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Día Mundial del Refugiado La vida de los refugiados atrapados en Bosnia a las puertas de la Unión Europea

Tras años de espera en otros países balcánicos, los migrantes que han optado por esta ruta han tomado la vía de Bosnia y Herzegovina, país que ofrece condiciones precarias, mientras esperan una respuesta sus solicitudes de asilo. Una pequeña protesta en la frontera con Croacia ha restado aún más sus derechos.

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Refugiados en la frontera entre Bosnia y Croacia. - SRAJ AL SELAWE

Este mismo martes llegaron cuatro familias sirias a Velika Kladusa, con cuatro bebés, otros cuatro niños y niñas y una abuela que pasa los 70 años. Bosnia se ha convertido desde hace unas semanas en el nuevo refugio de los 'sin refugio' que aguardan a las puertas de la Unión Europea con el objetivo de entrar a algún país del territorio y pedir allí el asilo que no acaba de llegarles. Hasta hace poco tiempo no eran muchas las personas que tomaban la ruta bosnia. Hace un año, el grueso de los iraquíes y sirios esperaban en Grecia porque eran las nacionalidades que más podían optar por el asilo. Y afganos y paquistaníes subían hasta Serbia, donde quedaron encerrados cuando Hungría construyó cerca de 200 kilómetros de valla cerrando el paso y la UE reforzó las fronteras con control policial del lado de Croacia.

Tras largos meses de estancamiento (muchas personas abandonaron sus casas hace más de dos años y siguen sin recibir asilo), Bosnia se convirtió en la nueva vía por la que llegar. Pero este país ofrece unas condiciones precarias. La pequeña localidad de Velika Kladusa, que se presenta como el punto más cercano a Eslovenia desde el mapa bosnio, aloja ahora a unas 700 personas, como calculan los voluntarios de la ong No Name Kitchen, una de las pocas asociaciones que está en el terreno. Las autoridades oficiales calculan que, en todo el país, han llegado unos 6.000 migrantes en 2018. Y pocos han conseguido salir.

Las condiciones en las que están viviendo son más que precarias. El Gobierno bosnio ha ofrecido un campo, en el sentido más estricto de la palabra, a los nuevos visitantes

Los ciudadanos bosnios mostraron una solidaridad que, dicen tanto voluntarios como refugiados, nunca habían visto antes en otro lugar. Parece ser que la memoria no se pierde tan rápido por estos lares. Este pueblo bien sabe lo difícil que es vivir en una guerra y escapar de ella sin tener donde llegar.

Las condiciones en las que están viviendo son más que precarias. El Gobierno bosnio ha ofrecido un campo a los nuevos visitantes. Un campo, en el sentido más estricto de la palabra: una parcela verde que se empapa cuando apenas empieza a llover, que tiene dos plásticos que se cierran a modo de ducha y cinco baños que se atascan casi a diario. Nada más.

Algunas de las familias que van llegando a Velika Kladusa cuentan con tiendas de campaña. Otras fueron donadas por voluntarios independientes. Un hombre bosnio que lleva años viajando por los balcanes buscando cómo ayudar a las personas que tratan de llegar a Europa desde regiones en conflicto, ha comprado muchos palos de madera y largos metros de plástico para fabricar refugios, en los que, junto a los habitantes del campo, trabaja a diario. Pero todos los días llegan personas nuevas y en muchas ocasiones aún no encuentran un lugar para resguardarse. Hay pocas organizaciones que ayuden a cubrir las necesidades básicas. Y el gobierno local no cubre ninguna más que el suelo que les ha ofrecido a las afuertas de Velika Kladusa, al lado de un refugio de perros abandonados y esos cinco baños móviles.

