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20 años de botellón

La polémica sigue rodeando a las concentraciones de jóvenes donde se bebe alcohol, un modelo que se ha exportado a otros países

ANTONIO GONZÁLEZ

En octubre de 1991, hace ahora poco más de 20 años, la Policía tuvo que hacer frente a serios disturbios en Cáceres después de que la gobernadora civil, Alicia Izaguirre, decidiera adelantar el horario de cierre de los bares. La reacción de los jóvenes, una vez sofocados los desórdenes callejeros, consistió en sortear la prohibición empezando a beber en grupo en lugares públicos, sin estar sujetos a control y obteniendo además la bebida a precios más asequibles. Acababa de nacer el fenómeno del botellón, que tiene como antecedente inmediato la cultura de la litrona de los años ochenta. A partir de ahí el fenómeno se fue extendiendo por el resto de Extremadura y España, y hoy los expertos coinciden en que se trata ya de un patrón de consumo de alcohol que ha traspasado fronteras.

Veinte años después de su aparición, el botellón sigue preocupando a las autoridades y a los expertos que ven en el fenómeno, en el primer caso, un foco de conflictos y quejas vecinales y, en el segundo, una posible puerta de entrada de los más jóvenes a un consumo intensivo de alcohol que puede generar dependencia en el futuro, así como un primer contacto con drogas ilegales. Pero el botellón también configura un ambiente que favorece las relaciones interpersonales entre jóvenes en un contexto de libertad, fuera de las aglomeraciones y el ruido de los bares de copas, y no en todos los casos equivale a consumo intensivo de alcohol, aunque una mayoría de los asistentes suele encuadrarse en este patrón de ingesta.

A la hora de abordar el fenómeno, los expertos señalan que las autoridades se han centrado hasta ahora en el problema social, creando, por ejemplo, botellódromos fuera del centro urbano como ha ocurrido en Andalucía, pero han dejado de lado el problema de salud que supone el consumo intensivo de alcohol que suele darse en el marco de este fenómeno social.

En este sentido, como resalta la vicedecana de la Facultad de Psicología de la Universitat de Valencia, María Teresa Cortés, una de las expertas que más ha estudiado el fenómeno, "la manera más frecuente" de beber en el botellón "es hacerlo de forma intensiva", si bien "también hay, aunque son minoría, jóvenes que consumen en niveles inferiores". Se entiende que hay consumo intensivo cuando la ingesta supera en chicos los 60 gramos de alcohol puro (tres cubatas o seis cervezas) y en chicas los 40 gramos (dos cubatas o cuatro cervezas) en un periodo de entre dos y tres horas. Además, este tipo de ingesta no sólo se da en el botellón callejero, sino también, sobre todo en los meses de invierno, en los pisos de estudiantes.

Las razones que los jóvenes esgrimen para hacer consumo intensivo difieren según la edad. Según un estudio dirigido por Cortés en 2008 con el apoyo del Plan Nacional sobre Drogas, los universitarios citan el ahorro económico, el tratar de huir de las "aglomeraciones" de los pubs y el controlar la calidad de la bebida para evitar el temido garrafón. Los adolescentes se centran más en motivos lúdicos como divertirse con sus amigos, "desconectar" o "relacionarse más fácilmente".

Esta experta, miembro de la Sociedad Española de Estudios sobre el Alcohol, el Alcoho-lismo y otras Toxicomanías (Socidrogalcohol), recuerda que la ingesta intensiva supone un "riesgo real" de generar dependencia si este comportamiento se repite dos o más veces en un mes, algo que "se supera con creces" según sus estudios, que indican una frecuencia de cuatro a ocho veces al mes.

Sobre las repercusiones del consumo intensivo, Cortés recuerda que los últimos estudios científicos en el ámbito de la neuropsicología apuntan a "déficits claros en memoria, aprendizaje, atención y velocidad de procesamiento de la información". Asimismo, incluso pueden llegar a apreciarse, gracias a técnicas de imagen, "diferencias estructurales" en el cerebro entre quienes beben de forma intensiva y quienes no lo hacen. En este contexto, Cortés critica que el fenómeno del botellón sólo se haya abordado hasta ahora atendiendo a los posibles problemas sociales que genera, como las molestias para los vecinos, mientras que se he dejado de lado la óptica de la salud.

Desde el ámbito de la sociología, uno de los primeros expertos en estudiar el fenómeno desde sus orígenes, el profesor de la Universidad de Extremadura Artemio Baigorri, reconoce que "durante años, los ayuntamientos miraron para otro lado", sobre todo porque en la segunda mitad de los noventa, durante la etapa de Gobierno de Aznar, "nadie quería enfrentarse a los jóvenes" por el creciente peso del voto de este colectivo.

Tras años de medidas, Baigorri ve más factible establecer espacios para el desarrollo del botellón, como ha ocurrido en Extremadura y Andalucía, que su represión. No obstante, considera que son necesarias otras medidas como un "control exhaustivo y sistemático" de las tiendas de conveniencia, sobre todo ante el riesgo de venta de alcohol a menores, así como más intervenciones en el ámbito educativo y más restricciones a la publicidad de este tipo de bebidas para contrarrestar "el peso mediático" del lobby formado por las multinacionales del alcohol. En cualquier caso, Baigorri cree que el botellón debe encuadrarse en una cultura donde el alcohol está muy presente en la sociedad "como factor relacional" también en el mundo de los adultos.

En este contexto, el botellón constituye un "espacio de socialización" y un modelo "más light" que el patrón anglosajón y de los países suramericanos, "donde se toman bebidas duras hasta caer redondos". Por eso es, a la vez, más exportable y ha llegado a países como Francia o Suiza. "La gente no va a beber al botellón, va a estar en el botellón", matiza. A juicio de este profesor, el botellón no supone más riesgo de dependencia del alcohol que los bares de copas o las terrazas.

Por último, la aparición de las redes sociales no sólo ha potenciado el fenómeno, ya que facilitan la organización de los botellones, sino que suponen un nuevo medio para enviar mensajes que permitan minimizar los riesgos, según destaca por su parte Mari Carmen Lerín, técnico de la Fundación Atenea. "La idea es que si lo vas a hacer, hazlo bien", explica Lerín, que tiene claro que "el 90% de los jóvenes no van al botellón a emborra-charse ni a llegar al coma etílico, sino a conocer a otros, a divertirse y a escuchar la música que les gusta", ya que supone "una forma de relación muy potente". En cuanto a las medidas a tomar, Lerín sostiene que hace falta "reflexionar" sobre la cuestión, sobre todo en lo que tiene que ver con los menores, pero no cree que la prohibición sirva: "Prohibir sólo consigue la rebelión".

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