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Alma de mariscadora

Con temporal o calma chicha, las 198 mujeres que hace quince años formaron la Agrupación de Mariscadoras de Cambados se convirtieron en un modelo de producción responsable de las especies que crían y luego venden con unas cuotas diarias muy restringidas. Son el referente de sostenibilidad del sector marisquero que se vende como un reclamo turístico añadido de las Rías Baixas.

Miguel Riopa
Fotos de Miguel Riopa

Luzes-público / Elisa Lois

Trabajan duro al vaivén de las mareas para defender el medio del que también vivieron sus antepasados, solo que hoy tienen que hacer frente a los furtivos que surgieron en Galicia cuando el oficio se profesionalizó, para ponerle límites a la actividad extractiva del mar ante unos alarmantes síntomas de agotamiento de algunas especies marinas como la almeja o el berberecho. Ellas lideraron la difícil tarea de administrar nuestra despensa marina, cada vez más vulnerable a las plagas de parásitos nuevos y a los efectos del cambio climático.

Esta mañana, el despertador sonó antes del alba. En este trabajo, la rutina solo la rompe la marea que cada cuatro o cinco días retrasa o adelanta el reloj unos 45 minutos, hasta que se cierra el ciclo y comienza otro. Con este horario medio nocturno hoy toca llevar linterna para cavar en la sequía y recoger unos pocos kilos de almejas. Con suerte regresarán a casa con unos 60 euros, sin contar impuestos ni cotizaciones.

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Un café y algo sólido entona a las mujeres para poner marcha hacia la playa de O Sarrido —delante del típico barrio cambadés de San Tomé— donde se van concentrando envueltas por la oscuridad. La mayoría vive en parroquias próximas en un radio de cinco kilómetros. Solo unos cuantos coches aparcan en la plaza. La moto o la bicicleta son los medios preferidos de transporte.

Enfundadas en sus vadeadores de neopreno —la indumentaria típica de este trabajo—, el pelotón femenino llega casi a la vez al encuentro de todos los días. Se saludan y se dividen en pequeños grupos mientras poco a poco se van alejando hacia la playa, hasta que solo se divisan los manojos de luz de decenas de linternas. La zona es muy extensa y recorre de punta a punta los terrenos asignados a la Cofradía de Cambados: Tragove, San Miguel de Deiro, Saco de Fefiñáns y O Sarrido.

Entre esas manos castigadas por el esfuerzo y los años que obligan a poner guantes de goma para evitar que el frío las deje insensibles, las mujeres llevan a cuestas los aparatos habituales de trabajo: el rastrillo para remover la arena y el "bañeirón" donde trasladarán los bivalvos, un medidor de plástico para controlar el peso de las capturas y las redes para envolverlas por lotes.

Fotos de Miguel Riopa.

Hace frío y el buen tiempo se resiste. "Y esto no es nada, lo peor ya pasó, porque con tanta ciclogénesis explosiva nuestros cuerpos lo notaron y nuestro bolsillo también", dice Teresa, que el día que entró una de las tormentas más bravas de este invierno se dañó en un tobillo subiendo la cuesta de acceso a esta playa. "Estamos acostumbradas a trabajar de día, de noche, con temporales y sin ellos, lo que queremos es trabajar y poder sacar un dinero, pero no siempre nos lo permite el tiempo", lamenta la mariscadora.

Teresa Bugallo tiene 55 años —la edad media de las mariscadoras de esta agrupación— y es una de las veteranas de la entidad que se creó en 1999. Algunas de ellas ya llegaron a los 65, pero sin tener los años de cotización para percibir una pensión. Para estos casos, la agrupación logró que la Xunta permita a estas mujeres seguir trabajando hasta compensar la jubilación. "Es duro ver a algunas mujeres de esa edad acuclillarse y cavar durante varias horas, pero es lo que hay y por lo menos podrán vivir luego, aunque sea de la pensión mínima", apunta esta mariscadora.

Hablando del futuro, Teresa se transporta a los tiempos de su niñez y recuerda cuando bajaba a mariscar con su padre a la misma playa donde hoy trabaja, solo que entonces eran cientos las personas que bajaban en el arenal para coger algún molusco. Era un oficio de tradición en su familia y del que ella vive desde entonces, aunque hizo un par de paréntesis en su vida trabajando en una fábrica de conservas y en la hostelería.

