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El antiespañolismo coge impulso en EEUU

Con el país sumido en profundas divisiones étnicas, históricas e ideológicas, se agudizan las voces que exigen la erradicación del legado español en el país estadounidense. 

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La estatua de Cristóbal Colón fue retirada del parque Grand de Los Ángeles en noviembre de 2018 ante el júbilo de un centenar de asistentes. / AITANA VARGAS

Entre aplausos, vitoreos y júbilo, en noviembre de 2018, unos cien activistas celebraban la retirada en Los Ángeles de la estatua de Cristóbal Colón, un almirante genovés que jamás puso un pie en lo que hoy se conoce como Estados Unidos y a quien el concejal angelino de origen indígena Mitch O’Farrell calificó como el motor inicial del “mayor genocidio documentado en la historia de la humanidad”. La medida y acusaciones no sentaron nada bien entre algunos miembros de la comunidad española e italiana que viven en esta y otras ciudades del país, generando una ola de indignación que sobrevoló las fronteras estadounidenses hasta sacudir el viejo continente.

Y es que la iniciativa llegaba dos años después de que se reemplazara el Día de Cristóbal Colón por el Día de los Pueblos Indígenas en la ciudad angelina, una iniciativa que también fue abanderada por Hilda Solís –exsecretaria de trabajo bajo el gobierno demócrata de Barack Obama–, y que constituía una de las numerosas demostraciones del arraigado sentimiento antiespañol que se propaga con fuerza por California y por territorio anglosajón, y donde la figura de Colón ha sido pintada, vandalizada y decapitada en una campaña para erradicar símbolos del legado y de la conquista española de América, un movimiento que también se ha visto replicado en otras ciudades del país norteamericano.

“¡La retirada de la estatua de Colón de Grand Park es uno de los pasos progresistas para recordarle a la ciudadanía que esta es una tierra robada!”, asegura el activista chicano (méxico-americano) Carlos Hinojosa. “El Día de los Pueblos Indígenas es una pequeña victoria contra el patriarcado blanco que robó esta tierra en primer lugar. Colón representa la violación y el genocidio de una nación”.

La estatua de Cristóbal Colón fue retirada del parque Grand de Los Ángeles en noviembre de 2018 ante el júbilo de un centenar de asistentes. / AITANA VARGAS

En 2018, representantes de varias tribus y estudiantes indígenas presionaron a la Universidad de Stanford para que esta eliminara del campus varias referencias al fraile español Junípero Serra, que en el s. XVIII fundó las misiones franciscanas en Alta California. Un año después, la Universidad de California en Santa Cruz anunciaba la retirada de la campana de la misión, al estar considerada por “muchas poblaciones como un símbolo de racismo y de la deshumanización de sus ancestros”.

“(Las campanas) marcan el recorrido del Camino Real, abierto para comunicar estas antiguamente remotas y olvidadas tierras con el resto del mundo a través de la Nueva España”, explica Silvia Ribelles de la Vega, ovetense y profesora de español en el sur de California desde hace años.

“Algunos administradores de universidades y políticos californianos están usando un doble rasero para medir la historia de este estado…Solo se atacan los símbolos hispanos y católicos ante la pasmosa pasividad, e incluso aquiescencia y aplauso, de muchos políticos hispanos que además tienen apellidos españoles…pero nadie pide la eliminación del Día de Acción de Gracias”.

Los Ángeles, una de las ciudades con el mayor número de mexicanos en el mundo después de la Ciudad de México, es una metrópolis multiétnica donde confluyen el pasado y presente de multitud de identidades y comunidades, incluyendo tribus de aborígenes americanos, latinoamericanos y españoles, pero donde los ánimos están caldeados y las visiones entre estos –y otros grupos– están profundamente polarizadas. Donde unos ven en Colón a un genocida, invasor, violador y terrorista que se perdió por el océano y llegó de rebote a América, otros ven a un héroe, explorador, navegante y uno de los más grandes visionarios de su época que se aventuró a buscar otros mundos y los descubrió.

“El problema es intentar reducir procesos históricos complejos a sustantivos sencillos. Hablar de ‘o genocida o explorador’ me parece un binario un poco falso y engañoso. Puede que fuera ambas cosas. Y el genocidio como concepto judicial no nace hasta los años cuarenta en los procesos de Nuremberg”, explica Sebastiaan Faber, catedrático de estudios hispanos en Oberlin College.

