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OTAN La reinvención de la OTAN, y las tres C de su nueva estrategia: China, ciberataques y crisis climática

La reciente cumbre de la Alianza Atlántica ha renovado el acta fundacional del club militar, en la que China se sitúa dentro de su radar, se incluye el cibercrimen como causa de defensa colectiva y se insta a sus socios a cumplir rigurosamente con los objetivos de sostenibilidad.

El nuevo y confuso combate de Occidente
La última reunión de la OTAN en Bruselas. - EFE.

La reconversión estratégica de la OTAN tendrá, además, el respaldo del G-7 en su cometido de consolidar la seguridad futura de sus aliados en torno a tres pilares esenciales. Las tres C que van a regir los designios de la Alianza Atlántica y que focalizan, a su vez, el núcleo esencial de los riesgos a los que atenderá preferentemente durante las próximas décadas: China, ciberataques y crisis climática. La reciente cumbre de junio en Bruselas, en el cuartel general del club militar occidental, marca el final de la siesta geoestratégica de la OTAN durante el periodo entre las dos crisis económicas recientes.

Así lo cree James Stavridis, almirante retirado de la Armada de EEUU y comandante en jefe de la organización durante la Administración Obama. Al inicio de la etapa de reflexión de la Alianza. En una tribuna de opinión en Bloomberg, Stavridis, recuerda que, en mayo de 2012, en Chicago, cuando llevaba las riendas de la cúpula militar de la OTAN, Rusia y su resurgimiento armamentístico -que le había llevado a invadir Georgia un par de años antes-, el conflicto de Afganistán -donde la Alianza mantenía un contingente de 150.000 soldados en su doble misión de lucha contra el terrorismo y de adiestramiento militar, diez veces más que las tropas desplegadas en los Balcanes- y el control y vigilancia de la piratería en el Cuerno Oriental de África. Casi diez años después y con la canciller alemana Angela Merkel como única dirigente aún en activo desde entonces, la hoja de ruta de la OTAN ha virado.

Durante la cita de 2012 -recuerda Stavridis- "China ni siquiera estaba en el radar" de la OTAN, que seguía confinada en su "tradicional zona geográfica" de actuación. Con las salvedades de sus operaciones en Afganistán y la piratería. Pero Bruselas ha situado "la creciente influencia de Pekín en el orden mundial" como una amenaza que "precisa ser evaluada y atendida" por los "desafíos hacia los intereses de seguridad que representa para la Alianza". El restablecimiento de los lazos transatlánticos -deteriorados durante la presidencia de Donald Trump- y el despertar de Europa hacia los "peligros" del gigante asiático, que amplía sus territorios en el Mar del Sur de China, su agresivo comportamiento hacia India -aliado vital de los socios occidentales en el área Indo-Pacífica- los intentos de dominar política y económicamente a sus vecinos, en especial a Taiwán, las prácticas de dumping comercial y de intervención cambiaria, los casos de robo de propiedad intelectual e industrial a empresas del escudo atlántico, su apoyo a Corea del Norte y sus ofensivas operaciones de ciberataques, justifican -explica Stavridis- la inserción de Pekín como prioridad máxima de la agenda atlántica. Al igual que su cada vez "más preocupante y frecuente condominio diplomático" con Rusia. Con coordinaciones militares y de acción exterior conjuntas en el Pacífico Norte, en Oriente Próximo y en el este del Mediterráneo. Todo ello va a propiciar, por presión de la Casa Blanca, el desplazamiento de fuerzas navales al Mar del Sur de China. Donde ya hay presencia británica -el portaviones Queen Elizabeth- y un compromiso del eje franco-alemán por reforzar las fuerzas atlánticas en la zona.

La ciberseguridad también irrumpe en la renovada agenda de riesgos. Tras largos años de falta de concreción sobre su definición, la OTAN ha incluido esta amenaza dentro de su artículo 5 de defensa colectiva ante ataques de alguno de sus treinta aliados. Otro contraste con el mandato de Trump. Y un paso decisivo hacia su persecución, porque se trata -alerta- del "mandamiento más sagrado" de la alianza.

El tercer pilar de la reconversión ideológica y del replanteamiento táctico de la Alianza Atlántica es la crisis climática. Con todos sus socios comprometidos con esta batalla, la OTAN "elevará su seguridad y capacidad de respuesta" contra el aumento de las temperaturas del planeta. De forma colectiva e individual. Bajo rigurosos cumplimientos de sus países miembros de las metas de reducción de emisiones de CO2, la desaparición de la huella de carbono de sus materiales de la industria militar, y coordinaciones de sus políticas medioambientales. Stavridis cree que, en el terreno de la sostenibilidad, la contribución de la organización que dirige Jens Stoltenberg, su secretario general, "puede ser determinante". No en vano -enfatiza-, la OTAN emplea más de 1 billón de dólares en sus destacamentos militares, opera con 28.000 aviones de combate y más de 800 navíos de dirección de maniobras. Además de un destacamento conjunto de 7 millones de efectivos, entre soldados en activo y en reserva.

