Público
Público

Radio Océano, éxito y óxido

Atlantismo, estética (y ética) abisal que hechiza de inmediato a quién tenga la suerte de darse con sus brumas. Por eso Radio Océano, cíclico reencuentro, tiene la costumbre de reaparecer. Ahora en clave de apoteosis. He ahí las 'Memorias do Óxido' (2018), doble vinilo, negro chapapote, para que siga sonando (y creciendo) la leyenda. En pleno confinamiento sacaron video ('Revisando os danos. A favor de quen estamos?') y prevén editar en breve nuevo EP.

El grupo Radio Océano.
El grupo Radio Océano. CEDIDA

Pabellón de los Deportes, julio del 82, final del Concurso Rock Ciudad de A Coruña. Entre Doa y Siniestro Total irrumpió en el escenario un conjunto diferente. Sí, diferente: el batería tocaba encapuchado, el vocalista insultaba al público con cara de malo, y a sus piezas —simples, hipnóticas— les sentaba especialmente bien el sonido turbio del propio pabellón. Momento éxito. Por supuesto, no ganaron. Ya sabes como se llamaban.

Muchos años después supe de la intrahistoria de tanta apoteosis. Ni conciertos ni maquetas, su trayectoria toda se reducía a ocho horas de ensayo y una cinta casete. Por eso, quizás, lo de la capucha del batería. Por muy poco no los presentan como División Atlántica. Esa fue la primera aparición de Radio Océano.

El éxito es contingente, el óxido indestructible.

Xurxo Lobato
Radio Océano en el Concurso Rock Cidade de A Coruña. Xurxo Lobato

Atención. No esperes a continuación una cronología pormenorizada, con las cuerdas de guitarra que rompieron en cada concerto, ni los partes de altas y bajas de las diferentes formaciones. Como le aconteció en estas últimas tres décadas a la mayor parte de la tropa oceánide (esto es, adictos redondos), el grupo llegó a mí directamente en forma de mito.

Puedes seguir leyendo este artículo en gallego aquí

Ellos son la más alta expresión de un tiempo fundacional. Cuando A Coruña renunció a la condición provinciana, y decidió sintonizar —distorsión y noche— con todos los caminos del mar. La leyenda de Radio Océano, óxido que avanza destrozando los límites del propio tiempo.

Entonces no era como ahora... Así comienzan siempre las crónicas viejunas. Y era verdad. Entonces fue el Márux, cabaré de la parte del barrio de Os Mallos, toda la hostelería se acostaba bien temprano. Solo dos pubs —Metáfora y A Cien—, pero eran hippies y cerraban a las doce.

Es cierto, pero miento. Había otra ciudad que nunca dormía. Siempre abiertas las puertas del puerto. En su bar coincidían dos especies de natural noctámbulas: pequeña delincuencia y periodistas. Respeto y mutua admiración. Los primeros admiraban de los segundos el oficio de la palabra (he ahí, quizá, el Homero que algún día narre —a dos columnas— sus hazañas). Los segundos envidiaban directamente la condición transgresora de los compañeros de barra.

«O son do óxido», concierto en Garufa (A Coruña) con dos grupos de los 80, Dramáticos y  24 Ancianos. Foto: Gabriel Paz.
«O son do óxido», concierto en Garufa (A Coruña) con dos grupos de los 80, Dramáticos y 24 Ancianos. Gabriel Paz.

Un elemento disonante. Mejor dicho, dos. Xosé Manuel Pereiro, enseguida Johnny Rotring y Ross Mero, o sea Santiago Romero, uno de Labañou. Un par de periodistas que querían avanzar por el lado oscuro. Y allí la sintieron. La canción del Atlántico —alta madrugada—, cuando calla la tangana de los seres humanos y solo se escucha una muletilla: «'Orzán, Ooorzán, Oooorzán'». Así nació —o tuvo que nacer, estamos en modo óxido— Radio Océano.

Contactaron con Pablo Iglesias, virtuoso para todo, alias Renato 414. E hicieron el reparto: Pereiro, porque no tocaba nada, garganta. Romero, porque la tenía, aunque mucho no la tocaba, guitarra. Y Renato, porque tocaba de todo, batería. Los acompañó en esas ocho horas de ensayo Quique (bajista fundacional, con poca epopeya posterior).

Tiro mucho de la metáfora. Lo sé, y tengo derecho. Toda imagen náutico-pesquera está permitida en este grupo. Además, ya te lo advertí, escribo sobre un mito.

