Público
Público

El otro golpe de estado de Donald Trump: el asalto a su propio partido

El expresidente ha lanzado una caza de brujas contra los disidentes de su partido y ha lanzado su movimiento Save America para que las bases republicanas le donen a él su dinero en vez de al propio partido.

Donald Trump en una imagen de archivo.
Donald Trump en una imagen de archivo. REUTERS

Tras instar al asalto al Congreso el 6 de enero, el expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha emprendido ahora otro asalto: un golpe de estado a su propio partido. Para ello, ha desplegado una estrategia doble: por un lado, ha puesto en el punto de mira a los 17 congresistas y senadores republicanos que votaron a favor de su juicio político (impeachment) para acabar con cualquier tipo de disidencia interna; por otro, ha montado la plataforma Save America para impulsar su "movimiento", como él lo llama, y no deja de pedirle a las bases del Partido Republicano que no donen más dinero al partido sino a él.

Y la fórmula le está funcionando: según la agencia AP, la plataforma Save America, creada en noviembre del año pasado, ha recaudado ya más de 80 millones de dólares (67 millones de euros). El pasado 28 de febrero, en el primer discurso público de Donald Trump tras su salida de la Casa Blanca, en un evento con las bases del Partido Republicano en el que había hasta una estatua color de oro del magnate, éste, fiel a su estilo, no escondió sus cartas. Dijo: "Sólo hay un modo de contribuir a nuestros esfuerzos para hacer una América grande de nuevo [America Great Again] y es a través de Save America".

En ese mismo evento, en Orlando, Florida, el Estado en el que reside tras su salida de la presidencia, Trump confirmó que se plantea presentarse a la reelección en 2024, para lo que no baraja crear otro partido, como se había especulado desde muchos medios de comunicación del país. Empleará su movimiento que, como un caballo de Troya quiere insertar dentro del Partido Republicano. Para ello, necesita que éste no sea más que una carcasa, vacía de seguidores y de fondos, que él pueda emplear a su antojo y para ello necesita eliminar cualquier tipo de disidencia y de resistencia interior.

De haber salido adelante el impeachment, lanzado en enero por los demócratas y votado en febrero en el Senado, Trump habría sido inhabilitado para ejercer ningún cargo político en el futuro de manera que tanto su regreso a la escena política como su pretendido asalto al Partido Republicano, no estarían teniendo lugar. Fue, en el fondo, la oportunidad que los demócratas le pusieron en bandeja a los republicanos. Pero no sucedió.

En la Cámara de los Representantes, de los 232 escaños republicanos apenas diez votaron a favor de tramitar el juicio político contra Trump, entre ellos, Adam Kinzinger, por Illinois; y Liz Cheney, por Wyoming. En la votación final del Senado, la cámara encargada de condenar o exculpar al presidente, sólo siete de 53 republicanos votaron junto a los demócratas a favor de condenarlo, entre ellos, los clásicos detractores habituales de la pasada legislatura: Mitt Romney, por Utah; Lisa Murkowski, por Alaska; Susan Collins, por Maine; y Ben Sasse, por Nebraska. Todos ellos han sido atacados duramente por Trump y por las bases del partido.

El panorama de Kinzinger

"¡Tenemos que deshacernos de todos ellos!", dijo el expresidente en el evento de Orlando el 28 de febrero. Dicho y hecho. Aunque no hacía falta decirlo: ya estaban en ello desde antes. Según la cadena local de la NBC en Chicago, Illinois, una docena de familiares de Kinzinger, congresista por este estado, hicieron pública a mediados de febrero una carta repudiando al congresista. "Qué decepción eres para nosotros y para dios", decía la misiva.

Además, el Partido Republicano del municipio de LaSalle, cerca de Chicago, promovió la censura del congresista. Kinzinger, como respuesta a todo esto, ha creado un grupo político llamado Country First [El país primero] con el objetivo de eliminar "el extremismo venenoso" del Partido Republicano.

Y la situación de Kinzinger no es excepcional. También han sido censurados por agrupaciones locales del Partido Republicano senadores como Bill Cassidy y Richard Burr. Los ataques más feroces de Donald Trump, de todos modos, se dirigen explícitamente contra los pesos más pesados, como el senador Mitt Romney o la congresista Liz Cheney, la hija de Dick Cheney, vicepresidente del país entre 2001 y 2009 con George W. Bush.

Romney, con todo, tiene 74 años, un sillón en el Senado por Utah absolutamente estable y una carrera política ya forjada (fue candidato presidencial en 2012), así que está ya en la recta de salida de la política. No sucede así con Luz Cheney, de 54 años, congresista desde 2017, en carrera ascendente y, de hecho, presidenta de los republicanos en la Cámara de los Representantes. Por eso los ataques de Trump contra ella son duros y constantes.

"Tenemos que deshacernos de los congresistas débiles, esos que no hacen ningún bien"

Cheney fue, de hecho, mencionada por Trump en su discurso en Washington el 6 de enero, cuando instó a sus seguidores a tomar el Capitolio, con lo que la congresista fue uno de los objetivos directos de los asaltantes ese día. "Tenemos que deshacernos de los congresistas débiles, esos que no hacen ningún bien, las Liz Cheney de este mundo", dijo Trump.

Y para que nadie se lleve a engaño, según informa el medio online Vox, en los correos de Save America para captar fondos y donaciones se dice explícitamente que el dinero recibido será usado para deshacerse de los "RINOS", como los llama Trump: los "republicanos sólo de nombre" (Republicans Only In Name, en inglés). En un comunicado del movimiento de Trump citado por Vox, se dice: "No donéis dinero a los RINOS […] Los que no hacen nada salvo dañar al Partido Republicano y nuestra gran base de votantes nunca nos llevarán a la grandeza".

De momento, toda esta estrategia le está funcionando a Trump a las mil maravillas. Según una encuesta del medio político de Washington The Hill publicada el 1 de marzo, el 52% de los votantes republicanos lo respaldan como candidato a la presidencia, muy por delante del exvicepresidente Mike Pence, apoyado por el 18%, y de la exembajadora de Estados Unidos ante Naciones Unidas, Nikki Haley, con un 7% de los apoyos.

Más noticias de Internacional