Conexión con las respuestas económicas del G-7

La cumbre de Bruselas no eludió otros asuntos candentes. Desde la persistente agresión de Rusia a socios no miembros de la OTAN como Ucrania y Georgia, hasta la formulación de la retirada de los 20 años de la misión en Afganistán, que requerirá de más recursos financieros y esfuerzos diplomáticos, o el reforzamiento de la efectividad de los misiles de defensa a ambas orillas del Atlántico. Pero la recuperación del multilateralismo y de la conciliación geoestratégica que puso en liza Biden con los aliados europeos -con los que restableció lazos en otra cumbre con líderes del club comunitario durante su viaje al Viejo Continente- han consolidado las líneas esenciales de actuación frente a China. Daniel Baer asegura en Foreign Policy que el retorno al superpoder entre EEUU y Europa tuvo en el diagnóstico de Pekín su piedra de conciliación angular. No solo por la iniciativa de colgar al régimen chino el cartel de riesgo geoestratégico. Sino también desde la óptica económica. Apenas unos días después de la reunión del G-7 -donde Europa mantiene su predominio numérico con Alemania, Francia e Italia, pese a la reciente salida de la Unión de Reino Unido-, Biden incidió en otorgar mayor protagonismo multilateral al despegue económico del ciclo post-Covid, al combate contra la epidemia, la lucha contra los ciberataques, los avances regulatorios y fiscales corporativos y, muy especialmente, dirigidos al sector tecnológico y, por supuesto, hacia la emergente amenaza china: militar, económica y comercial. Dos años después de que la UE reconociera a Pekín como "rival de riesgo sistémico" para sus intereses. Pero ya sin la doble guerra arancelaria abierta por la Administración Trump. Contra China y la UE. De la que pervive la primera, pero no la segunda. Y que ahora deja en un limbo el impulso que Berlín dio bajo su presidencia comunitaria, y solo unas semanas antes de la toma de posesión de Biden, al acuerdo de inversiones con China.

"En su desplazamiento oficial a Europa, Biden ha alineado la estrategia estadounidense con sus aliados tras sus encuentros en el G-7, la OTAN y la UE". En la primera cita, con denuncias sobre la política contra los derechos humanos de Pekín y contra el cumplimiento de las reglas de libre comercio. En la segunda, por su desafío expansionista, que se definirá en la cumbre de la Alianza del próximo año en Madrid y en la tercera, intensificando con Europa la agenda de seguridad y económica frente a China, asegura Baer. La pasarela transatlántica vuelve a estar operativa. En toda su dimensión y en sus múltiples disciplinas.

Pero, además, ha surgido otra convergencia. Más inesperada. En este caso, desde el G-7. Porque del club de las siete economías industrializadas también surgió otro road-map de consenso. En el ámbito de las infraestructuras. Washington ha promovido que los billonarios programas para la renovación de las redes de comunicación, transporte, energía y otras utilities de los socios del G-7 -y, por extensión, de los europeos- sirvan para contrarrestar las notables inversiones que en los últimos años ha dirigido China a su Nueva Ruta de la Seda. La Belt and Road Initiative es una clara iniciativa personal del presidente Xi Jinping. A la que ha dedicado también flujos de capital estatal de varios billones de dólares para conectar vías comerciales asiáticas y europeas con la Gran Factoría mundial. "Hay un déficit de infraestructuras de 40 billones de dólares en latitudes del planeta que podrían sufragarse a medio y largo plazo para ayudar a otras naciones a elevar su capacidad productiva y su inserción en el comercio internacional", aseguró una fuente de la Administración Biden desplazada al G-7 bajo anonimato, que revela Bloomberg. Idea que Biden trasladó a sus homólogos del G-7 en una sesión específica durante la segunda sesión diaria de la reunión en Carbis Bay (Inglaterra). Durante la que el dirigente demócrata señaló directamente a China. La declaración de intenciones de la Casa Blanca es "canalizar colectivamente cientos de millones de dólares anuales en inversiones en infraestructuras en naciones de rentas medias y bajas" para contrarrestar a la diplomacia económica de Pekín. Las mismas fuentes americanas matizan que "no se trata de que estos países elijan entre EEUU o China, sino de ofrecerles una visión alternativa", que ha tenido una respuesta airada desde el gigante asiático. El portavoz del Ministerio de Exteriores, Wang Wenbin, insistió en que la propuesta del G-7 "pretende instaurar un nuevo sistema de bloques políticos y generar espacios de rencor y oposición" hacia su país.

La maniobra estadounidense no parece que vaya a caer en agua de borrajas. Obtuvo un primer apoyo explícito del resto de socios del G-7. Y la delegación americana le ha puesto lema. Con un nombre revisado para la ocasión -Build Back Better for the World que nace del mensaje Build Back Better de la campaña presidencial de Biden para impulsar su programa de infraestructuras- una apelación a modo de acrónimo (B3W) y un apellido de precisión: con valores, estándares y fórmulas reguladas y aceptadas para hacer negocios. Frente -explican desde EEUU- el marcado escepticismo que despierta la Nueva Ruta de la Seda china en no pocas cancillerías mundiales.

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