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Entrevista a Juca Kfouri "En Brasil ahora vamos a estar atemorizados por el policía que vigila la esquina de nuestra calle"

El cronista deportivo y sociólogo analiza la victoria de Bolsonaro en Brasil y el auge de la extrema derecha.

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Fotografía de Juca Kfouri

Una semana después de que el excapitán del Ejército, Jair Bolsonaro, se haya convertido en el primer presidente de extrema derecha tras la redemocratización de Brasil, hablamos con el cronista deportivo y sociólogo, Juca Kfouri. En sus columnas futbolísticas se puede aprender más de política que en la sección de Nacional de cualquier periódico brasileño. En el país do futebol, Kfouri nos ayuda a entender el fenómeno Bolsonaro.

Al eterno país do futebol hoy no se lo mira por sus goles, ni por sus cinco estrellas estampadas en la camiseta verde-amarela. Brasil anda falto de Pelés, y de Romarios, y mucho más de jugadores como Sócrates que pasó a la historia en 1984 cuando prometió ante su querida hinchada corinthiana que no jugaría en ningún estadio brasileño hasta que su país volviera a ser democrático. Estos días el mundo entero mira a Brasil por su política.

Esta vez no es por el cuestionado impeachment que sacó del poder a la presidenta Dilma Rousseff en agosto de 2016, dando carpetazo a trece años de gobiernos del Partido de los Trabajadores (PT). Tampoco por la entrada en prisión el pasado mes de abril -tras otro cuestionado juicio- de quien hace diez años fuera el presidente más querido por los brasileños: Luiz Inácio Lula da Silva. Hoy todos los ojos están sobre Brasil por otro mandatario que no podría existir si todo lo anterior no hubiera sucedido: Jair Bolsonaro.

Una semana después de que un excapitán del Ejército se haya convertido en el primer presidente electo de extrema derecha tras la redemocratización del país, hablamos con un cronista deportivo. En las columnas futbolísticas de Juca Kfouri se puede aprender más de política brasileña que en la sección de Nacional de cualquier periódico.

Si a Jorge Valdano le llaman “el filósofo”, a Kfouri se le podría llamar “el sociólogo” y acertaríamos de pleno, porque sus años universitarios los dedicó a la Sociología. El periodismo vino después. Siempre unido a la sección de Deportes, de fútbol concretamente, como cronista, como jefe de redacción de revistas míticas como Placar, como comentarista televisivo. “Nunca miré el fútbol como una cosa que se restringe a las cuatro líneas que marcan el campo, sino como un fenómeno de la idiosincrasia de mi país”, nos dice. Una pausa de unos segundos y sigue: “Siempre pensé que el periodismo se distingue por intentar hacer un mundo mejor. Por lo tanto mi mirada del fútbol más que política es libertaria”.

Este viernes festivo en Brasil, Día de Todos los Santos, Juca Kfouri accede a atendernos telefónicamente. Dice que le pillamos en medio de la escritura de su columna del lunes para la Folha de Sao Paulo. Pero de eso hablaremos después. Empezamos a comentar la que publicó el día antes sobre el último acontecimiento político de la semana: el anuncio de que el juez Sergio Moro -el mismo magistrado que llevó a la cárcel a Lula da Silva- pasará a ser el nuevo ministro de Justicia del futuro gobierno Bolsonaro.

Usted ilustró la noticia con un partido de la Copa de Libertadores de 1981. Cuéntenos mejor.

(Risas) Se considera uno de los partidos más robados de la historia de nuestro fútbol. Se disputaba un puesto para entrar en la fase de grupos de la Libertadores del 81. En el campo estaban el Atlético Minero contra el Flamengo, y el árbitro que curiosamente se apellidaba Wright, al que yo empecé a llamar “Wrong”, expulsó a cinco jugadores del Atlético sin ningún motivo, y el Flamengo ganó. Lo que decía en mi columna es que ahora nos imagináramos que después de lo que hizo Wright, el Flamengo le contratara como nuevo presidente del equipo. ¿No sería el colmo de la vergüenza? Bueno, pues eso es lo que ha hecho Bolsonaro con Moro. Después de que el magistrado le quitó de en medio a su mayor enemigo -Lula-, que tenía amplia ventaja en los sondeos electorales, va Bolsonaro y le llama para el ministerio de Justicia. Todo es tan escandaloso que el propio Bolsonaro reconoció esta semana que Moro le había ayudado a ganar las elecciones, y ahora le da su recompensa. Y va Moro y acepta, es algo increíble.