“Es innegable que el llamado descubrimiento de las Américas por parte de Colón causó la muerte masiva de la población indígena de las Américas….Las demandas de quitar una estatua o cambiar un día de fiesta son peticiones muy razonables, lógicas, necesarias y posibles”, matiza.

Los ánimos están caldeados y las visiones entre estos –y otros grupos– están profundamente polarizadas.

A menos de un kilómetro del parque donde se encontraba la estatua de Colón en Los Ángeles está la Plaza Olvera. Aquí, aún sigue en pie la estatua del Rey Carlos III de España, que en 1780 dio la orden para que se fundase el pueblo de Nuestra Señora la Reina de Los Ángeles. También están las efigies del padre Junípero Serra y de Felipe de Neve, el gobernador hispano de los californianos que encabezó un asentamiento de 44 españoles que colocó los peldaños de lo que hoy constituye la ciudad de Los Ángeles, uno de los principales motores económicos del mundo. Pero a juzgar por el sentir de la comunidad, la retirada permanente de estas estatuas podría ser cuestión de tiempo.

“Muchos otros edificios y estatuas que celebran la conquista española deberían ser sustituidos por líderes tribales”, asevera Hinojosa, que además recalca que donde hoy se alza Los Ángeles, en el pasado estaba el pueblo aborigen Tongva.

Pepe Gutiérrez, un mexicano que frecuenta este enclave y que considera a Colón un “asesino”, explica que “la placita lleva mucho tiempo siendo un símbolo de la comunidad latina, sobre todo mexicana y centroamericana” y recuerda que California y otros territorios estadounidenses en su día fueron parte de México.

La plaza Olvera está plagada de comercios, restaurantes y puestos que venden alebrijes de colores hechos a mano, trajes charros, máscaras de lucha libre, o platos gastronómicos como los tacos, burritos, pupusas y moles. A la derecha de la escalinata que conduce al corazón de la plaza se encuentra la estatua a caballo del venerado cantante y actor mexicano Antonio Aguilar, todo un icono en la comunidad inmigrante mexicana que luce con sobriedad sombrero y botas charras. En el complejo también se alzan dos iglesias: legado incuestionable de la influencia católica que exportaron los españoles a estas tierras del Pacífico.

“Yo creo que Colón y los españoles realizaron grandes contribuciones, como la religión”, afirma el salvadoreño Álvaro Castillo mientras se refugia del calor bajo la sombra de unos árboles.

Los fines de semana y en días señalados, la plaza y las calles aledañas se convierten en el pálpito y punto de reunión de la comunidad latinoamericana a través de coloridas actuaciones de mariachis y bailarines ataviados en trajes indígenas, sobre todo oaxaqueños, una de las comunidades indígenas mexicanas con mayor presencia en la ciudad. Es un espectáculo al que se suman un gran número de familias latinoamericanas procedentes de distintos rincones de la urbe.

Pero Rubén Hornillo, nacido en Sevilla y de madre cubana, cuenta que el único mercado de la ciudad que ha rechazado la solicitud de su mujer para vender ropa de diseño de importación española es Molcajete Dominguero, una de las actividades respaldadas por la Plaza de Cultura y Artes – este último es un complejo de edificios históricos situado en el lugar donde los españoles fundaron Los Ángeles y cuya misión es “celebrar y cultivar la valoración de la naturaleza duradera y cambiante de la cultura mexicoamericana, haciendo hincapié en la experiencia única de los mexicoamericanos en Los Ángeles y el sur de California”.

“Sinceramente creo que (rechazaron la solicitud) por antiespañolismo y porque los chicanos que llevan el mercado tienen un concepto muy limitado de lo que es la hispanidad”, asegura.

Público se puso en contacto con el mercado y no obtuvo respuesta alguna. La página web de este especifica que solo valora las solicitudes de vendedores cuyo contenido tiene al menos un 80% de inspiración latina. A los puestos de comida se les exige que sus platos estén inspirados en el movimiento “Latinx”, un término que no está recogido por la RAE y cuyo uso se ha popularizado entre algunos hispanohablantes en Estados Unidos para neutralizar el “machismo” inherente en la lengua española y respetar la fluidez de género.

A Hornillo, que llegó a Los Ángeles en 2010 y produjo el documental Españoles en el Exilio, no le quita el sueño si los estadounidenses conmemoran o no la figura de Colón el 12 de octubre. También aclara que “en España se celebra la Hispanidad” y no desde el ensalzamiento de “la conquista española y el sufrimiento que vino de su mano, sino como el hermanamiento de pueblos que compartimos más allá de una lengua”.