Pero un momentiño, que quede claro: Radio Océano primero es impacto y rock&roll. No pertenece al subgénero intelectual (que por otra parte está muy bien) de los conjuntos que te tienen que gustar porque son muy cultos (selección de citas en la entrada y referencia inevitable a la Velvet Underground). No, Radio Océano, relampagazo punki. Pero también la intuición de que ese golpe de gerolo viene cargado de mucho alimento.

Carátula del EP 'Pantera&Iribarne' (2016)
Carátula del EP 'Pantera&Iribarne' (2016). CEDIDA

Enciclopedia atlántica

¡Córtate el pelo y hazte moderno! Detrás de las barbadas carreras delante de los grises, he ahí la consigna de los nuevos tiempos. Creatividad a mansalva. Como en todos los momentos de inflexión, muy pocas personas en el lugar preciso: en los bares. Sí, conjunción astral, por fin la hostelería decidió hacerse noctámbula.

Entonces no era como ahora, claro. No me lo vais a creer. Año 1984, la multitud colapsó el Auditorio de la Caja de Ahorros, calle San Andrés, para escuchar un colectivo poético, presentación de Amor y Desamor (incluso había un punki, el poeta que recitaba más bajo, Lois Pereiro). A pocos metros, en el Pub El Patacón, el pintor Xaime Cabanas mojaba el dedo en el café y, con solo dos trazos, metía todo el Atlántico en una servilleta.

Coruñentos ochenta. Del bostezo provinciano a la ciudad-barco: Vídeo, diseño y rock & roll… Tenía que aparecer un fanzine. No, una revista. En este tiempo seminal (recursos técnicos aparte) todo se hacía a lo grande:

«Este proyecto es una expedición interior para los habitantes de un pontón anclado en el océano que vive de espaldas al mar, una singladura de ideas y de espacios nuevos que pretenden devolvernos señales de identidad».

Editorial del número 0 de La Naval (seguimos en el 84). Firman Suso Iglesias, Lois Pereiro y —¡hombre!— Santiago Romero y el otro Pereiro, su hermano, Xosé Manuel, el Johnny Rotring de Radio Océano.

La Naval, registro en papel de toda la hiperexcitación de este tiempo prodigio. Modernidad extrema en el diseño, gracias a la máquina prodigiosa: la fotocopiadora, manejada con pericia por el propio Rotring.

Carátula de 'Nin falta que fai' (1986)
Carátula de 'Nin falta que fai' (1986). CEDIDA

Ni falta que hace

Vía otras ondas –las hercianas– tanto Atlantismo conmocionó el gallinero castizo de la movida de Madrid. Resentidos y Siniestro Total sonaban noche a noche, en el Diario Pop. Perspicaces ellos, Radio Nacional decidió que su nuevo sello discográfico debería manifestarse también en forma de turbulencia noroccidental. Primera referencia: 'Nin falta que fai' [Ni falta que hace], de Radio Océano.

Tras dos maquetas (la coruñesa y la lisboeta) fueron a Madrid grabar el LP. Emocionados, pero sin perder el Norte (mejor dicho, el Noroeste). De hecho, reservaron el repertorio más epatante para uno segundo LP (por eso las Memorias del Óxido dan tanto solaz ahora).

Sesión inaugural. Ante la batería, Dani Punta (sucesor en este podio de Renato 414 y Sito Evangelista). Alguien consideró que esas baquetas –Dani también petaba en Viúda Gómez e Hijos– venían romas de más. Había que comprar otras con urgencia. Mandaron con el encargo al único que conocía –había estudiado Periodismo allá– los laberintos de la capital: Pereiro.

O bien porque tardó mucho, o porque el ímpetu percutivo del chaval no daba reposo, cuando Rotring regresó ya estaban grabadas todas las bases.

Así nació el sonido. Timbales oscuros (para algún listillo de candela gastada), textura simple, alucinante, que identifica desde el primer beat las piezas de Radio Océano.

Pablo Iglesias. Foto: Iago Villarin
Pablo Iglesias. Iago Villarin

Añadamos otro elemento solidario –o sea, simple y alucinante–, los acordes abiertos de Pablo Iglesias (ahora en la guitarra). Arpegios distorsionados que, como la propia onda, transitan (insisto, cualquier metáfora náutica está aquí permitida) entre lo informe y el esplendor de la melodía.