En España lo que ha resultado increíble es que un tipo como Bolsonaro haya ganado las elecciones en Brasil. ¿Cómo lo explicaría?

Me resulta raro que que después de la victoria de Donald Trump en Estados Unidos, del Brexit en Inglaterra, de Salvini en Italia, sorprenda tanto que esto también haya sucedido en Brasil. Creo que estamos ante una onda no sólo de extrema derecha sino de individualismo mundial, donde las personas miran su propio ombligo, no están interesadas en escuchar argumentos que antes eran supuestamente imbatibles. Quién iba a pensar que se podría votar a alguien que defiende abiertamente la tortura. A la gente no le interesaba saber si Bolsonaro era homófobo, misógino, si acosaba o no a las mujeres, la respuesta que más se escuchaba era “me interesa que cuide de la seguridad y que vuelva a mover la economía”. Todo lo demás les daba igual, y no aceptaban discusión.

¿Pero cómo se ha llegado a ese punto?

Son varios factores, pero el primero a tener en cuenta, y para mí lo que le ha hecho ganar las elecciones, es el antilulismo radical que domina el país y que se ha convertido en una fuerza muy poderosa. Es curioso cómo un presidente que sacó a cuarenta millones de personas de la extrema pobreza, que colocó a su país como la quinta economía mundial hoy sea un villano para buena parte de la población. Lula ha sido brutalmente estigmatizado por los medios de comunicación como jefe la corrupción brasileña. El juez Moro ha hecho de la operación Lava Jato -escándalo de desvíos millonarios de la estatal Petrobras a políticos de diversos partidos del país- una suerte de la italiana operación Manos Limpias que acabó con un tipo como Silvio Berlusconi al mando de Italia. Este magistrado ha revestido de una apariencia de justicia la prisión de quien era el precandidato presidencial favorito en las encuestas. Si te digo la verdad me preocupa más la situación de la Justicia en mi país que ese 55% que ha votado en Bolsonaro.

¿Y cómo es esa situación?

Te puedo asegurar que no soy petista, es más he hecho críticas duras al PT. Creo que los gobiernos de Dilma fueron malísimos, pero al mismo tiempo puedo ver claramente que con ese impeachment fue víctima de un golpe mediático y parlamentario porque no se respetaron las leyes. Con Lula ha pasado lo mismo. Ha sido encarcelado injustamente, sometido a una violencia judicial brutal que le ha condenado con falta de pruebas, apenas con “indicios y convicciones” que dijo el propio fiscal del caso, Deltan Dallagnol. Todo eso gracias al apoyo de los medios que han fomentado ese antilulismo que en el fondo esconde un odio de clase. Así que el resumen es devastador porque el poder Ejecutivo está desmoralizado. Por el Legislativo pasó un tsunami de corrupción y ahora vemos una metamorfosis hacia un congreso extremadamente autoritario. A ello hay que sumarle la pérdida de respeto al poder Judicial que en este país tiene partido y milita por la derecha.

También ha habido un fenómeno curioso de votantes de Lula que se pasaron a Bolsonaro.

Sí, es cierto. Hay un sociólogo que ahora no recuerdo el nombre que dice que Bolsonaro tiene características muy parecidas a las de Lula, aunque orientadas a la extrema derecha. Bueno, y también a una población más amplia porque es evidente que ese 55% que le votó no es todo de extrema derecha. Pero ambos tienen eso de “Yo me identifico con…”. Dicen cosas exageradas, a veces son demasiado sinceros, pero son representativos, es decir, todos conocemos a un Bolsonaro como todos conocemos a un Lula. Aunque miren a lados opuestos, los dos consiguen que la gente se sienta identificada con ellos.

Se dice que los brasileños han vivido las elecciones casi como hinchadas de fútbol enfrentadas. ¿Qué partido las ilustraría?

