de todo 2019.