Xi Jinping aprovecha la desazón creada por Trump para abrazar a Occidente y afianzar su poder en China
La cálida acogida en Pekín a líderes occidentales, como el británico Starmer esta semana, intenta refutar la supuesta "amenaza china" y frenar el caos desatado por Trump.

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Esta semana es el primer ministro británico, Keir Starmer, el invitado de honor del presidente chino, Xi Jinping. Pocos días atrás lo fue el jefe del Gobierno canadiense, Mark Carney, con quien Pekín firmó acuerdos impensables hace un año, cuando la hostilidad hacia China era la norma en los países de la Unión Europea o la OTAN. A principios de enero anduvo por Pekín el primer ministro irlandés, Micheal Martin; en diciembre pasado estuvo el presidente francés, Emmanuel Macron, y en abril de 2025, el jefe del Gobierno español, Pedro Sánchez. En febrero próximo se espera al canciller alemán, Friedrich Merz.
Algo se mueve en la diplomacia china, que aprovecha la incertidumbre desencadenada por el presidente estadounidense, Donald Trump, en la arena global para fortalecer sus lazos con el hemisferio occidental. Y todo ello, sin que Xi baje la guardia en su férreo control de China, como lo demuestra la purga sin parangón de la cúpula del Ejército acometida hace menos de una semana, que le da al líder chino el mando militar absoluto en unos momentos de gran tensión internacional.
La visita de Starmer pone punto final a ocho años de auténtica Guerra Fría entre Londres y Pekín. Ocho años en los que dominaron en el Foreign Office los recelos hacia China generados por Estados Unidos y el lema de que Pekín era no solo el contrincante comercial y militar de Washington, sino también de Europa, como quedó determinado en las cumbres de la OTAN de los últimos años, una y otra vez.
La intención de Washington, sin embargo, siempre fue diáfana: China es el mayor obstáculo para consolidar la hegemonía estadounidense en la región de Asia Pacífico, donde la Casa Blanca cuenta con el apoyo juramentado de Japón y, en buena parte, de Corea del Sur, las otras dos grandes potencias económicas del área. Acontecimientos como la guerra de Ucrania sirvieron a EEUU para lanzar todo tipo de acusaciones sobre Pekín y su supuesta connivencia con Moscú, nunca demostrada, pero empleada para exacerbar la desconfianza europea en el gigante asiático.
El único poder capaz de enfrentarse a Trump
Ahora las cosas han cambiado. La posición estadounidense quedó tocada de forma casi irremediable con la ofensiva arancelaria mundial de Trump, especialmente contra sus propios aliados de la UE, Reino Unido y Canadá. También embistió contra China, pero Pekín se revolvió y dejó claro, con sus represalias comerciales, tecnológicas y de explotación de tierras raras, que si Trump cumplía sus amenazas, EEUU podría no resistir la respuesta china. El líder republicano cedió y, salvo algunos amagos posteriores, todo quedó en calma con los chinos.
No con Europa. La amenaza de anexionar a EEUU la isla danesa de Groenlandia evidenció que la llegada de Trump al poder en su segundo mandato hace un año cambió los parámetros de las relaciones internacionales. Washington dejaba de ser un socio fiable y se convertía en potencial enemigo.
El canciller alemán Merz lo espetó la semana pasada en el Foro Económico Mundial de Davos. China, dijo, se ha consolidado como una gran potencia y ha erosionado la hegemonía de unos EEUU incapaces de mantener su liderazgo histórico. En esta "nueva era" de competición extrema, explicó Merz, son necesarias otras aproximaciones.
La visita de Starmer, jefe de Gobierno del principal aliado de EEUU en Europa, es el vivo ejemplo de este cambio de época y un aviso que no parece que Washington haya entendido. El dominio en esta segunda década del siglo XXI ya no es solo cuestión de poderío militar, sino, sobre todo, de capacidad económica. Y ahí China tiene las de ganar.
En Davos, Merz afirmó que el nuevo escenario mundial es "un lugar peligroso" y es preciso dar ese golpe de timón. Su próxima visita a China es un aviso también para la dirección de la Unión Europea, que no se ha caracterizado precisamente por sus simpatías hacia China. También para la cúpula de la OTAN, cuyo secretario general, Mark Rutte, esta semana seguía insistiendo en que "hay que evitar que esos dos países (China y Rusia) logren acceso militar o económico en el Ártico", algo difícil de conseguir dado que Rusia es el estado con más territorio en esa región polar y China es su aliado estratégico.
La visita de cuatro días de Starmer a Pekín, a donde arribó este miércoles, se produce en un momento, pues, muy especial. Y llega por todo lo alto. Este mes, el Gobierno británico dio su beneplácito para la construcción en Londres de la que será la mayor embajada de China en toda Europa. La puesta en marcha de las obras estaba paralizada desde 2018, justo cuando se produjo el viaje a Pekín de Theresa May, último jefe de Gobierno británico (2016-2019) que pisó la capital china.
Y efectivamente, la visita de Starmer está cargada de potencial económico. Por eso, el líder laborista británico, además de reunirse este jueves con el presidente Xi y el primer ministro, Li Qiang, tiene en su agenda Shanghái, el pilar económico y financiero de China. La vista está puesta en forjar una nueva era de relaciones, en la que el pragmatismo, como subrayó el Gobierno británico, se ha de imponer sobre la fragilidad de los cambiantes lazos de seguridad. China es la segunda economía del mundo y va camino de ser la primera. Poco hay que decir al respecto.