Cuenta que hubo un tiempo en que todo el mundo vivía del mar. "Nada te impedía bajar a la playa y llevar los kilos de marisco que quisieras para la casa. Un taxista, un labrador o un ministro, por decir algo, cualquiera podía tener un medio de supervivencia a mayores. Pero un día eso acabó, porque si no, no creo que quedase hoy algo para mariscar. Aunque con las prohibiciones llegaron los furtivos, que ahora están volviendo con tanta crisis, y esa es la otra cara de nuestro oficio".

De hecho, hacerle la guerra al furtivo o a la furtiva —y algún bañista «despistado» en pleno verano— es una de las tareas reservadas a las mariscadoras. Por su cuenta y en riesgo montan la vigilancia y cuidan de sus viveros como patrullas de acompañamiento a los guardias contratados por la cofradía. De noche y de día, las mujeres se van intercambiando para formar los controles según los horarios y grupos de trabajo previamente establecidos.

Además, la agrupación organiza otras tareas y asigna las labores de marisqueo a unos grupos, mientras que otros tienen que dedicarse a sembrar las especies que van a recoger. Es lo que ellas llaman "el mantenimiento de las especies", que se intensifica en verano, pero que forma parte de un ciclo anual constante, explica la presidenta de la agrupación, Isabel Pérez.

Las especies principales de extracción en Cambados son la almeja fina y la japónica. De cada especie, el tope es de dos kilos por persona y día. Con mareas secas, con una jornada de trabajo de tres o cuatro horas, con un breve descanso en medio para tomar un bocado, cada mariscadora puede obtener un promedio de 50 euros en marisco.

El problema que tiene la agrupación desde hace más de un año es que las llamadas especies acompañantes no ayudan. El berberecho común y más cotizado desapareció por culpa de un parásito que provocó en 2013 una mortandad masiva en la Ría de Arousa, donde este molusco representa la mitad de toda la producción marisquera de Galicia. A este desastre que tratan de frenar los biólogos, hay que añadirle los escasos recursos económicos que sacan las mariscadoras a otras capturas muy limitadas, como la almeja babosa y la navaja, también escasas en los bancos.

A principios de la década pasada los topes eran de casi el doble, pero bajo el asesoramiento de los biólogos, las capturas se fueron haciendo más restrictivas y en la agrupación todos están de acuerdo en que la producción sostenible del medio es vital. Solo en épocas puntuales, como Navidad o Semana Santa, pueden subir un poco las capturas porque hay más demanda, lo que compensa con un extra en los bolsillos de las mariscadoras.

La jornada se acerca a su fin. Cada mujer se dirige al punto del control con los "bañeiróns" y de allí a la lonja, donde recogen el tícket de entrega. Si los ejemplares son de buena calidad, podrán ganar 25 o 30 euros por un kilo, dependiendo del tamaño y la variedad. Si capturaron algo más de las especies acompañantes, podrán sacar 60 euros o un poco más. "Es un dinero bonito, pero hay que echar cuentas del total, porque el mes para nosotros es corto, doce o trece días hábiles, con lo cual no es para tirar cohetes, y más aún si no hubo buenas mareas o el mal tiempo no te permitió bajar".

Fotos de Miguel Riopa.

Las inclemencias meteorológicas y las oscilaciones del mercado son daños colaterales a la crisis, que se notó especialmente en el sector marisquero. Si hace una década esta profesión era secundaria, la depauperada economía actual alteró los patrones laborales y hoy es una de las más demandadas. En la última convocatoria de la cofradía para cubrir 25 plazas de marisqueo se presentaron 200 solicitudes.

Son las nueve de la mañana y en O Sarrido la jornada para las mariscadoras está a punto de finalizar. Es un día más para estas mujeres fuertes físicamente pero que acaban su vida laboral con montones de achaques en el cuerpo por la constante humedad del medio en el que trabajan. Artrosis, lumbago, problemas en las rodillas, en las cervicales y los huesos carpianos de las manos son los principales enemigos de una profesión donde el esfuerzo da paso lentamente a la enfermedad crónica.

