Opinión
Un amor particular
Por Joan Losa
Periodista
-Actualizado a
Se conocieron en el Museo del Jamón. Cada uno frente a una jarra de cerveza. En silencio. Uno de ellos, el más delgado, era consultor; el otro, de voz ligeramente aflautada, ciudadano particular. Conque ciudadano particular, comentó el primero. Eso parece, respondió el segundo. Se estrecharon la mano y el consultor quiso saber más. El ciudadano particular le habló de una mujer de mirada convulsa con la que mantenía una relación sentimental en virtud de la cual se hallaba ahora en franca indefensión, a merced de un Estado cuyos desmanes totalitarios sufría como el que más, al ser él –como ya se ha referido– un ciudadano de índole particular. O me suicido o me voy del país, llegó a decir lúgubre.
Al consultor le pareció encomiable el compromiso del ciudadano particular con el objeto de su amor. Su capacidad de sacrificio le hizo preguntarse si no estaría luchando lo suficiente por salvar un matrimonio, el suyo propio, que iba claramente a la deriva. Entre ambos se generó esa camaradería típica que rige ciertos encuentros casuales entre hombres solos, proclives a revestir de épica lo que a menudo no es más que palabrería sostenida en capas individualizadas de aburrimiento, frustración o fracaso. Por cierto me llamo Pedro Manuel y soy natural de Motilla del Palancar, provincia de Albacete, le dijo el consultor. Mucho gusto, respondió el otro. Ciudadano particular, para servirle. Y ahí quedó la cosa.
Al poco tiempo Pedro Manuel vio, en efecto, cómo su mujer esbozaba una mueca sombría junto al quicio de la puerta. Parecía dispuesta a abandonar el hogar. Rompió el hielo con el muy socorrido no eres tú soy yo, siguió con una relación más o menos extensa de variopintos reproches e injustificables agravios; para terminar apostillando, a modo de finiquito sentimental, que de un tiempo a esta parte no sentía nada al hacerlo con él, en un inesperado giro folclórico que dejó hecho trizas al consultor, con el corazón encogido durante meses, comiendo fuet a puro mordisco, sin probar la fruta y arrastrando las pantuflas por el pasillo.
Un día, en plena caída libre, Pedro Manuel sintió que la vida se había convertido en un compromiso abrumador. Aquel día escuchó por primera vez un leve pitido que se le hizo interminable. Desde entonces el silencio –su silencio– quedó opacado por ese sonido, apenas perceptible, que Pedro Manuel acogió con resignación y pundonor. Viendo que aquello no remitía el consultor acudió a la seguridad social, que le dio cita con un otorrino a dos meses vista en un centro médico de titularidad pública y gestión privada. La espera se le hizo eterna. Tanto es así que, llegado el momento, apenas se hubo sentado frente al otorrino, le planteó, sin merodeos, su urgente disyuntiva: O me suicido o me voy del país. A lo que el médico, tras una breve exploración, le contestó: No le recomiendo ninguna de las dos opciones.
Tiene usted cerumen.
Y le recetó unas gotas.
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