Ross Mero ya no estaba allí pero quedó inscrita su huella. Tercer elemento de la receta óxido. Por eso de reducir cuerdas, de la guitarra pasó al bajo. La falta de técnica se tornó en contención. Mejor dicho, en precisión. Pablo Constela (Pablo Bicho), primer compañero –en algún momento llegaron a sonar en Radio Océano dos bajos a la vez– y después sucesor, mantuvo ese legado. Pocas notas, las justas, las perfectas. La impericia técnica convertida en sublime expresión de talento. Piedra angular para sostener –Bach en clave punki– la música de las esferas.

Fue el destino. De niño en Monforte recibió la imposición de manos de Antonio Machín. Hablamos de Rotring, crooner oscuro, dotado de una habilidad singular: mantener el desgarro punk en larguísimas notas bien afinadas.

Al castellano le da bien. En esta grabación llevó la lengua gallega hacia una dimensión de modernidad hasta entonces desconocida. Habría que esperar muchos años, hasta los tiempos de Narf, para que el gallego volviera a sonar de una manera tan cool.

Johnny Rotring, movimientos espasmódicos, propios del más profundo trance que emulsionaba también en su discurso.

Repárese en un detalle de la época. Muy punkis sí, pero los músicos pasaban la mayor parte del tiempo afinando. Conforme finalizaba la pieza, viniera a cuento o no, se giraban de espaldas para fedellar en los botones del amplificador. Espera insoportable que Rotring debía llenar la base de buena oratoria:

— ¿A quién queríais, hijos de puta? ¡¡A Miguel Ríos!!

Asustaba, bastante. Y dejaba a los presentes plenamente realizados por haber asistido a un evento tan irreverente.

Renato 414, de la batería a la guitarra. Ross Mero, de la guitarra al bajo. El intercambio de instrumentos era símbolo de modernidad. Muy mal vistos estaban entonces los grupos que tocaban bien (psicodelias sinfónicas hippie- heavis que debían ser superadas). Pero esta práctica tuvo sus límites.

Vilanova de Arousa. Anfiteatro post-industrial, o sea, una cantera. El escenario en la base y el público elevado por las cicatrices de los barrenos. A última hora Pereiro avisa que no va. Lo habían llamado deprisa y corriendo –recuerda, además de crooner también es periodista– para cubrir un viaje institucional por el lado de Ámsterdam. ¡Alegría colectiva! Por fin alguien había traer de allá –bien escaso- chupas de cuero para todos.

Según la práctica habitual del intercambio, Ross Mero cogió el micro. Sonido impecable. Cantera bonita. Llegó el momento del discurso. Quizás porque su voz es un pelín más aguda, el público no fue capaz de apreciar la performance. En el primer «hijos de puta» comenzaron a llover pedradas desde las alturas. Ahí acabó el concierto. Salieron escoltados por la Policía.

Solo en las catarsis más intensas de Sex Pistols o The Clash fueron significadas con una buena mojadura de saliva por su público. Radio Océano vivió el peligro de muerte por lapidación. ¿Se puede ser más punki?

Sístole y diástole

Vigo y A Coruña son la misma ciudad. Afirmación que se había visto redundante en ese tiempo del Atlantismo. Lo que no quisieron los alcaldes, lo pudieron los músicos. Dos imágenes iniciáticas. Coruñento Punto Tres, apoteosis, quizás la primera, de Siniestro Total (pero este es el otro ciclo mitológico). En vigorosa teletransportación –vía Seat Supermirafiori– Radio Océano hizo vibrar el Satchmo. Esta apoteosis tuvo más mérito, porque, cuando consiguieron llegar, por allí nada sabían de la cita. Menos mal que les cedieron el escenario – y parte de los instrumentos– los propios chicos de Siniestro Total. El depósito del Supermirafori aún tuvo alientos para tirar hacia Vilar de Mouros, Portugal. Con tanta ruta en el lomo incluso asesoraron, y parece que bien, a unos principiantes. Eran irlandeses, se llamaban U2.

A Coruña y Vigo son la misma ciudad. Tanta arrogancia creativa se convirtió en expedición de conquista. 1986, Las Fuerzas Atroces del Noroeste partieron hacia el Este, invitados de honor, en la Universidad de verano Menéndez Pelayo de Santander.

Allí estaban casi todos. Talentos emergentes de diversa condición encapsulados en el Palacio de La Magdalena. Como clímax, una sesuda disputa dialéctica improvisada: valiente Atlántico versus dulce decadencia mediterránea.

Radio Océano presente, en su dimensión más plena. Entre tanta tensión intelectual, un bedel reclamó la atención de Suso Iglesias:

—Disculpe señor, él niño está destrozando lana escalinata.

Dani Punta esculpía con la navaja su firma (tierno adolescente) sobre aquellos mármoles.

