Opinión
El agua que arrasa Andalucía

Escritora y doctora en estudios culturales
En la ribera del Guadalquivir a su paso por Córdoba se alza un pequeño parque infantil con forma de barco: en su proa, una escalerilla conduce a la zona de juegos, de la cual se puede descender por varios toboganes. Ha querido la ironía del carrusel de borrascas que hoy se asiente sobre terreno anegado, como si desease salir a navegar sin más compañía que el viento feroz, pues a lo largo de este paraje fluvial es imposible caminar. Vacía, comparte la nave una desolación común en Andalucía, cuya geografía ha visto transitar alertas amarillas, naranjas y rojas en una suerte de semáforo cruel que nunca garantiza el paso seguro. El agua, tan escasa comúnmente en muchas áreas de esta región, elemento que hemos aprendido a reutilizar y dosificar casi como un acto reflejo; el agua que hace dos años desapareció de las fuentes mientras se erguían carteles recomendándonos duchas de sólo 3 minutos, ahora nos ha jugado una mala pasada: ha brotado por los enchufes y los cimientos de las casas de Grazalema –pueblo que ha superado todos sus récords pluviales–; ha inundado calles y obligado a evacuar a miles de vecinos; ha encapotado un cielo donde no sale el sol desde hace semanas.
¿Cómo ha podido ocurrir? La respuesta científica y aquella que corresponde al sentido común es el cambio climático, que la ultraderecha sigue negando fervientemente conforme atrae a multitudes de votantes con la mentira. Sin embargo, quienes no se identifican con tales patrañas deben también asumir gran parte de la responsabilidad, pues vivimos en ciudades y pueblos desprotegidos frente a fenómenos extremos cuyas consecuencias se conocían sobradamente. Si bien ya vamos adquiriendo lo que en su día denominé "conciencia de catástrofe" –una percepción ciudadana de vulnerabilidad que encontró en la DANA su punto de inflexión–, todavía seguimos dándole la espalda al problema. Señala el teórico sueco Andreas Malm que existen tres tipos de negacionismo: el literal, uno que consiste en subestimar la gravedad de la emergencia ecológica, y un tercero, casi más dañino que los anteriores, el implicatorio. Este último me interesa especialmente, pues asume las verdades científicas, pero evita pasar a la acción, con lo cual conlleva una resignación ilógica que contradice cualquier sentido evolutivo: ¿no corremos si hay un aviso de bomba?; ¿por qué no existe una movilización masiva, entonces, frente a la debacle climática?
Por miedo, debido a la inercia o a la falta de imaginación vital, por las constricciones políticas y económicas que promueven el inmovilismo. No obstante, estas tendencias no están escritas en piedra y se pueden modificar, por ejemplo, a base de iniciativas que pasan por la planificación urbanística. El barco de la ribera cordobesa nos abre la puerta a considerar algunas de ellas: está situado en un parque inundable, construido deliberadamente para absorber los desbordamientos del río que, de otra manera, afectarían a las viviendas. Precisamente, este tramo de Guadalquivir se halla en estado relativamente salvaje, y la vegetación que alberga actúa como palanca de freno ante la velocidad del caudal, que se vuelve mortífera cuando los cauces se forran de adoquines o cemento. Renaturalizar cada río de los tantos intervenidos por la mano negligente del hombre ayudaría a paliar los efectos deletéreos de muchas crecidas. Pero hay más.
Dejar de construir en terrenos inundables constituye una obligación moral, así como facilitar opciones dignas de vivienda para aquellos vecinos que ya las habitan. Los ayuntamientos deberían esforzarse, además, en crear tantas zonas verdes como sea posible, aunque para ello haya que despavimentar y robar espacio a los coches. Los llamados "jardines-esponja" logran recoger lluvia y filtrarla, aliviando parcialmente la red de alcantarillado mientras restituyen los acuíferos. Un alcorque, por cierto, es un pequeño jardín-esponja: taparlo con materiales sintéticos asfixia el árbol y nos priva de algunos de sus beneficios. Volver a las plazas blandas no representa un atraso sino un seguro de vida. Junto a lo anterior, habría que levantar una infraestructura que gestione de manera eficiente el agua y sirva para regar esa frondosidad durante las temporadas secas. Sería necesario, asimismo, una modificación drástica de la legislación laboral que fomente el teletrabajo y evite exponer a la ciudadanía a los riesgos de los desplazamientos constantes: sea en su propio vehículo, o en esos trenes de cercanías que –como se ha comprobado en Cataluña– funcionan con retraso o directamente se cancelan cuando existe peligro por desprendimientos en torno a las vías.
Aun así, habrá momentos en que las políticas de adaptación sean insuficientes ante la implacabilidad de la meteorología, pero serán menos que ahora. Lo bueno es que está (casi) todo inventado: investiguen, devoren libros sobre arquitectura sostenible, lean su propia orografía, impulsen órganos consultivos para que la gente informe a sus representantes políticos, elaboren pactos climáticos, promuevan asambleas barriales, etc. etc. Lo que no podemos permitirnos es continuar pisando suelos completamente impermeables mientras sigue diluviando, porque un día el barco desanclará y nosotros iremos dentro.
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