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Joe Biden El príncipe saudí Bin Salman se asoma al precipicio con Biden tras la buena relación con Trump

Mohammad bin Salman empieza el año nuevo con señales poco halagüeñas debido a su propensión a meterse en problemas, tanto en Arabia Saudí como en el extranjero. Con el cambio de administración en la Casa Blanca, MBS tendrá que vigilar sus acciones y rectificar al menos una parte de los numerosos errores que ha cometido.

Mohammad bin Salman, príncipe heredero de Arabia Saudí en Londres. / EFE
Mohammad bin Salman, príncipe heredero de Arabia Saudí en Londres. / EFE.

eugenio garcía gascón

Conforme se acerca la presidencia de Joe Biden, aumenta la inquietud del príncipe Mohammad bin Salman (MBS), que ha disfrutado de cuatro años de gracia bajo el mandato de Donald Trump, un periodo que le ha permitido hacer y deshacer a su antojo. Ahora su incierto destino estará sobre la mesa de la nueva administración demócrata.

MBS, y presumiblemente Israel, están presionando para que Trump le conceda un indulto en los tres casos que han llegado a los tribunales de EEUU y que podrían complicarse más de lo previsto si el actual presidente no lo indulta antes de abandonar la Casa Blanca el 20 de enero.

Grupos de derechos humanos, profesores de derecho y abogados civiles han instado a Trump a que permita que se cumpla la ley y que los tribunales impartan justicia, recordando que en 2010 el partido republicano ya rechazó conceder inmunidad al príncipe Mohammed bin Zayed, de los Emiratos Árabes Unidos.

En EEUU el presidente tiene la facultad para indultar, una medida que Trump ha aplicado sin discreción con amigos y familiares, como su consuegro, el padre de Jared Kushner, y con personas de ideología afín a la suya, incluidos soldados que cometieron crímenes de guerra en Oriente Próximo.

Los grupos de derechos humanos denuncian que el departamento de Estado, siguiendo instrucciones de Trump, ha instado a los tribunales a que otorguen inmunidad a MBS incluso en el caso relacionado con el asesinato del periodista Jamal Khashoggi hace dos años en el consulado saudí de Estambul, en el que MBS está implicado según un informe de la CIA. Una circunstancia que agrava este asunto es que Khashoggi residía en EEUU y escribía para la prensa americana.

El segundo caso más mediático es el que tiene que ver con el intento de asesinato de Saad al Jabri, un exresponsable de los servicios de inteligencia saudíes huido del país. La denuncia presentada en un tribunal de Nueva York también implica en esa operación al príncipe MBS, quien en su defensa ha alegado que es un jefe de estado de facto y por lo tanto le corresponde inmunidad completa.

Es un argumento que los jueces americanos están valorando, y que orilla la cuestión de fondo. Por una parte reconoce una realidad evidente, es decir que MBS gobierna en Arabia Saudí y que su padre, el rey Salman, es una figura ornamental que no decide las cuestiones de estado. Sin embargo, el príncipe sigue sin ser un jefe de estado legítimo ya que en cualquier momento, al menos en teoría, podría ser cesado por el monarca.

Los problemas legales no son los únicos a los que tiene que enfrentarse MBS. Durante la última década, Washington ha modificado sensiblemente su política de cooperación con Riad en dirección a una política más crítica con las violaciones de los derechos humanos, en algunos casos incluso hostil, que puede reanudarse tras el paréntesis de Trump.

Existen indicaciones de que Biden no será tan condescendiente. Una de ellas es la serie de tuits que el pasado domingo escribió Jake Sullivan, que será el consejero para la Seguridad Nacional a partir de enero. Sullivan cargó contra la condena a prisión de una feminista saudí y añadió que su administración "se enfrentará a las violaciones de los derechos humanos allá donde ocurran".
Naturalmente, EEUU dice defender una aproximación universal a los derechos humanos, y esta es la percepción que tienen los americanos. No obstante, otra cuestión es su aplicación puesto que a menudo EEUU ha sido neutral en estas cuestiones o incluso ha actuado en contra de los derechos humanos en innumerables partes del mundo.

Una administración demócrata, que cuenta con cierto peso de las corrientes progresistas, sin duda será más activa en estos asuntos que la republicana. El mismo caso de Arabia Saudí, que ha sido históricamente un ejemplo de que EEUU ha dicho una cosa y ha hecho lo contrario, empezó a cambiar con Barack Obama, y posiblemente siga cambiando con Biden.

Pero las políticas de Arabia Saudí también están cambiando. Sus vínculos con organizaciones yihadistas, que durante muchos años fueron moneda corriente, parecen haber cesado, aunque algunos grupos wahabíes a los que se ha vinculado con el terrorismo siguen operativos en Europa y en otros lugares.
En cualquier caso, los abusos de derechos humanos que los saudíes cometen no son más exagerados que los que se cometen en su entorno. El celo que Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos ponen contra el islam político es un fenómeno que ya lleva varios años y que se traduce en una persecución sistemática de los Hermanos Musulmanes a quienes en tiempos pretéritos favorecían.

La estabilidad de Arabia Saudí, que con MBS se ha colocado bajo el cobijo de Israel, depende también de la política interna. El príncipe ha aplastado a otros miembros de la familia real que considera rivales y contrarios a sus proyectos, una maniobra que en ocasiones se ha hecho sin escrúpulos. Por ahora le ha salido bien pero seguramente a corto plazo no tendrá tanta libertad para actuar.
Aunque hasta recientemente solo políticos americanos muy conservadores o progresistas se atrevían a criticar a Arabia Saudí, ese tabú se ha superado y las condenas también se producen en ambientes centristas y a menudo se dirigen personalmente contra el príncipe.

En todo este proceloso mar debe navegar el joven MBS, quien se ha empeñado en llevar a cabo reformas religiosas, sociales y económicas de gran calado y a gran velocidad. Frente a él hay muchos enemigos puesto que al príncipe le gusta complicarse la vida metiéndose en problemas que debería evitar para que no dificultar más su tarea.

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