Opinión
Un año desde la DANA que cambió (casi) todo

Por Toni Mejías
Periodista
El próximo miércoles se cumple un año de la DANA que arrasó gran parte de la zona sur valenciana y hay una comparativa de lugares que ilustra muy bien cómo ha cambiado todo en este tiempo. Justo un mes antes de la tragedia, en Catarroja, uno de los municipios afectados, ofrecía un concierto gratuito Rozalén. El evento tuvo lugar en el espacio Clara Campoamor, un recinto grande y vallado que se utilizaba para encuentros festivos. Poco más de un mes después, ese lugar que fue una fiesta, un sitio de encuentro y alegría pasó a ser una campa de vehículos. Cientos de coches apilados que pasaron a ser las vistas desde casa de miles de valencianos. Una vez retirados tras meses de pasear entre montañas de hierro, ese mismo espacio ha servido para hacer un instituto de barracones apilados para suplir al que se derrumbó a pocos metros de allí. Un centro educativo sin patio, sin árboles, sin sombra que parece más una cárcel que un lugar para formarse. Todo en un año ha cambiado. El aluvión de fango ha vuelto todo más gris.
Pasear por las calles de esos pueblos te recuerda que es una herida que tardará años en cerrarse; si se logra. Lo primero es ver vehículos aparcados en cualquier parte. Aceras, descampados, parques. Muchos garajes siguen inutilizados y, de momento, se hace la vista gorda desde los ayuntamientos. También muchos ascensores, me atrevería a decir que una mayoría, siguen sin funcionar. Muchas personas mayores o dependientes no pueden llevar una vida normal un año después y no existe ninguna prioridad para ellas. Se arregla donde puede pagarse. Muchas veces con un sobrecoste que no todos pueden asumir. Las reformas han sido un "sálvese quien pueda" y se han ido realizando de una manera desigual. Igualmente, las ayudas se han repartido sin tener en cuenta ningún criterio y dejando a algunas personas con ahorros y a otras con una vida en pausa.
Numerosos destrozos siguen recordándonos la tragedia en cada calle. Casas que ahora son solares. Bajos donde se sigue viendo la marca de donde llegó la riada. Negocios destrozados con un cartel de "se traspasa" en una persiana rota y cerrada como se pudo. Todavía hay olor a fango y más cuando llueve y el sistema de alcantarillado no es capaz de tragar en condiciones ni las lluvias más leves. Los pueblos se han convertido en una zona de obras continua donde una capa de polvo inunda el día a día las calles donde hace un año solo había fango. Está claro que una tragedia así no se olvida fácilmente, pero el paisaje se empeña en recordártela cada vez que pisas la calle, que miras por la ventana o ves cómo tu vivienda ha cambiado completamente de manera acelerada y, muchas veces, solo con parches. Todo un mundo distinto.
Lógicamente, donde más heridas hay es en las personas. Principalmente quienes perdieron familiares o amistades ese fatídico día. Pero en este tipo de pueblos, donde todo el mundo se medio conoce, casi cualquiera conocía a alguien que falleció. Igual que todos tienen su recuerdo de esa noche; su historia, su marca, su herida. La ayuda psicológica ha sido primordial también durante este tiempo, pero hay situaciones difíciles de borrar y más cuando compruebas que en un año no se han hecho grandes avances para prepararse para una más que probable futura riada. Lo único es que ahora parece tomarse en serio la predicción de la Aemet y se lanzan los mensajes de alerta a los móviles con antelación. Un sonido estridente que a casi todos les eriza la piel y les pone en alerta. El miedo va a ser difícil dejarlo atrás, sobre todo para los más pequeños y los más vulnerables. Sentir que estás a merced del temporal. Pero también de responsables negligentes.
Porque en un año todo ha cambiado. La vida para quienes vivimos y crecimos en esa zona ya no es la misma. Ni las conversaciones, ni los paseos, ni el paisaje, ni el barrio. Hace un año se convirtió en una zona de guerra y, como tal, quedan secuelas que trasforman completamente tu vida. Lamentablemente, lo único que no ha cambiado en este año es la persona que estaba al mando de las emergencias y que, mientras los vecinos se ahogaban, brindaba y llegaba con resaca al Cecopi cuando la mayoría de las víctimas ya habían fallecido. La última información de este mismo viernes demuestra que hay una hora de esa tarde que no es capaz de explicar y que todo indica que estaría durmiendo la mona antes de ponerse al día con lo que estaba sucediendo. Un año después de su irresponsabilidad que costó tantas vidas y tantas historias trágicas, sigue mintiendo con actitud chulesca sin importarle ni un poco siquiera el dolor de las personas. La vida de miles de ciudadanos ha cambiado, pero él no quiere que la suya cambie pese a su incompetencia.
Este sábado una multitud de valencianos y valencianas volvió a salir a la calle para exigir su dimisión. La manifestación número 12 en un año contra un presidente que no se da por aludido, pese a que no puede salir a la calle con tranquilidad y todas las miradas están puestas en él. Es alargar la agonía y lo está permitiendo su socio Vox, su líder de partido Núñez Feijóo y toda su cúpula, que incluso lo aplauden cuando están con él. También los medios de comunicación que se esmeran en repartir responsabilidades cuando está quedando demostrado que él era quien debía estar al mando y estaba a sus asuntos personales pese a todas las alertas de días previos. La vida ha cambiado en un año, pero las alimañas siguen ahí. Porque tienen un poder económico y mediático detrás que les sostienen de la mano pese a que estén con el agua al cuello.
Ojalá también haya cambiado nuestra percepción de ellos y no se vuelva a votar a los verdugos. Esperemos que al menos haya cambiado nuestra visión de lo público y queramos preservarlo. Porque el pueblo salva al pueblo mediante los servicios públicos y hay una banda que quiere liquidarlos. No lo permitamos. Si nuestra vida no va a volver a ser la de antes, que la de ellos tampoco lo sea. Si tiene que volver a llorar alguien, que lloren ellos.
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