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Stepanakert Nagorno Karabaj: rifles contra drones

El conflicto más longevo desde el colapso de la antigua Unión Soviética es una batalla tan olvidada como desigual.

Rosa Sarkissian muestra el escombro de lo que una vez fue su casa.
Rosa Sarkissian muestra el escombro de lo que una vez fue su casa. KZ

En la madrugada del cinco de octubre, a Rosa Sarkissian la sacaron de entre los escombros de su casa en Stepanakert, la capital de Nagorno Karabaj.

"Estaba ahí mismo, en la habitación de la esquina", señala hoy con su bastón esta mujer de 82 años mientras camina entre el escombro con dos pares de zapatillas de hombre y tres pijamas bajo un abrigo. Dice que es un milagro que siga viva, que Dios siempre la ha protegido. No nos atrevemos a rebatírselo.

Fue el pasado 27 de septiembre cuando Azerbaiyán lanzó una ofensiva con la que pretende cerrar para siempre el conflicto más longevo desde el colapso de la antigua Unión Soviética. Nagorno Karabaj apareció entonces en el mapa del desastre como una anomalía cartográfica, un enclave montañoso mayoritariamente armenio en suelo azerí que no auguraba nada bueno. Estalló una guerra -a principios de los 90- que ganaron los armenios, y que provocó el desplazamiento forzoso de más de medio millón de azeríes. Tres décadas más tarde, estos últimos están decididos a volver, quedarse y, por supuesto, expulsar a los antiguos vencedores.

La batalla más descarnada se vive hoy en Shushi -"Shusha para los azeríes"-, una estratégica localidad desde la que se podría bombardear Stepanakert y también cortar la carretera que comunica el territorio con Armenia. Esto último ocurrió el pasado día cuatro. Cuatro días más tarde, Ilham Aliyev -presidente de Azerbaiyán- anunciaba "la liberación de Shusha", algo que los armenios niegan. Pero ya antes de que ambas versiones se cruzaran en el éter de la propaganda resultaba difícil encontrar vida en Shushi. La destrucción de la histórica iglesia de Ghazanchetsots (el siete de octubre) allanó el camino para una cadena de ataques que incluyen objetivos militares además de bloques de apartamentos, escuelas, hospitales, mercados…

El Teatro de Shushi tardará en recuperar la actividad.
El Teatro de Shushi tardará en recuperar la actividad. KZ

Afortunadamente, no quedaban ya niños en Shushi cuando la lluvia de fuego cayó sobre la escuela pocos días más tarde, y tampoco había nadie en el centro cultural. Hasta hace no mucho, Gevor hacía espectáculos de marionetas frente a esas butacas de terciopelo rojo. Hoy se alinean cubiertas de polvo bajo un cielo abierto en canal.

"¡Rifles contra drones!", resumía el chaval de 25 años, hoy escondido en un sótano de Shushi. "¿Cómo puedo defender a mi familia de un enemigo como este?", añadía, señalando el Kalashnikov sobre el colchón donde pasaba todas las noches. Su esposa y su hija de dos años hace tiempo que huyeron a Ereván, justo cuando los ataques aéreos empezaron a convertirse en una rutina. De hecho, hoy solo quedan los hombres en Shushi. Como Samvel, quien, a sus 51, también luchó en la guerra de principios de los 90 que llevó a la ruptura de facto del enclave de Bakú. Hoy, sin embargo, "es otra cosa":

"Era un combate cuerpo a cuerpo, todo estaba sobre el terreno y siempre sabías dónde estaba el enemigo", recordaba, justo mientras busca un paquete de tabaco que se resistía a aparecer entre un amasijo de mantas.

Un segundo milagro

La guerra sigue cebándose sobre una población cuyas mujeres y niños han sido evacuados a Armenia prácticamente en su totalidad. Un informe recientemente publicado por la Chatham House (Think Tank de asuntos internacionales) denunciaba que miles de casas y numerosas infraestructuras civiles han sido afectadas por los incesantes bombardeos. "El acceso humanitario al enclave una prioridad urgente", destacaba dicho informe. Hasta la fecha, el Ministerio de Defensa de Nagorno Karabaj ha reconocido más de 100 bajas militares y en torno a medio centenar de civiles. Azerbaiyán no da cifras de sus soldados caídos, pero estima en 91 los civiles muertos bajo las bombas armenias. Rusia apunta a que el número total de víctimas mortales desde el inicio de la ofensiva supera las 5000 personas.

Uno de los sótanos donde se han refugiado los últimos civiles en abandonar Stepanakert.
Uno de los sótanos donde se han refugiado los últimos civiles en abandonar Stepanakert. KZ

Mientras se intenta despejar la ecuación de las bajas, sendos ministros de Exteriores de Armenia y Azerbaiyán se reunían en Ginebra el pasado 30 de octubre, en un encuentro en el que ambas partes se comprometieron a evitar objetivos civiles. Los tres intentos anteriores de conseguir un Alto el Fuego habían fracasado, y el cuarto no sería una excepción.

Público habló con Suren Sarumyan, portavoz del Ministerio de Defensa. El oficial rehusó hacer comentarios sobre la ayuda militar que supuestamente llega desde Moscú, pero aseguró que la moral entre sus soldados es "alta"; que el corte de la carretera de Lachin se debe a "una operación de limpieza contra comandos azeríes" y que tienen que ganar, porque, de lo contrario, "será una limpieza étnica".

En otro sótano a escasos doscientos metros de allí, Artak Beglaryan, Defensor del Pueblo de Karabaj, hablaba de "guerra asimétrica" y "catástrofe humanitaria"."Tienen el control del aire que les da su tecnología y el apoyo de Erdogan (presidente turco). La Comunidad Internacional también tiene mecanismos para parar todo esto, pero no hace nada", decía a Público este karabají de 32 años al que una mina terrestre dejó ciego a los seis.

Por el momento, soldados armenios, muchos de ellos armados con los mismos Kalashnikov bregados en la guerra de los 90, intentan hacer frente a un Ejército azerí entrenado por Ankara y respaldado por la última tecnología turca e israelí. Es David contra Goliat, pero esta vez es el segundo el que lidera las apuestas. Quedó más que patente el pasado sábado.

"Estamos comenzando la evacuación de Stepanakert. Diríjanse inmediatamente al centro de prensa". El último mensaje dirigido a los periodistas que quedaban en la ciudad llegaba por whatssapp a las tres en punto de la tarde. El caos estalló pocos minutos después: coches que derrapan y aceleran después para acabar bloqueados en mitad de la ciudad; una mujer pide ayuda mientras empuja la silla de ruedas de un anciano y un hombre cargado con bolsas de basura no puede hacer que su madre camine más rápido. Y luego están todas esas abuelas que caminan sin rumbo, cubiertas con las mismas mantas con las que se han protegido del frío durante semanas en algún sótano. Solo un segundo milagro podrá salvar la vida de Rosa Sarkissian.


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