Y hacía bien. A eso los habían llevado, a golpear con creatividad tanta placidez balnearia. ¡Supérale la performance!

Dani Punta.
Dani Punta. Iago Villarino.

Ignoro los motivos, pero hicieron bien: 1987, la escisión. Condición sine qua non para alcanzar la condición de mito.

Miro hacia el futuro. Agosto de 2019, XL edición del Festival de Pardiñas. Nadie conoce aún el cartel de tanta efeméride, pero todos reclaman una banda: Radio Océano.

Pues fueron ellos los encargados de romper para siempre jamás la paz folkie del festival decano de Galicia. Chupa de cuero encima de la hierba. Tensión. En las pruebas ya empezó la fiesta, sesión vermú en el cuartelillo de la Guardia Civil. Unos individuos afirmaban ser el grupo auténtico, y no los impostores que habían subido al palco. Algo de razón tenían. Después de la escisión, Renato 414 había registrado la marca a su nombre. Aunque, lustre de vocalista, todos esperaban a Johnny Rotring.

El más fastidiado con la denuncia fue el propio cabo de la Benemérita, que a esas horas ya andaba también de merienda familiar sobre de la hierba. Supo centrar el tema: «Yo solo quiero saber quién es el dueño de esta orquesta». Funcionó su labor como mediador. Esa noche tocó, y triunfó, el sector Pereiro, que a partir de entonces se presentó con otro nombre: La Hermandad de la Costa. Lenta bajada de las aguas a su cauce para que dos décadas después (2010, Sala Nasa de Santiago) pudiera llegar la feliz experiencia del reencuentro.

Johnny Rotring.
Johnny Rotring. Xulio Correa

La leyenda

Un día, por casualidad, lo vi. Nin falta que fai campaba en el catálogo de disco-play a precio de saldo. Compré todas las existencias. Durante una buena temporada nadie me superó en materia de regalos.

Portada símbolo. Concreción de Antón Patiño de mil emociones atlánticas. Sobre fondo negro-noche-chapapote, un cabezón (puedes ser tú) traspasado por un barco. Pensábamos que se llamaba Urquiola, después supimos que su nombre era Casón, Mar Egeo, Prestige…

Cuando visito algún instituto, suelto el vídeo de Radio Oceáno (y la cámara del revés) en la plaza de María Pita. Asombro general que, casi siempre, si concreta en un comentario: «Pero neno, ¿esto existió?».

Existió claro. Grupo-batiscafo que, sin renunciar a las piezas-pareado, descendió hasta los más profundos pélagos de la emoción poética.

O outro lado da música, a poesía (1999), escribió Luísa Villalta. Seguro que fue después de una sesión de Radio Océano. Tanta ansiedad generó a su alrededor que muchos creyeron (y quieren seguir creyendo) que Lois Pereiro escribió la letra de Como o vento (en realidad versión hiperatlántica de una pieza de Séptima Legião).

Colmaron el deseo con su tema más magnético: Narcisismo. Solo cuatro versos, ahora sí, de Lois:

«Sigo los pasos de la sangre en mi cuerpo / y con la uña de mi dedo más firme / abro un surco rojo en media luna / en la vena que me acoge, tan azul».

Actuación en el Festival Noroeste 2017.
Actuación en el Festival Noroeste 2017. Isa Romero.

Ya que llegaste hasta aquí, sorpréndete: Radio Océano, de 1982 a 1987. Solo un lustro para toda una epopeya. Quedó claro, como grupo mítico vive en un estado de reencuentro permanente. Demanda, casi violenta, de cada nuevo converso. Así le sucedió a Carlos Galán, que además es director de Subterfuge, sello discográfico muy malicioso:

«… lo que sentí con la primera escucha se puede catalogar de fascinante. No daba crédito ante tanta maravilla, rabia contenida, instrumentación personalísima y unas letras muy por encima de la media. (…) Decidí que tenía que desempolvar la pala profanadora, y hacer algo realmente útil por el planeta, reivindicar a grito pelado a Radio Océano…».

Y cumplió. He ahí Memorias del óxido. Grabaciones clásicas y registros live, incluidas las piezas de aquel segundo LP que nunca llegó a ser grabado.

El éxito es contingente, el óxido indestructible.

Aquí seguimos: ¡Como el viento!

Este artículo se publicó originalmente en gallego en la revista Luzes. Ahora Público lo reproduce como parte de un acuerdo de colaboración con la revista. Puedes encontrar más artículos de Luzes en Público.