Policía desplegada en la frontera. - PAOLO FUOLI

Esperanza frente a la rabia

El lunes pasado, las cosas en Velika Kladusa cambiaron. El recibimiento alegre a los refugiados ha derivado en un aumento del control policial. Había personas que llevaban tres días sin recibir la cena que durante el mes de Ramadán había ofrecido una organización local. Muchos de ellos tienen poco dinero en el bolsillo porque hace ya años que dejaron sus casas y, como no son ciudadanos con los derechos que otorgan los papeles legales, no se les permite trabajar. El lunes un grueso amplio de los refugiados anclados en la ciudad decidieron hacerse visibles. Y, durante todo el día, se sentaron frente al puesto fronterizo que separa Bosnia de Croacia.

Las familias, muchas con bebés, fueron, sorprendentemente, las que primero llegaron y las últimas en irse. El sol pegaba muy fuerte, como no había hecho tras largos días de frío y lluvia que habían atormentado las noches a todos aquellos que no tienen ni una tienda de campaña o una manta que les sirva como refugio. Pero, ¿qué buscaban estas personas sentándose resguardados a la sombra de un pueblo de Bosnia, justo frente a las montañas de Croacia? "Cuando no tienes nada, tampoco tienes nada que perder", explicaba un chico argelino que recuerda que él no es árabe, sino bereber.

Una familia se protege del sol durante la protesta ante la Policía bosnia. - BÁRBARA BÉCARES

La esperanza es lo último que se pierde; los dichos populares suelen ser sabios. Entre la gente que protestaba no había rabia. Había esperanza en que la policía sintiese compasión por ellos, se apiadase, hiciera la vista gorda y les plantase un sello en sus pasaportes que les diera la bienvenida a algún país donde encontrar un refugio de verdad.

Llegó la primera periodista y ahí, las personas que aguardaban algo, sin saber muy bien el qué, se movilizaron. Para contar las muchas historias que se repiten en las vidas de los que aguardan a escasos metros de la UE que llegue por fin una respuesta a sus solicitudes de asilo. También denuncian la violencia de la policía de Croacia. Según cientos de relatos, han recibido golpes, los agentes les rompen los teléfonos, que son sus bienes más preciados (los que matan las horas largas de tedio, los que los mantienen en contacto con sus familiares esparcidos por diversos países, los que ofrecen mapas para cuando tratan de cruzar la frontera por vías alternativas) y les roban el dinero. ACNUR y otras organizaciones locales ya han denunciado esa violencia de los policías de países de la Unión Europea desde el pasado año, sin que esta haya cesado.

Una protesta que ha complicado su existencia

"¿Crees que nos dejarán pasar?" Era la pregunta más repetida a la periodista de la que creían que podía saber más por llevar en el bolsillo el pasaporte granate que abre las puertas del mundo. Realmente albergaban esa esperanza. Tras años de decepciones, siguen teniendo fe en las políticas que rigen el devenir del mundo. Un tunecino que siempre está de broma comentó: "Ahí vienen a sellarnos los pasaportes". Era el momento del cambio de guardia de los policías bosnios que estaban plantados en línea frente a la frontera con Croacia, sin armas porque el ambiente estaba más que tranquilo. Un sirio de ojos azules y mirada gacha sacó su pasaporte de la chaqueta con manos temblorosas. "Aquí tengo el mío, ¿me lo van a sellar?". No entendió que era una broma y durante unos segundos creyó que sus sueños podían llegar a ser una realidad. Este chico tiene a su mujer en Karlovac, a unos 40 kilómetros, ya en Croacia, tumbada en la cama de un hospital. En unos días debería nacer su primer hijo. La última vez que trató de cruzar la frontera, esta pareja con su retoño en camino fue descubierta por la policía, que se llevó a la mujer, que se encontraba mal, en ambulancia a Karlovac y deportó a Bosnia al hombre.