"Los años pasan y los síntomas van apareciendo de manera irreversible. Hay que tener alma de mariscadora para soportar este oficio y quererlo", destaca Teresa. Aunque en el marisqueo no hay diferencia de sexos, lo cierto es que las mujeres representan el sustento de las playas y se llevan el protagonismo del marisqueo a pie, mientras que los hombres se quedan con el marisqueo a flote. Así fue y así será durante mucho tiempo, aunque agrupaciones como la de Cambados ya dio entrada a algún mariscador. Una representación meramente simbólica, por lo menos por ahora.

El número de trabajadoras en la agrupación no varió en años, en función de los recursos marinos y los cupos que dependen de las restricciones de capturas. A medida que se van jubilando unas se incorporan otras, pero entre las que acaban de llegar ninguna baja de los 30 años de edad. Hoy son 80 las veteranas que vieron nacer este proyecto y continúan a pie de playa hasta que llegue la pensión.

Entre estas curtidas fundadoras de la agrupación también está la presidenta. Isabel cree que "la clave del éxito está en la producción responsable de las tallas, en los topes y en la plantación, pero también en la vigilancia, porque aquí no solo se trata de ganar dinero, hay que trabajar varias horas al día en grupos de cinco mujeres para repartir las tareas", dice.

La organización y la permanente dedicación al medio del que viven forman parte de esta profesión cada día más valorada a pesar de la dureza física que exige. "Esto tiene que gustarte, aunque para la mayoría fue una salida porque no había otra cosa. Por eso los jóvenes buscan algo mejor y más rentable", incide Teresa.

Las condiciones laborales no son fáciles y también hay que contribuir con una parte de los honorarios al colectivo social. El 10% de las ventas se retienen para la cofradía, en cuya administración y gestión también participan. Otro porcentaje equivalente es para la lonja y la agrupación, y luego tendrán que abonar unos 100 euros anuales para la compra de semilla de las especies que creían.

Fotos de Miguel Riopa.

Les llaman las "niñas consentidas" de la Consellería del Mar y lo admiten, aunque tienen algunas reclamaciones que hacerle a la Administración. "Como en todos los colectivos, no siempre estamos de acuerdo con el sistema impuesto y creo que hay cuestiones criticables, como que la Xunta cierre todas las hatchery (las eclosionadoras, instalaciones en las que se chocan las ovas en condiciones artificiales), y tengamos que comprar la semilla en Italia o traerla de la Ría de Tina Menor, en Cantabria. Creo que sería más rentable tener un vivero para todas las cofradías", reprocha Teresa Bugallo como portavoz de algunas mariscadoras que también exigen mayor transparencia en la gestión económica de las cofradías y la convocatoria de elecciones, que ya lleva más de tres años de retraso.

De la producción responsable, la agrupación dio un salto a la fama en 2004 cuando se creó la Asociación Cultural de Mujeres del Mar (Guimatur) para dar, por primera vez, una proyección turística al oficio de mariscadora. La idea nació al amparo de unos cursos de formación subvencionados con fondos europeos (Plan Equal) que se celebraron en el Ayuntamiento de Cambados en colaboración con la cofradía.

El proyecto se diseñó para que 19 mariscadoras de la agrupación guiaran a turistas que, a través de agencias de viajes y oficinas de información, quisieran conocer en el campo de batalla cómo se recoge el marisco en las playas, explicando cada detalle del entorno marino en el que desarrollan su trabajo, la indumentaria y los aparatos que emplean.

De la mano de Turgalicia, Guimatur se vende como la "producción sostenible y responsable" y "está abierta a todas las mujeres que trabajan en el sector marítimo y pesquero de Cambados, desde bateeiras a armadoras y marineras", insiste la presidenta. Además, la idea nació para promocionar Guimatur en ferias de turismo nacional e internacional con el objetivo de potenciar al máximo la cultura marisquera. La asociación ya puso en marcha el llamado plan O Sarrido para introducir esta cultura en los colegios escolares de 6 a 12 años y con actividades programadas en compañía de las mariscadoras. "Mostramos lo que hacemos y enseñamos cómo se hace porque forma parte de nuestra cultura más arraigada, el marisqueo", concluye Isabel.