La política en Brasil se está viviendo como un Fla-Flu que es el clásico más hermoso de todos los tiempos: Flamengo contra el Fluminense. Un partido que ha sido cantado y narrado por decenas de artistas, pero a mí me gusta especialmente lo que decía el dramaturgo Nelson Rodrigues de que el Fla-Flu se inventó cuarenta minutos antes de la nada. Hoy el antipetismo es uno de esos dos equipos, y el otro está representado por una izquierda más amplia que no necesariamente tiene que ver con el Partido de los Trabajadores, sino que está unida por la defensa de la libertad. Pero estos ánimos radicalizados no son un fenómeno exclusivo de Brasil, tienen más que ver con las redes sociales. En las elecciones de Trump en Estados Unidos las redes también tuvieron un papel clave, y la sociedad quedó dividida, con familias y amigos que dejaron de hablarse, igual que aquí. Ese es el nivel de intolerancia al que nos enfrentamos.

La relación que tiene Bolsonaro con los medios, a quienes les ha declarado la guerra, también sigue el estilo de Trump. Esta semana dijo que para él Folha de Sao Paulo era un “periódico muerto”.

(Risas) Precisamente estaba escribiendo ahora mi columna del lunes en la Folha sobre ese tema. Digo que es mi primer experiencia de escribir en un periódico muerto, que es una columna que se hace psicografada (más risas). Ahora en serio, mi iniciación en el periodismo fue bajo la censura porque empecé a trabajar en 1970, en plena dictadura. Escribía con seudónimo, a veces no firmaba, aprendí a driblar a censura escribiendo entre líneas. La novedad de lo que está sucediendo ahora es el hecho de ver cómo hemos traído el autoritarismo a través de las urnas, y no por las armas como fue en 1964. Nunca imaginé que a mis 68 años iba a vivir algo parecido a lo que viví a los 20, pero te digo una cosa, estoy muy bien entrenado para enfrentarlo, y nuestro trabajo ahora es más necesario que nunca.

Los profesores universitarios son el otro colectivo amenazado por Bolsonaro. Dice que quiere acabar con el adoctrinamiento de izquierdas en las aulas. Usted que es sobrino de Nadir Kfouri -rectora de la PUC de Sao Paulo durante la dictadura- ¿Cómo ve todo esto?

Mi tía ha sido el orgullo de nuestra familia. Su universidad fue la que marcó la resistencia al régimen militar en Sao Paulo y hay una frase de ella que se hizo muy famosa: “A la universidad solo se entra a través de la selectividad”. Lo más duro es que ahora tengamos que volver a repetirla después de ver cómo hace dos semanas la policía entró en la universidad de Brasilia para controlar lo que se hablaba en el aula. Y eso sucedió antes de que Bolsonaro ganara el segundo turno, pero es que ya se sienten legitimados para hacer ese tipo de cosas, es muy angustiante ver cómo se reproducen comportamientos propios de la dictadura.

Y sin embargo para muchos brasileños el régimen militar fue un periodo bueno. ¿Por qué en Brasil hay tanta desmemoria en comparación con países como Argentina, Uruguay o Chile?

Eso tiene que ver con nuestro sistema educativo. Desde la redemocratización del país las escuelas no han explicado bien lo que sucedió en el periodo militar. Mi mujer y yo todavía le tenemos que contar a nuestros hijos las atrocidades que vivimos en las delegaciones de policía de aquella época. Cualquiera que haya estado en una sala de tortura sabe que es absolutamente impensable convivir con alguien que la defienda, como es el caso de nuestro futuro presidente. La falta de educación y de ciudadanía nos ha llevado a esto. Además a las élites del país siempre les ha interesado mantener al pueblo desinformado para poder seguir siendo élite. Ellos son los que han mandado en los últimos 518 años de historia, quitando los trece de gobiernos del PT. Con Bolsonaro han recuperado el poder.

En esos 13 años de PT se podría haber hecho por mejorar la educación en ese ámbito.