La actriz Laura Bayonas, uno de los rostros de la movida madrileña más conocidos de los años 80 en España que emigró a Estados Unidos para darle los cuidados necesarios a su hijo William, también denuncia que ser española le ha costado oportunidades laborales en Estados Unidos a manos de la comunidad latinoamericana, la cual le “exige que su acento sea neutral, es decir, mexicano”.

“A los españoles, los latinoamericanos nos consideran conquistadores y estoy harta de disculparme por unos hechos que ocurrieron hace quinientos años y que yo no cometí”, lamenta. “Nunca he sido racista, me considero una persona abierta, tolerante, pacifista y reflexiva y no es un momento de división, sino de unión, donde los mexicanos en Estados Unidos –que no son una minoría sino una mayoría– deben proteger a otras minorías latinas, incluyendo a los españoles”.

La actriz española Laura Bayonas, que se trasladó a Los Ángeles para darle asistencia médica a su hijo William, denuncia el sentimiento antiespañol presente en Estados Unidos./ AITANA VARGAS

En este sentido, el hispanista Faber opina que es “ridículo” acusar al español de hoy de ser “corresponsable del genocidio” de Colón. Sin embargo, considera oportuno que el estado español y la iglesia católica “reflexionen”, reconozcan su papel en el proceso que culminó en el “sufrimiento de las poblaciones indígenas de América” y emitan una disculpa – como ya exigió el presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador hace unos meses y que fue rechazada por las principales fuerzas políticas españolas a excepción de Unidas Podemos.

España, en una réplica que acaparó titulares en medios de comunicación de todo el mundo, desestimó la petición por “extemporánea” y porque dicho episodio ya se consideraba zanjado con la firma el 29 de diciembre de 1836 del “Tratado Definitivo de Paz y Amistad entre la República Mexicana y S.M.C. la Reina Gobernadora de España”.

Esta última visión también la comparten mexicanos como Antonio González, afincado en Los Ángeles desde hace tres décadas y que, a pesar de haber votado a López Obrador, discrepa con la postura de su presidente, pero señala que la “arrogancia” histórica del pueblo español genera “resentimiento” y provoca que el mexicano se “desquite con el español” en Estados Unidos.

“El estigma es hereditario, y ese estigma que hoy enfrentan los españoles forma parte de su legado cultural, que va desde el idioma, a lo muy bueno y lo muy malo. Los españoles de hoy no son culpables de los actos que otros españoles cometieron siglos antes. Pero creo que sí hay un menosprecio del español al mexicano, como también lo hay del estadounidense al mexicano, y del mexicano al centroamericano”.

Custodiado en un recodo de la plaza Olvera se encuentra América Tropical: Oprimida y Destrozada por los Imperialismos, un polémico fresco inaugurado en 1932 y apartado de la luz pública durante ochenta años porque su autor desobedeció las directrices del encargo. Firmado por el artista y refugiado político mexicano David Siqueiros, el mural retrata a un indígena crucificado y muerto bajo la imagen de un águila americano, mientras dos francotiradores y revolucionarios mexicanos apuntan con sus rifles al águila. La escena transcurre en una pirámide de arquitectura maya en cuya parte inferior se observan vestigios de la cultura precolombina. El contenido político del mural cobró de nuevo interés con el movimiento de los artistas chicanos de los años 60 en Estados Unidos. En 2012, la obra salió finalmente de la clandestinidad y ha estado sujeta a trabajos de conservación encabezados por el Getty.

La obra es una demostración de que en esta metrópolis el arte es un vehículo reivindicativo para los artistas chicanos, que desenfundan sus brochas y pinceles y dan rienda suelta a su activismo a lo largo y ancho de los muros angelinos. Y sobre esas fachadas y lienzos cobran vida los cantos que entonan los chicanos y las comunidades indígenas para exigir que los símbolos españoles sean erradicados de un territorio que hace siglos fue suyo.

“Toda la gente que no esté de acuerdo con la retirada de la estatua (de Colón) que se vaya a España o a Italia a disfrutar sus monumentos”, sentencia Hinojosa, quien considera que la lucha contra el “racismo” pasa por “honrar a los (pueblos) sagrados que llegaron antes que nosotros” y “no a los invasores genocidas megalómanos”.