Las autoridades del país anunciaron sólo un día después de la protesta que reforzará la frontera con 200 policías más

La jornada terminó siendo tranquila. Los refugiados tienen el alma agotada y las caras lo reflejan. La policía bosnia ya les había dicho de forma muy educada: "Por favor, por vuestra propia seguridad, marchaos de aquí". Solo hubo unos tres minutos de tensión. Un grupo de chicos decidió pasar a la acción. A un lado de la carretera donde estaban las personas sentadas es Bosnia, al otro es Croacia. Los croatas ya tenían preparados a los antidisturbios, ellos sí, armados, para recibir a los que querían llegar. Y esos chicos les lanzaron piedras y empezaron a acercarse a la frontera. Los demás se levantaron, también las familias, y caminaron en la misma dirección. No duró mucho. Los agentes empuñaron las porras y rociaron gas pimienta. Tuvo que venir una ambulancia para ayudar a algunas de las personas que más se expusieron al gas. Aguantaron varias horas más sentados a la sombra. Y, antes de que se pusiera el sol, volvieron a su sitio, ese campo apartado al lado de un refugio de perros abandonados , en el que no molestan al mundo.

Ahora las cosas se han complicado en Velika Kladusa. Los políticos locales quieren que los migrantes que comenzaron a asentarse recientemente en el pueblo se vayan. Y ya se lo han comunicado al Gobierno nacional bosnio y a los políticos de Bruselas. Esperan una reunión cuanto antes al respecto. La policía militar patrulla las calles y, cuando se pone el sol, ordena a los refugiados que vuelvan al campo. Las autoridades del país anunciaron sólo un día después de la protesta que reforzará la frontera con 200 policías más destinados a no dejar entrar a los refugiados al país, desde Serbia y desde Montenegro. Las vidas de cientos de personas en Velika Kladusa, vuelven a estar en el aire. Un día más de decepción que se suma a una larga lista.

Un grupo de migrantes en la frontera entre Bosnia y Herzegovina y Croacia. - REUTERS

Rutas ilegales como única alternativa

Si los migrantes tratan de cruzar las fronteras de forma ilegal es porque no tienen otra alternativa. En Velika Kladusa hay gente llegada de Siria, Irak, Afganistán, Pakistán, Marruecos, Libia, Argelia, Palestina, Kurdistán, Túnez e Irán. Han escapado de guerras, persecuciones, conflictos o terrorismo. También hay muchos que son migrantes por temas económicos. Han llegado a un territorio, el continente europeo, que creían seguro, tras un viaje fuera de las vías legales, con pasaportes que poco les sirven y del que los traficantes sacan grandes tajadas de dinero. Muchos han pasado meses en centros cerrados en Grecia y Bulgaria, cárceles donde se ingresa a los sin papeles, sin juicio alguno y de forma que cuando entran no saben cuándo les permitirán salir.

Las devoluciones en caliente de Eslovenia a Bosnia, práctica ilegal, se repiten a diario 

Así han llegado a las puertas de la Unión Europea. Y su única opción para conseguir dejar de vagar por el mundo con su vida entera en una mochila es la ilegalidad: cruzar otra frontera más por alguna montaña sin ser pillados. Karolina Augustova, una joven investigadora, está centrando su doctorado en cómo la política migratoria europea fuerza a los migrantes y refugiados a cometer actos que no son legales, como el cruce de fronteras fuera de los cauces oficiales o vivir en edificios abandonados, muchas veces más cómodos y resguardados que los campos que se les ofrece. Se ha quedado a vivir en este pueblo fronterizo y explica que incluso las personas que ya tenían el asilo de antes de 2015 están sufriendo esta situación: en algún momento volvieron a sus países de visita y quedaron anclados en el gran flujo migratorio que arrancó ese año, sin que se les permita regresar a donde estaban, a pesar de que su pasaporte anuncia que tienen ese derecho.

Muchos y muchas llegan con los pies llenos de ampollas, de vuelta a Velika Kladusa, por los kilómetros caminados hasta Eslovenia, por montañas, desde donde se les deporta subidos en coches policiales de nuevo hasta Bosnia. Estas devoluciones en caliente, práctica fuera de la ley, se repite a diario. Una vez en territorio europeo los refugiados tienen alguna posibilidad de recibir asilo. Eso es algo, frente a las cero posibilidades que ofrece esperarlo desde fuera.