Por supuesto. Es una de las críticas más fuertes que le hago al PT y se lo he dicho infinitas veces a Lula, pero él no lo admite. Lula sacó a 40 millones de personas de la pobreza, pero se preocupó antes de hacerlas consumidoras que ciudadanas, y una cosa no excluye la otra. Por eso mismo muchas de esas personas que ascendieron de clase social, hoy se han convertido en los más antipetistas, porque no fueron educadas en la ciudadanía, y sí en el individualismo.

En estas elecciones el fútbol cobró un papel importante. Algunos jugadores apoyaron a Bolsonaro y después equipos míticos como el Corinthians se manifestaron “a favor de la democracia”. Mucha gente dijo que los deportistas no debían pronunciarse. ¿Qué piensa sobre eso?

Me parece una auténtica estupidez. La política está en el modo en que pedimos un café, forma parte de cualquier actividad que hagamos. La peor manera de hacer política es decir que uno es apolítico. Especialmente en el deporte que siempre ha presumido de ser neutral, y solo hay que ver quién era el presidente del Comité Olímpico Internacional, José Antonio Samaranch, un verdadero franquista. O quién era Joao Havelange, el presidente de la FIFA que con la excusa de no hacer política se llevaba bien con todos los dictadores de África y de América del Sur, y montó un mundial en el 78 en plena dictadura Argentina, mientras se masacraban y torturaban a las personas en las comisarías. Eso de no hablar de política es una gran hipocresía.

¿Y qué diría Sócrates de la victoria de Bolsonaro?

Debe estar revolviéndose en su tumba. Era un jugador muy comprometido, afiliado desde el comienzo al Partido de los Trabajadores, y hoy sería una de las voces más contrarias a Bolsonaro.

¿Los jugadores de fútbol son ahora más de derechas?

Siempre lo han sido. El atleta suele ser un tipo muy individualista, preocupado en ganar, en competir, el resto le importa poco. En Brasil eso se agrava porque la mayoría de los futbolistas vienen clases sociales muy humildes, ganan mucho dinero rápidamente, y lo que les preocupa es que sus hijos no sean asaltados, que no les roben su super coche en la esquina, y caen seducidos fácilmente con discursos como los de Bolsonaro, sobre la seguridad, y otro tipo de discursos machistas. Pero no es una exclusividad brasileña, hay pocos deportistas que manifiesten una conciencia política. Me acuerdo de Mohamed Ali, de Sócrates, Éric Cantona, y algún otro, pero son minoría.

Hablando de discurso de la seguridad. Esta semana el futuro gobernador de Rio de Janeiro, Wilson Witzel, dijo que a partir de ahora “la policía va a apuntar a la cabeza del traficante, y… fuego”. Si la policía carioca ya es la que más mata del país, qué podemos esperar a partir de ahora.

La barbarie. Algo del estilo de México y su política de la bala con más bala, lo que solo genera más violencia y más muerte. Witzel era un completo desconocido hasta que se subió al carro bolsonarista y arrasó gracias a este tipo de frases que hacen apología de la violencia. Lo peor de todo es que hay muchísima gente que apoya ese discurso, que está de acuerdo con esa idea de “cuidar de los humanos derechos y no de los derechos humanos”, o la de “bandido bueno, bandido muerto”. Este tipo de gente es la que va gobernar Brasil.

Hay algunas personas que dicen que no debe cundir el pánico con Bolsonaro, que no lo tendrá tan fácil para gobernar. ¿Qué opina?

Tengo varios amigos que dicen que no debemos ser alarmistas. Ellos son los que todavía no han sabido digerir la derrota. Mucha gente pensaba que Bolsonaro no ganaría, como con Trump. En los últimos meses me di cuenta de que sí lo conseguiría, y ahora creo que es muy probable que haga lo que ha repetido muchas veces sobre sus preferencias por un estado dictatorial, la militarización de la política, su defensa de las milicias -grupos paramilitares-, y que este país se convierta en una pesadilla. Que empecemos a estar atemorizados por el policía que vigila la esquina de nuestra calle, porque a partir de ahora están legitimados para matar, para usar la violencia o la tortura. Tengo dos nietas y cuatro hijos con mucha vida por delante, y realmente estoy muy angustiado con la perspectiva de país que tenemos por delante.