Opinión
Adaptar la infancia al entorno digital

Por Álvaro San Román
Investigador en el programa de Doctorado de Filosofía la UNED
-Actualizado a
En España, el "Proyecto de Ley Orgánica para la protección de las personas menores de edad en los entornos digitales" está a las puertas de su aprobación, y para apuntalar el nuevo orden tecno-digital que patrocina, se apoyará en la "Estrategia nacional de entornos digitales seguros para la infancia y la juventud", un documento que reproduce el patrón clásico de los procesos de adoctrinamiento estatal, esta vez en clave tecnológica: a) Introducir la educación digital como materia transversal desde primaria; b) formar al profesorado y profesionales educativos en competencias digitales; c) promover la educación emocional vinculada al uso de tecnología. El entorno digital aparece de este modo como el horizonte de sentido, el enclave vital, la apuesta decidida de Tecnoccidente para el futuro de las jóvenes generaciones. La hoja de ruta es clara, y el norte lo marca el proyecto de la absoluta tecnologización de todo.
Y ello a pesar de que los propios poderes públicos son plenamente conscientes de los riesgos y estragos antropológicos aparejados a dicho proyecto. Problemas extremos de salud mental, acceso a contenidos nocivos, violencias digitales y abusos, explotación comercial y uso de datos personales… las dimensiones humanas alteradas sustancialmente por la digitalización son claramente abordadas por los informes expertos. El propio documento realiza un diagnóstico rotundo: "La digitalización ha transformado de forma radical los modos de vida, las relaciones sociales y la construcción de identidades, especialmente entre las generaciones más jóvenes. La infancia y la adolescencia ya no se comprenden al margen del entorno digital: lo habitan, lo construyen y lo sufren". Entonces, ¿por qué ese empeño en continuar amoldando esa infancia, esa adolescencia, a los requerimientos de ese entorno? ¿A qué se debe esa manía de salvarle constantemente la cara al mundo digital? ¿Qué beneficios son esos, que nunca llegan, capaces de compensar todo el mal asumido? La ley definitivamente no está a la altura de su propio diagnóstico, y su Estrategia no puede redundar sino en el terrible error de seguir apostando por un mundo, el digital, al que debemos plegarnos todos, especialmente la infancia y la adolescencia. Y ello porque asume que la conversión del entorno digital en entorno nativo de las jóvenes generaciones es un hecho inconcluso, invisibilizando que en el fondo es una apuesta cultural de alcance civilizatorio. Y es que el hecho de que lo digital adquiera la dimensión de entorno no lo convierte en un entorno natural, no lo convierte en un entorno adecuado para los seres humanos; el hecho de que exista, module vidas, e impere como estatus quo civilizatorio, no lo convierte en un entorno inevitable o deseable. Sin embargo, las personas "expertas" encargadas de asesorar en la elaboración de la ley y la Estrategia resultan no serlo tanto a la hora de enfocar la raíz del problema tecno-digital, (empezando porque entre los riesgos que aducen en el documento no hay una sola mención a los riesgos medioambientales aparejados al desarrollo del mundo tecno-digital). Para estas personas, expertas en eludir la radicalidad del problema que enfrentan, los riesgos señalados "no deben entenderse como fallos individuales o falta de supervisión familiar, sino como efectos estructurales de un ecosistema digital profundamente desregulado y orientado al lucro económico", como si el mundo digital se dejara regular, como si el problema fuera la regulación, como si el entorno digital no fuera en sí mismo el problema. Porque, en definitiva, el debate en torno al entorno digital debe ir más allá de la dimensión capitalista que le reconocen, debe ir hacia la dimensión existencial del mismo. Por ello no deberíamos preguntarnos tanto sobre cómo pueden los menores disfrutar sin riesgos del entorno digital, como preguntarnos si un mundo plagado de artefactos tecnológicos y modalidades virtuales de relación es la clase de mundo en el que los menores podrán desarrollar libremente su autonomía. Porque no podemos llamarnos a engaño, no en los umbrales del mal llamado Antropoceno. Por mucho que las Personas in-expertas eludan la relación eco-sistémica entre el mundo tecno-digital y el mundo natural, la verdad de que la imposición del primero no puede hacerse sino a costa de la explotación incesante del segundo se impone: no hay móviles sin minas de coltán, no hay chips de NVIDIA sin minas de cobre. El derecho de la infancia a un entorno sano recogido en la Convención del Niño de Naciones Unidas, choca frontalmente con el derecho que se arrogan las grandes tecnológicas, y que les conceden los gobiernos, de imponer el desarrollo de su tecno-mundo. Por eso, dado el impacto no solo antropológico, sino también ecológico del entorno tecno-digital, nos vemos en la obligación urgente de replantearnos la digitalización no tanto como un derecho, sino como un desastre existencial frente al que dotar de derechos a los menores.
Porque, al final, e inevitablemente, en un terrible movimiento dialéctico, la libertad de los niños a conectarse al entorno digital que persiguen los gobiernos Tecnoccidentales, termina coincidiendo con la sujeción absoluta a ese entorno, y, por lo tanto, coincide con la plena libertad de las tecnológicas y los gobiernos cómplices tanto de imponer un único modo de estar en el mundo, como de modificar y explotar materialmente ese mundo.
Si los expertos señalan que la digitalización "representa la vulneración o amenaza a derechos fundamentales consagrados nacional e internacionalmente", entonces lo digital no puede ser objeto de un derecho fundamental, a riesgo de incurrir en contradicción lógica, o peor aún, en destrucción antropo-ecológica. He aquí el nudo gordiano que trenzan derechos y digitalización, un nudo que solo se deshace cortándolo, separando irremediablemente el derecho a la desconexión de la digitalización obligatoria. Porque, mal que les pese a los tecno-idólatras, el mundo tecno-digital no es una continuidad orgánica con el mundo natural, con el mundo de la vida que comparten humanos, animales, ríos y montañas, de tal manera que podamos considerar sus riesgos como una intermitencia en esa continuidad. El mundo tecno-digital es, a nuestro pesar, una ruptura en la continuidad de la vida, una brecha en el sistema de relaciones antropo-ecológicas de cuya estabilidad depende la posibilidad de que la infancia, la adolescencia, y las jóvenes generaciones, puedan disfrutar de una vida plena, libre y autónoma, una vida más allá de la tecnología, una vida alter-tecnológica.
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