China, un "actor vital"
"No sería sensato" menospreciar a China en estos momentos, afirmó Starmer a la prensa británica. Al reunirse con el presidente Xi Jinping, el primer ministro del Reino Unido fue más concluyente: Pekín es "un actor vital a escala global". La respuesta del líder chino siguió ese tono: China está lista para desarrollar "una alianza estratégica consistente y a largo plazo".
Xi reconoció que los dos países habían pasado por "altibajos" en sus relaciones, pero se mostró confiado en recuperar el ritmo de épocas pasadas. La confrontación se agudizó con la llegada al poder en EEUU de Trump en su primer mandato (2017-2021), tras los buenos tiempos que Londres y Pekín compartieron durante el gobierno de David Cameron entre 2010 y 2016, cuando también tuvo lugar el referéndum del Brexit que llevaría a Gran Bretaña fuera de la UE.
Chinos y británicos se distanciaron si cabe más con la invasión rusa de Ucrania. En cambio, los lazos entre Pekín y Moscú se fortalecieron al convertirse Rusia en uno de los principales proveedores de gas y petróleo para China, aprovechando que Europa dejó de comprar esos hidrocarburos.
Pero ya desde mediados de 2025, Starmer empezó a reconsiderar la posibilidad de retomar con China el camino del entendimiento. La estrategia exterior de Trump, su política disparatada de chantaje arancelario y los vaivenes de sus relaciones con Rusia llevaron a Londres a poner sobre la mesa ese pragmatismo.
Sin intención de dañar los vínculos con Washington, sin embargo, en este viaje a Pekín el líder laborista tiene en mente algo que ya señaló el primer ministro canadiense durante su reciente visita a China. Carney admitió que Pekín es un socio "más predecible que EEUU" en el nuevo orden mundial derivado, en buena parte, de las acciones impredecibles de Trump.
Y un "ancla estabilizadora" en el contexto mundial
Sobre el carácter de la visita, Guo Jiakun, portavoz del Ministerio de Exteriores chino, insistió que busca "reforzar la confianza política mutua y profundizar la cooperación práctica". Pekín quiere convencer a Londres, al igual que a Bruselas y al resto de capitales europeas, de que China y Europa no son rivales, sino socios entre quienes es posible negociar, sin necesidad alguna de recurrir a la coerción, como ha hecho Trump desde que llegó al poder. Así lo subrayó también Guo en el Foro de Davos, cuando aseveró que China quiere ser un "ancla estabilizadora" en el actual panorama internacional de tensiones geopolíticas.
Al igual que sus representantes en Davos, el presidente Xi Jinping ha querido destacar ese papel equilibrador de China. En una reciente conversación con el presidente brasileño, Luiz Inácio Lula da Silva, el líder chino insistió en que la supuesta "amenaza china", repetida por Trump o Rutte, es totalmente infundada y solo beneficia a quienes lanzan esas acusaciones para promover sus propios fines, como EEUU.
El músculo económico, pero sin olvidar el músculo militar
Xi parte con una gran ventaja en esta remodelación de las relaciones con Occidente. Las acciones de Trump han dotado de una incertidumbre sin igual a los lazos entre Washington y sus aliados europeos. Pero Xi sabe perfectamente que, en este contexto geopolítico cambiante, es muy importante ofrecer al tiempo una imagen de cohesión interna.
Y así lo mostró el 24 de enero con la remodelación (o más bien purga) acometida sobre la cúpula militar china y la revocación de sus poderes al general Zhang Youxia, primer vicepresidente de la Comisión Militar Central (CMC), el órgano supremo del Ejército Popular de Liberación de China (EPL), con acusaciones que apuntaban a la corrupción. Xi se quitaba de en medio a su pretoriano más poderoso, y eventual rival, y reforzaba su control del estamento militar y, de paso, del Partido Comunista Chino (PCCh). Zhang es el militar de más alto rango depurado y eso dice mucho.
En estos momentos de zozobra política internacional y sabedor de que el objetivo estratégico prioritario de Trump no es Groenlandia, ni siquiera Irán, sino China, Xi ha considerado que debía tener todos los cabos atados en su dominio del PCCh y del EPL y Zhang estaba acaparando demasiado poder y autonomía. Y Pekín sabe que tiene la guerra económica ganada a EEUU, como lo demuestra este acercamiento de los países occidentales, pero no es suficiente. Es preciso el músculo militar también y su control total.
La rivalidad económica no excluye un choque militar
El líder chino sabe que en momentos así existe el riesgo de que en EEUU resurja, impulsado por las fuerzas oligárquicas de este país, el aventurerismo militar como salida lógica a este tipo de taponamientos. Ya pasó en Irak, por ejemplo. Y la disputa por Taiwán, reclamado por China como territorio propio, está muy presente en la Casa Blanca como última bala con la que desafiar a Pekín.
Los analistas estadounidenses han indicado en los últimos años que la segunda mitad de la actual década podría ser el momento más conveniente para que China, embarcada en una modernización de sus fuerzas armadas sin igual en su historia y azuzada por EEUU, pudiera lanzarse a la reunificación de la isla, independizada de facto en 1949. Hay que recordar que en 2027 se cumplirá el centenario de la fundación del EPL y también tendrá lugar el XXI Congreso del PCCh, que Xi podría utilizar para imponer su cuarto mandato. Una coincidencia muy peligrosa.
El problema para Xi es que Zhang era uno de los militares con más experiencia de China y su consejo habría sido clave en caso de conflicto con EEUU por Taiwán. Ahora Xi queda solo para tomar determinadas decisiones y con adversarios impredecibles como Trump se corre el riesgo de cometer errores apresurados semejantes a los del enemigo.



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